Ruina
Dijo Víctor Hugo, quizás en una apología a si mismo, que solo en las ruinas se ve la grandeza del pasado. Digo yo, por mero resabio, que las ruinas no solo dejan leer la grandeza –grandeza me sabe a concepto cateto- . Las ruinas, sobre todo y más importante, hablan del indoloro y preciso imperio del tiempo.
Cuando nos encontramos con el doble desvelo que ofrece el espejo, la vanidad puede, como se espera, otorgarnos la falsa pero necesaria entelequia de la beldad, del legítimo placer de regodeo propio, la irrisión de Narciso. Pero la mirada, profunda, sempiterna, inasible pozo de la existencia, no engaña. Cuántas grietas y desganos se dibujan en la mirada de tantos jóvenes, bellos, feos, o viejos, que sin rastros de dolor vivido, parecen hablarnos –con la mirada, claro- de dichas pasadas, de fueros y esperanzas, y por supuesto, de cansancios.
Cantan los boleros sobre esto, aunque no lo escuchemos expresamente, porque el bolero como género parece adjudicarse por esencia –y cadencia- propia, el territorio de la nostalgia y la nostalgia vive en los ojos.
Solo el ojo registra el paso del tiempo y por tal razón es el único capaz de racionalizar (¿administrar?) la ruina, la ruina de la calle, del rostro, del amor, de la vida.
Ninguna vergüenza o resquemor debe haber en ello, digo, sobre la ruina. No porque Víctor Hugo haya justificado, de tal forma, el deterioro natural de todo cuanto existe. Tampoco porque lo diga yo. Después de todo, poco o mucho, lo que se pueda decir al respecto, el advenimiento hará de esta idea otra ruina más.
No debe haber temor o evasión al respecto, por crudo, por hiriente a las necesidades íntimas, por injusto que sea o nos parezca. La ruina, per se, nos demuestra lo infatigable que es la voluntad y el deseo de ser. La necedad de hacer perdurable lo finito y aún más, -¡vaya paradoja!-, pone al descubierto qué o quiénes fuimos en el goce momentáneo de la vida.













