La tierra y la sangre se mezclaron con el agua y ahí estaba yo, de pie, con el cuero dolorido, llorando como testigo que era de la corriente en fuga ese río turbio que se arremolinaba, llevandose toda mi fe en los hombres. Hombres que querían conquistar mi cuerpo, habitarme por la fuerza, adoctrinarme con la palabra bondadosa del Jesús heterosexual que no pudo ayudarme de piba y tampoco podía ayudarme ahora. Quería permanecer para siempre en ese instante diminuto que existe entre que abro los ojos y recuerdo quién soy. Qué soy. La consciencia de mi identidad me había dado más lágrimas que sonrisas y ya estaba agotada de tanto prometerme que mañana el mundo sería un lugar más amable conmigo.
La Chaco, Juan Solá.
















