'¿Qué puede salir mal, Nate?' --- lo había escuchado en tantas, pero tantas oportunidades que comenzaba a parecer absurdo. Esa misma noche del sábado no fue la excepción, Finnegan se dirigió a otra cita con esa sonrisita adorable y las energías a tope, o por lo menos así lo había percibido él. Sin embargo, Nathan, que ya conocía las etapas de esas citas, visualizó la hora y se dio cerca de treinta minutos libres. El tiempo que muy probablemente duraría el chico de rizos antes de mandar señales de auxilio a su móvil. Y así lo hizo, tomó tres o cuatro cervezas en casa, pidió una hamburguesa, se alistó y pronto estuvo dentro del coche. Justo cuando lo encendió, también brilló la pantalla del teléfono. Sonrió. Hizo el primer cambio y se dirigió hasta el restaurante. En menos de diez minutos llegó al local, aparcando en la entrada y bajando el vidrio, quizás para curiosear quién había sido el afortunado de esta noche. 'Ya estoy afuera, rizos lindos. Listo para rescatarte ;-)'