El Quinto Padrón.
Él, el principio del letargo lírico en el que se hunde mi cuerpo durante las noches. La esencia de aquellas escenas de amor y desdén que ocurren mientras rompo las cuerdas de mi vida. El último de la manada, la luz que se escapa entre las nubes durante el ocaso de mediados de Octubre, el gemido que precede al placer, la voz detrás de mis estructuras carnales, y así sucesivamente, hasta terminar su metamorfosis, acaparando un cuerpo que no le pertenece.
Él, el final de las horas de sosiego, donde la fauna se revela a través de sonidos espeluznantes y el lápiz deja de rayar papeles deformes para empezar a tapizar el alma de los desdichados.
Él, la hora de la muerte. Ese minuto de vida que transcurre cual trama de cinematógrafo, ese momento antes del alba, donde las pesadillas son más vívidas y las entrañas de lo mórbido se revelan de forma poética, para sollozar penas pasadas que brillan ahí, en la penumbra.
Él, en todos lados. El fantasma que se se duerme para despertar con furia a través de las letras, las melodías y el tiempo.
Él, el quinto, el último, el corruptible, el suspicaz, el atenuante, el día y la noche.
Él, el dolor de amar, y ser amado.












