#TemporadaSagitario #LaIdeaFija #ApuntarleALaLuz #DejaQueLaLuzTeGuie #Iluminate (en Planet Earth) https://www.instagram.com/p/CWlSWXSgrK8/?utm_medium=tumblr
seen from United States
seen from China
seen from Iraq

seen from Malaysia
seen from United Kingdom
seen from United States
seen from United States

seen from Panama
seen from United States

seen from United States
seen from United States
seen from Malaysia
seen from United States

seen from United States

seen from United States

seen from United States
seen from China
seen from United States
seen from United States

seen from Belgium
#TemporadaSagitario #LaIdeaFija #ApuntarleALaLuz #DejaQueLaLuzTeGuie #Iluminate (en Planet Earth) https://www.instagram.com/p/CWlSWXSgrK8/?utm_medium=tumblr
Último tango en Buenos Aires
Ricardo Giorno
En cuclillas, la espalda contra las rejas de la vieja jaula, Horacio Julián Serpagli escuchó los primeros acordes.
—Y sigo en la jaula de los orangutanes —volvió a decirse en voz alta por enésima vez—. Nada menos.
La orquesta precalentaba, lo sabía bien. Otra milonga se estaría armando ahí abajo, en el camino que daba a la vieja salida del Zoo, por Libertador, y él debería aguantársela. Como se aguantó las anteriores.
Se levantó deslizando la espalda por los barrotes. Jamás lograría permanecer ajeno a una milonga. Imposible resistirse, tal como un voyeur no se resistiría a una mujer desnudándose detrás de una ventana.
Giró, se aferró a los barrotes y apoyó la frente entre dos: la monada, relucientes instrumentos mediante, se preparaba para arrancar a todo ritmo. ¿Cómo es que ellos habían aprendido tan rápido y tan bien a tocar el tango? Serpagli se encogió de hombros. Ya el asunto no le importaba a nadie.
Es que nadie quedaba: él era el último.
Yo, pensó, el último.
—¡Animales! —les gritó. Ninguno volteó siquiera la cabeza. Y la música arrancó nomás: “Comme il faut”, reconoció Serpagli—. Qué tangazo, mamita. Y lo tocan mejor que la orquesta del gordo Troilo, si eso fuese posible. ¡Blasfemos!
A pesar de que no le prestaban atención, se obligó a mantenerse firme. Apretaba los barrotes y encajaba los pies entre ellos con el afán de no ponerse a bailar.
Vio cómo el Oso le cabeceó a Mireya, esa zorra platinada, y juntos trataban de seguir el ritmo. Serpagli ladeó la boca y arrugó la nariz. No se debería revolear a la compañera, y aun menos revolear las patas. Eso no era bailar tango. Pero la jugada la aprovechó Lucía. ¡Lucía!, pensó Serpagli, ¡Qué rata asquerosa! En un segundo, recordó mil veces a Lucía: antes de arrojarle los mendrugos le decía con esa voz apenas entendible, chillona: “Lucía, Lucía, Lucía” y él debía responderle modulando gravemente la voz: “Lu-cí-a”. Y recién entonces le tiraba la comida.
—¡Rata inmunda! —otra vez, nadie acusó recibo.
Pero ahora, se dio cuenta Serpagli, Lucía jugaba bien sus cartas. Ella misma sacó a bailar al Perro Santillana, que por un momento dejó de mirar con ojos de cachorro abandonado a Mireya, la tomó del talle a Lucía y se confundieron con los bailarines.
(sigue en http://laideafija.com.ar/larevista/numero18/GIORNO_tango.html)
Ensalada de frutas Eloísa Suárez
Frutillas rojas, bien rojas, aromáticas; ciruelas maduras, a punto de explotar, que prometían ser dulzonas; naranjas para jugo, redonditas, brillando al sol del atardecer; manzanas lustradas, sin ninguna imperfección, conservando el cabito y la hojita del árbol; duraznos de verano, firmes. Todo de las islas. A Clarisa se le hacía agua la boca, mientras su amiga, parada ya dentro de la embarcación que cargaba la fruta, se disponía a elegir con la bolsa de las compras colgando de su antebrazo como si fuera una princesa llevando una cartera fina.
Hacía un rato que habían llegado al Puerto de Frutos del Tigre. Antes, la caminata desde Recoleta hasta la estación del Retiro para tomar el tren que las llevaría a cuatro días de descanso, incluyendo el fin de semana.
Magdalena le indicaba al vendedor que quería dos kilos de ciruelas negras, bien reventonas. Asimismo pidió tres kilos de manzanas, dos de duraznos y cuatro de naranjas. Clarisa se subió en la embarcación y le sugirió a su amiga que llevara también frutillas. Magdalena se negó, alegando que con lo que llevaban les alcanzaría para cuatro días tranquilamente. Las frutillas estaban caras. Clarisa se resignó, pero, en su interior, extrañaría esas frutillas con buena pinta. Era un jueves de diciembre de 1988.
–¿Pensás hacer ensalada de frutas, Magda?
–Sí, porque así la fruta rinde más. (seguí leyendo en http://laideafija.com.ar/larevista/numero18/ELO_frutas.html)
IV
Esteban Moscarda
17
El 17 en los sueños de la quiniela es la desgracia, me dijo un viejo arruinado, su piel gastada, su hígado a punto de pedir la extremaunción, millonario él sin embargo, perdido como yo en un bar minúsculo, diciéndole a la muerte: este año no es tuyo...
(seguí leyendo en http://laideafija.com.ar/larevista/numero18/MOSCARDA_poemas.html)
