La cinta roja le resultó excitante, tanto que una noche le pidió una fotografía como prueba de su existencia. Él sin tener la mínima idea o sospecha de la fijación que ella tenía con las casualidades envió una fotografía de la mano derecha- hizo la misma mientras practicaba la masturbación-
Brenda no tardo en atar cabos, unir historias y creencias, tender puentes invisibles. Le gustaba inventar, enseguida pensó que se trataba de una prueba de unión, una cinta roja liada a la muñeca justo en el brazo derecho.
Recordó la leyenda del hilo rojo del destino, y las pulseras sagradas de la tradición hindú cuyo significado era el de unir cuerpo y alma firmemente.
Contenta con el hallazgo esa noche le rezo al dios del orgasmo todas las plegarias. Sintió perder la razón y el conocimiento, como si de la pura heroína se tratase.
Había leído por ahí alguna vez que el orgasmo aumentaba el sentimiento de unión y eso detonó aún más sus creativos y sexuales pensamientos.
Soñó con toda clase de serpientes, dragones y hasta con la propia Kundalini, y quiso volar hacia su cama. Escuchó durante meses su voz entre los silencios de la madrugada y despertó más de cien noches empapada.