Si tuviera una moneda por cada pareja que escribo, en donde uno de los involucrados intentó herir de gravedad/asesinar al otro (en algunos casos más de una vez), probablemente tendría más de dos monedas; lo que no es sorprendente considerando algunos fandoms de los que vengo (te hablo a ti Sing 2, algún día regresaré -quizás-).
Me da cierta ¿gracia? Que este se vuelva mi primer aporte al fandom de forma un poco más "oficial" (¡subiré después el otro escrito que hice como un detalle a un mutual de otra red!).
Gracias @sacachorch0vo por prácticamente leer cada cosa que hice aunque originalmente estaba hecho con las patas (?). También por el nombre que prácticamente pusimos a esta locura, me sigue pareciendo increíble.
ADVERTENCIA
Este one-shot tiene contenido "sensible" (alusión a una pareja problemática expuesta en los tags -explicado prácticamente con los comentarios anteriores-). Quizás un poco de OoC (sigo practicando) y un poco (demasiado) anatomía fantasiosa (tampoco es que ayude la animación).
Fuera de ello, no hay nada explicito, pero para gustos, colores. Si el contenido no es de tú agrado, eres formalmente invitado a no consumirlo, ¡realmente solo quiero escribir y exponer lo que hago!
⟦Capítulo único⟧
El viento cálido sacude sus plumas, esponjándolas de manera poco agraciada; pero a Dai Bo en ese momento no parece importarle, especialmente ahora que posee un instante de privacidad para pensar un poco más sobre esta vida que, si bien no fue elegida enteramente a voluntad, quizás era lo mejor que podría haberle pasado. Nunca se posicionó a merced de la fantasía del hubiera, demasiado ocupado sobreviviendo a la posibilidad del mañana, pero ahora que está en el presente, “atrapado” entre sus elecciones, se cuestiona si quizás, en la diminuta posibilidad, existe todavía la opción de cambiar las cosas. Quizás para mantener la vida común y ridículamente hogareña que tienen, lejos de los encargos de asesinatos, solo el negocio de la peluquería y la venta de la sopa de vísceras; sí, el adeudo seguiría siendo un dolor de cabeza y obligaría a Seven a buscar otras fuentes de ingreso, porque las deudas ni la vida se pagan solas, pero… podría pensar en algo. Es el cerebro entre ellos, después de todo.
Así el pasado quedaría enterrado: nadie sufriría por las mentiras como tampoco lo harían por las verdades.
Suspira; el aire salado le recuerda que no todo puede ser dulce y perfecto: el azabache nunca había seguido completamente sus planes. Eso era algo que lo obligaba a crecer, porque ni él ni Xiao Fei pueden hacerlo solos. Los necesitan tanto como su persona los ha necesitado.
La luz del sol de pronto deja de calentar su cuerpo, por lo que abre los ojos detrás de los lentes oscuros, deslizándolos abajo para enfrentar nuevamente una de las sombras que jamás se desprenderán de su vida, sin importar que sea el final de una historia.
El rey Faisán está de pie, mirándolo de una forma tan penetrante que es complicado discernir entre si ese es otro nuevo intento de confrontación o, al contrario, está buscando quién sea el primero en cuestionar su existencia; algo que no pasa, porque las palabras se quedan aferradas en su interior, necias a intentar siquiera razonar su motivo si ha quedado claro que no existe nada más entre ellos. Las cuentas se han pagado, y si quiere seguir negándose a ello, solo se encontrará con otra realidad aplastante.
Pero Dai Bo se queda congelado cuando, después de lo que se siente como una eternidad en silencio, el gallo le pide, de forma tosca y casi forzada, si pueden hablar un momento ahora que no hay nadie descansando en ese lado de la playa; en un principio, tan reacio como lo es, el pollo azul se niega, apenas limitándose a cuestionar por qué debería hacer aquello. Sin embargo, cuando la terquedad que comparten es un constante tira y afloja, no encuentra motivo para negarse (porque intuía que, en caso de hacerlo, el encuentro solo se repetiría hasta que dijera que sí. Entonces, ante esa idea, era mejor acabar con ello de raíz).