Maldito ascensor Alexandra Jamieson
Se dirige a tomar el ascensor como cualquier tarde después de un día común. Lo único que quiere es llegar a su casa para tomar el dinero y volver a bajar para pagar las expensas vencidas. Todo es normal: el tipo del auto gris plata hace un ensayo más para ver si logra estacionar sin tocar el cordón; el perro que ayer se distrajo de los rastros guía de sus paseos también lo hace ahora y tira de la correa roja para acercarse a saludar. El portero dormita de parado sin perderse detalle del barrio y saluda con una elevación de la barbilla; los únicos dos vecinos simpáticos que tiene no son justo los que se cruza hoy y aquellos a los que les sostiene la puerta con desinteresada cortesía, ni le devuelven el saludo. Los menores de quince años gritan como lunáticos desbocados por medicación mala desde sus habitaciones entre jugando y peleándose. Al mismo tiempo, algunas viejitas ensimismadas miran de reojo la novela nueva a todo volumen con el formidable galán de turno. Pero hay algo fuera de lugar: la iluminación del hall de entrada parpadea cada tanto como si hubiera un corto en algún lado de la instalación.
De tanto cansancio repetido y monotonía diaria arrastra los pies por el pasillo. En otras circunstancias se hubiera esforzado por no hacerlo, pero ahora ni siquiera se da cuenta. Duda un momento sobre la probabilidad de que justo hoy sea la reunión de consorcio, lo que representaría un obstáculo más entre él y su anhelada armonía casera. Repasa las fechas y descubre que hoy no es la elegida para discutir vanamente durante horas una impracticable modernización de la fachada del edificio. Si así fuera al menos obtendría frases específicas para anclar este día a su memoria, algunas más delirantes que le harían reír y otras menos, que lo harían indignarse. Aunque no haya reunión, es evidente que el portero indiscreto dedicó menos de su tiempo a investigaciones triviales y más a su trabajo: hay olor a desinfectante fuerte que se mezcla con los de alguna sopa temprana y tostadas tardías.
(continúa en http://laideafija.com.ar/la…/numero18/JAMIESON_ascensor.html)
Como la vida misma
Saurio
Llueve, porque siempre en estos casos llueve, porque queda bien, porque da buen clima, porque las gotitas de lluvia resbalando por el ventanal del bar hacen una bonita imagen en pantalla, porque el vapor de agua se ha condensado lo suficiente en la atmósfera como para alcanzar el punto de saturación y entonces las gotas se precipitan, presas de la atracción gravitacional, como cualquier otro cuerpo masivo en el universo.
Por eso llueve y por eso ella está junto al ventanal del bar, sentada en una mesa a pesar de los reproches del mozo, que le insiste que lo correcto es que lo haga en la silla.
–Dejala, total es nuestra única clienta, la única que hemos tenido en años– le dice, desde el mostrador, el dueño del bar –. Décadas de políticas económicas de corte neoliberal nos han llevado a esta situación calamitosa que estamos padeciendo.
–Es que el fracaso del modelo totalitario impuesto por una interpretación ultra-ortodoxa del modelo socialista, apenas un repartidor de riqueza incapaz de generarla, nos precipitó a las garras del capitalismo salvaje, un modelo muy eficiente a la hora de generar riquezas pero inútil a la hora de distribuirlas con equidad– acota el mozo, sacudiendo el polvo de una silla en la que hace rato que nadie se sienta.
A la lluvia poco le importan estas quejas. Debería, ya que la codicia de los capitalistas ya llega incluso hasta al agua, y en cualquier momento el derroche gratuito de recursos que las nubes hacen será propiedad de multinacionales sin rostro, lo subsumirán a las impiadosas reglas del mercado y ahí te quiero ver, pagando exorbitantes sumas de dinero por una gota del vital líquido. Pero sin embargo a la lluvia todo esto no le importa y cae, despreocupada sobre los peatones y sobre los vendedores de paraguas. (continuá leyendo en el número 18 de La Idea Fija http://laideafija.com.ar/larevista/numero18/SAURIO_como%20la%20vida%20misma.html)
Ya salió La Idea Fija 17 y esto es lo que trae.
Especial Pablo Ananía
Jorge Dorio:
Un peronista en la ciudad irreal
Daniel Freidemberg:
Ponerse en juego
Leonardo Longhi:
Política, amor, poesía: alquimia militante
Pablo Ananía:
El otro juego
Especial Residents (cuarta parte)
Saurio:
Luces, sombras y fantasmas
Will Rothers:
Reportaje a Charles Bobuck
Saurio:
Discografía actualizada
Cuentos
Bonnie Jo Stufflebeam:
Ellos atraviesan las paredes
Guido Eekhaut:
Comer japoneses está mal
Gareth D Jones:
La justificada indignación de la rata topo desnuda
Holly Schofield:
Desviada estándar
Daniel Frini:
Ecce servus Dei
Ricardo Giorno:
La máscara de la muerte roja
Saurio:
Veinte años no es nada
Nouvelle
Eloísa Suárez:
Las primas lejanas
No te pierdas este diamante que brilla en un mundo de mierda.
Salió el nuevo libro de Pablo Ananía, con prólogos de Jorge Dorio y Daniel Freidemberg