De cara al absurdo: el existencialismo como filosofía liberadora en “La Náusea”
Soy consciente de la existencia actual de una brecha insondable entre los libros y el hábito de leer pero, por si acaso dan ganas de ocupar la mente en algo distinto en estos tiempos inciertos, esta es una reseña -totalmente innecesaria- de un libro que ha tenido profundo impacto en mi vida: “La náusea”, de Jean-Paul Sartre.
Antecedentes personales (capítulo prescindible) Aquello que cada uno de nosotros es, en cada momento de su vida, es la suma de sus elecciones previas. El hombre es lo que decide ser
Di por primera vez con este libro hace más de 15 años, en el colegio, durante un receso. Santiago, como de costumbre, estaba recostado en una de las columnas del patio del primer piso, leyendo. Leía este libro, esta misma copia de este libro (que ahora está marcado con su nombre y seudónimo de entonces “thefoolonthehill” y el mío, solo nombre, debajo). Recuerdo la impresión que me causó el título: “la náusea”. Algo así sentía internamente por esa época, sin poderlo describir adecuadamente: un repudio generalizado por las cosas en general, por la gente en general. Era joven, naturalmente. Cuestionaba todo, afortunadamente. Y era, ahora que lo recuerdo, un repudio si se quiere “burgués”, en el sentido de que provenía desde mi posición en una clase acomodada y que, paradójicamente, era causado en parte por la misma pertenencia a dicha clase y el rechazo de sus costumbres, dinámicas o “esencias”.
El libro llegó a mis manos una vez lo hubo terminado Santiago. Recuerdo empezar a devorarlo por aquella época, quince años tenía y -evidentemente- entendía poco del mensaje de fondo (lo que llamaré en este caso la hipodermis), tan esquivo en cuanto a las bases filosóficas y el contexto histórico en el que asentaba, bases y contexto que años después vendría a conocer gracias a las clases extracurriculares que, algunos curiosos insatisfechos decidimos tomar con el profesor de filosofía del colegio en la época: el gran “Buma”.
Sin embargo, pese al desconocimiento del fondo o los matices de esta obra, desde su primera lectura sentí cómo impactaba en mí, irreversiblemente, a tal punto que sentí que el libro me hablaba, o me quería decir algo que aún no entendía del todo, pero que podía comprender a través de las sensaciones que me transmitía. En alguna medida, el punto de vista de Antoine Roquentin (protagonista del libro) respecto de su entorno y la gente que lo rodeaba, no distaba mucho del mío en la época: ese rechazo por las costumbres, las manías sociales, la crítica a la evasión de la soledad, a la idea del amor perfecto, a las instituciones o la idea prefabricada de “felicidad” eran temas que también me inquietaban.
En aquella época, alcancé a leer las primeras setenta páginas del libro: la certeza de saberme entendido en una idea tan sórdida como el vértigo que provoca la realización de estar de cara a una existencia aparentemente vacía me abrumó al punto tal que no quise saber el desenlace. De alguna manera sentía que el desenlace de tal libro sería también, indefectiblemente, mi propio desenlace. Y tal idea, que hoy juzgo absurda, me impidió darle un cierre a una historia que me afectó y me identificó profundamente, sin entenderla del todo aún.
Hoy, quince años después, decidí afrontarlo, emprenderlo, y darle una significación desde el momento actual de mi vida. Aquí van, pues, previo contexto y resumen del argumento de base y de fondo, algunas impresiones acerca de La Nausée.
Contexto y filosofía La existencia es una plenitud que el hombre no puede dejar
Publicado en 1938 en Francia, justo antes del inicio de la segunda guerra mundial, La Nausée es considerada la primera novela filosófica de Jean-Paul Sartre: uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX, abiertamente ateo y etiquetado como “existencialista” (conocido, entre otras cosas, por haber rechazado el premio nobel de literatura -y la no irrisoria suma de USD $52 mil que traía consigo- en 1964). Resalto estas palabras porque son el origen clave para entender el pensamiento de Sartre y la idea de la filosofía detrás del libro, que puede resumirse en los siguientes postulados:
1. (si) “Dios” no existe
2. (en consecuencia) No hay una “esencia” o “idea” que preceda o guíe la existencia del hombre
3. (por lo tanto) El hombre es libre y responsable de dar sentido a su propia vida.
4. La existencia en si misma, sin un propósito detrás -creado por el hombre-, es un absurdo.
Aquí debe tenerse en cuenta también que, como ha interpretado antes Estanislao Zuleta*, el existencialismo surge también de un anhelo de “ser”, en la medida que se contrapone a moldes prefabricados o “esencias” de la vida, enseñando que ésta es inventada permanentemente por el hombre y que, por otra parte el existencialismo Sartriano ha sido reconocido como una filosofía de la libertad y, como ha dicho el propio Sartre, es también un humanismo en la medida que reconoce el valor de la consciencia en la libre invención de esa existencia de la que el hombre es el único responsable. Así, el “ser”, la “libertad” y la “humanidad” son también las bases de esta filosofía.
Sin más preámbulos…
Argumento (epidermis) Es un muchacho sin importancia colectiva, exactamente un individuo
Asistimos a la vida de Antoine Roquentin mediante la lectura de su diario, un recuento de acontecimientos en apariencia cotidianos que transcurren en un periodo aproximado de dos meses. Antoine, de 30 años, se radica en el pequeño pueblo burgués de “Bouville” después de años de viajar por el mundo.