Así que, de pie, con las alas cruzadas, espera que cualquier cosa salga de su pico. Incluso otro intento fallido de secuestro a sus seres queridos.
Solo que no esperaba lo que pasó.
—Tómalo.
Ni siquiera fue una petición en sí mismo, y solo no cae súbitamente a la categoría de “orden” porque el contrario ni siquiera lo mira al momento de entregarle la enorme caja.
Duda por momentos, hasta que la retiene por sí mismo, percatándose del enorme peso, ya que, por poco, su cuerpo se desploma contra la arena; se obliga a retenerlo en el aire hasta por fin colocarlo sobre la toalla en la que permanecía anteriormente relajado. Considera, ya por rutina, la probabilidad de que esto sea una trampa (ha estado en muchas últimamente), pero su lógica le dice lo contrario, considerando sus únicos encuentros: el rey Faisán siempre fue directo tratándose de su ser; solo los “daños colaterales” eran considerados para ser víctimas de movimientos ruines.
Destapa la caja, encontrándose con varias piezas tecnológicas. En apariencia, parecen más avanzadas de lo que normalmente su persona trabajaría en tiempos libres; de hecho, se veían tan sofisticadas como a nivel de.
Alza su vista al más alto, percatándose ahora de que lo observa con mayor detenimiento: sus piezas ya no son las mismas a las de esa pelea; al contrario, si acaso existía realmente el término en un lugar poblado de tecnología, sus extremidades eran tan… rudimentarias. Como si se reemplazaran por un pedazo de metal que fuese botado por alguno de los genios tecnológicos.
Faisán sigue sin mirarlo, y Dai Bo se siente… desconcertado.
Vuelve a colocar la tapa de la caja y, sin advertirle de su movimiento, la deja caer en los brazos, todavía robóticos, del otro.
—No necesito basura —afirma, inclusive si en el fondo reconoce que podría crear nuevos artefactos mucho más funcionales de lo que consigue ahora; su acción consigue que por fin le vean, con un rostro de entre confusión y un malestar que no sabe posicionarse entre la humillación o el rechazo. —Y nadie en este lugar compraría algo tan malo como esto; es inservible y no soy ningún tipo de vertedero.
—Tú… —Dai Bo no le permitió continuar, simplemente sacudió sus alas entre sí para quitarse la sensación invasiva de cosquilleo mientras comenzaba a recoger sus cosas.
—No sé si esto es una especie de truco o disculpa, ni estoy interesado en descubrirlo. Tengo muchas cosas que hacer y no puedo perder el tiempo jugando a la persecución —las palabras se deslizan con sorprendente fluidez, pese a sentir una opresión por dentro. —Las cosas terminaron —planta firmemente, ya con todo lo que usó guardado en una bolsa de tela—, acepta que hemos llegado al fin de nuestra historia.
No espera otra objeción para cuando le da la espalda y comienza a marcharse, esperanzado de no volverlo a encontrar, aferrándose al deseo de permanecer como creyó que pasaría la última vez: se olvidarían, se superarían y nunca más tratarían de volver a enredar caminos, por el bien de cada uno.
Para su suerte, eso solo se mantuvo 2 semanas completas antes de que este apareciera, personalmente, en la peluquería con un gran fajo de billetes.
Sus ojos intercalan entre el efectivo y el rostro contrario, el cual ahora lo mira más seguro, desafiante. Casi como si estuviera cuestionando si eso era suficiente para su ser.
No entiende qué está pasando, ni sus intenciones.
A pesar de eso, por algún motivo (o tal vez la influencia de Seven haciendo efecto), arrebata el dinero, guardándolo velozmente en la caja registradora para cuestionar, sin tapujo alguno, qué es lo que quiere.
Faisán habla, y Dai Bo no sabe si es capaz de creer en sus palabras.
Antes de siquiera ser consciente, otra historia está iniciando.