O más bien, no lo entendía. No sabía porque la mayoría de los niños como él lucían tan felices en ese fecha, emocionados mientras hablaban sobre los obsequios que les darían a sus madres.
No sabía que era lo que celebraban. La televisión hablaba de conmemorar a la “mujer que te había dado la vida” o algo por el estilo, a la única que te llenaba de “amor y cariño”. La que te acariciaba la cabeza cuando eras un buen niño, la que dormía a tu lado cuando tenías pesadillas. La que te preparaba una sabroso almuerzo antes de ir a la escuela, y te recibía con tu cena favorita cuando volvías.
Porque Kanata estaba seguro de que la suya nunca había hecho cosas como esas.
Entonces, ¿Eso significaba que la mujer con la que vivía en su casa no era realmente su “madre”?
La simple idea lo inquietaba, lo aterraba. Eso significaba que en primer lugar, no tenía una familia.
Pero entonces recordó que había una persona que cumplía --o al menos intentaba-- igualarse a la figura que todo el mundo decía. Una persona que le obligaba a jugar a la casita, que adoptaba ese papel de cuidado y aprecio con simples juguetes y muñecos, y en ocasiones con él mismo, cuando lucía más triste que de costumbre. Una persona muy molesta, demasiado molesta.
Pero incluso en eso era parecido al tipo de “madre” que se supone debía tener. O eso creía.
Cuando divisó a Madara --su vecino-- volviendo a su casa, se alertó de inmediato. Corrió un poco hasta alcanzarle, jalando suavemente de la manga de sus ropas, buscando llamar su atención --cosa extraña en él. Cuando finalmente la tuvo, le extendió uno de sus propios juguetes marinos: Una pequeña figurita con forma de pez, de diversos colores y bastante bonita.
Estaba bien. Solo sería por esa vez.
“...Feliz... día...” Murmuró, luego de entregarle el improvisado obsequio. Entonces, sonrió suavemente.