Terminas el día con un entusiasmo extraño. No te tomas la molestia de pensarlo. Después de todo, que va a pensar uno luego de sendos pipazos. Llegas, conversas y nada, así mismo, no pasa nada. Tu mente pugna, exige y reclama una verdad que pronto, en segundos, te va destrozar. Tienes 24 años, y has hecho lo que te ha dado la gana, pero no lo que realmente has querido. Así, fácilmente, se pierden todas las intenciones. Luego viene la “reflexión”... Porque, si realmente hubiera hecho lo que he querido, ya estaría pleno y exhausto; y muy probablemente descansaría bajo la negra y húmeda tierra. Recapitulo los momentos que me vienen, y no los encuentro del todo amargos, no es así. Aquí o allá, siempre los he disfrutado. Pero viene la culpa, y con ella el asco; y aparte está el Tiempo, y mi madre y las estúpidas presiones de mi úlcera… Reniego de mis pretensiones artísticas, y mando al carajo el “estilo” y todas esas babosadas que rodean el trabajo de escribir. Me digo que sí y me escupo un no. Ya no tengo aquellos dulces y frescos 16 o 17, donde todo manaba en embriagantes e interminables fuentes de fibra sintética. Donde un rostro hermoso y unas grandes palabras, no implicaban un temor de perro callejero. Con los años me he limpiado, es cierto, pero a qué precio. Tal vez en esa torpeza en que siempre me muevo, me he ensuciado más de lo debido. ¿Existe otra razón para sentirme acabado en tan poco?
Ahora ando escribiendo, porque creo que me sabe a mierda casi todo. El tipo por el que me estremecía hace una semana, me sabe a mierda. El inepto de mi profesor, con sus juicios de quinta sobre la “buena” o ”mala” poesía, me sabe a mierda. Que parezca más un enfermo que cualquier otra cosa, me sabe a mierda. Y en este escatológico banquete, donde no puedo dejar de pensar en la mierda que nos pasamos los unos a los otros en la inevitable convivencia, ¿Creen que me importa si escribo bien o mal?