Un amor francés.
¿Alguna vez, mi maravillosa dama, ha usted sentido que se le encogen los huesos por el frío penetrante en pleno verano soleado, mientras los pájaros y los niños cantan la canción de la vida? ¿Su sonrisa ha caído por milisegundos al sentir que se le erizaba la piel de los brazos sin razón aparente en pleno té de la tarde con sus damas de compañía? ¿Ha oído usted gritos desesperados en el más profundo silencio nocturno? Oh, si, yo la he visto, señora. La he seguido. He escuchado sus pasos como navegante escucha al viento, observado sus gestos como niño hambriento observaría la vidriera de una pastelería. Saboreo su nombre como aquel exquisito Far Breton de su restaurante favorito que usted tanto disfruta, torciendo el rostro de la manera más infantil y femenina posible, siendo su expresión más deliciosa que el flan mismo.
Su sonrisa atrevida y desafiante, debo confesar, ha sido lo primero que me ha atraído hacia usted. No es como la sonrisa de las otras damas, claro que no; en esta época todas las mujeres sonríen igual. Excepto usted, claro, y María Antonietta. Poseen vosotras una sonrisa única y ligeramente traviesa, como si estuvieran listas para hacer todas las maldades posibles y llorar a todos los muertos de cada tumba en toda la maravillosa Francia que las ha visto caminar.
Volveré a verte, sé que las sonrisas como la tuya siempre vuelven. Aunque es demasiado malo encontrar gente especial como tú y prenderme, (¡Soy el final inevitable del que te previenen todas las madres!) nos encontraremos en cada vida: en alguna de ellas serás la mujer para mí. Podré adorarte, acariciarte y cantarte en cada idioma que mí largo tiempo en esta vida me ha regalado. Soñaré con tus dorados rizos o quizá tus rojos y lacios cabellos, escucharé tu desafinada o dulce voz y me alimentaré de tu vida.
Un amigo mío ha dicho alguna vez que amar es beber de la vida de otro: tan trágico pero cierto. Tan cruel pero realista. Amar es beber uno del otro hasta que uno se queda sin jugos, pone sus cosas en un bolso y se va. Amar es odiar de la manera más pura. Y se, oh mi querida princesa, que este príncipe inmortal morirá el día después que tu alma deje de ser reciclada, pero por mientras observaré cada una de tus muertes y tus nacimientos porque soy un manantial que ha nacido de tus lágrimas más brillantes.
