Vacío, trajinado, solo y sin proyectos claros de vida, sobrevive gracias a la renta mientras intenta -infructuosamente- culminar un libro acerca del “márques de Rollebon” un aristócrata del sigo XVIII cuya vida llena de “aventuras” y misterio resulta interesante para nuestro protagonista solitario. Por la vida de Antoine Roquentin en estos meses, pese a su ineludible soledad, se cruzan otros personajes relevantes para la historia: “el Autodidacto”, un personaje en apariencia inofensivo, que se refugia en sus libros y se revela a si mismo como un “humanista” y; “Anny”, un viejo amor de juventud en el que Antoine finca de alguna manera sus esperanzas de ser salvado de la existencia en soledad y que, luego entenderemos, representa el mundo de las “esencias”.
Argumento (dermis) Soy yo quien ha cambiado? Si no soy yo, entonces es este cuarto, esta ciudad, esta naturaleza; hay que elegir
Pero la historia que quiere contar Sartre tiene más matices: Ya desde el inicio del diario se nos revelan una serie de situaciones en apariencia banales, pero que marcan el curso de los eventos y el sentir del personaje; la soledad y el estado mental en el que se encuentra Antonine, pronto lo colocará en una especie de espiral vertiginosa que lo enfrentará al concepto central del libro: el vacío de la “existencia”, y las posibilidades que ésta encierra.
¿Es eso lo que me espera? Por primera vez me hastía estar solo. Quisiera hablar a alguien de lo que me pasa, antes de que sea demasiado tarde, antes de inspirar miedo a los niños.
“La náusea” (hipodermis) La Náusea no está en mí; soy yo quien está en ella.
El matiz más íntimo de “la náusea” se encuentra en la realización o consciencia de la existencia en un contexto desesperanzador donde el protagonista parece carecer de estímulos o “proyectos” de vida, lo que provocará el vértigo que el personaje describe como la “náusea”, que se manifestará en diversas situaciones a lo largo del libro: en un café, en una calle, en cualquier situación cotidiana.
Estoy solo en medio de estas voces alegras y razonables. Todos esos tipos se pasan el tiempo explicándose, reconociendo con fidelidad que comparten las mismas opiniones. ¡Qué importancia conceden, Dios mío, al hecho de pensar todos juntos las mismas cosas!
Antoine Roquentin es un personaje sensible que cuestiona la vida en su transcurrir aceptado, un personaje al margen, si se quiere, pero inmiscuido al mismo tiempo en esa convención de formas e ideas que la gente parece sencillamente aceptar, sin cuestionar. Es aquí donde la realización de la existencia impacta al personaje a tal punto de hacerlo dudar de cualquier preconcepción que pudiere tener del mundo, de las cosas, de las relaciones.
Antoine, como muchos de nosotros, intenta encontrar hábitos, costumbres, proyectos, conexiones sociales que lo aten a la vida sin sentir el vértigo de la existencia: la nada, el absurdo, la falta de sentido. En el caso de Antoine, esta evasión se encuentra, por un lado, en la empresa de escribir un libro acerca de otra persona cuya vida juzga más interesante que la suya, proyecto que (spoiler alert), abandona finalmente y, por otro lado, en la esperanza que conserva de revivir un amor de juventud: Anny.
Para que el suceso más trivial se convierta en aventura, es necesario y suficiente contarlo. Esto es lo que engaña a la gente; el hombre es siempre un narrador de historias; vive rodeado de sus historias y de las ajenas, ve a través de ellas todo lo que le sucede, y trata de vivir su vida como si la contara. (…)
Cuando uno vive, no sucede nada. Los decorados cambian, la gente entra y sale, eso es todo. Nunca hay comienzos. Los días se añaden a los días sin ton ni son, en una suma interminable y monótona. (…) Esto es vivir. Pero al contar la vida, todo cambia: solo que es un cambio que nadie nota.
En cuanto a la segunda de estas “evasiones”: la esperanza de revivir el amor con Anny, encontramos una decepción más para nuestro querido Antonine, quien, una vez reencontrado con ese amor “idealizado”, siente nuevamente la riña que se encuentra entre la “esencia” que es el querer de Anny, la manía de querer crear momentos perfectos o ideales y la libertad, que vendría siendo dada por la existencia, de la cual Antoine se hace consciente.
Pero, ¿Cómo encontrar esperanza en un panorama tan desolador? La liberación existencialista Siento que algo me roza tímidamente y no me atrevo a moverme por temor de que se vaya. Algo que ya no conocía, una especie de alegría. ¿Entonces es posible justificar la propia existencia?
Si bien “la náusea” puede percibirse en un primer momento como un libro pesimista o desesperanzado, contiene muchos matices filosóficos que, cuidadosamente analizados, llevan a la conclusión contraria: en Antoine Roquentin, el sentimiento de náusea o absurdo frente a la existencia, viene dado también por la ausencia de un sentido o proyecto para vivir, un proyecto que permita también dotar de sentido a todo lo demás que nos rodea y que es en apariencia “absurdo”.
La náusea es, por un lado, una reivindicación de la existencia sobre la esencia, sobre las formas preconcebidas, prefabricadas de lo que se piensa que es o debería ser la vida y, por otro lado, una exaltación de la importancia de la “acción” o los “proyectos”, que implican el uso de la libertad para dar sentido a la propia existencia.
Detrás del existente que cae de un presente a otro, sin pasado, sin porvenir, detrás de esos sonidos que, día a día, se descomponen, se descascaran y se escurren hacia la muerte, la melodía permanece la misma, joven y firme.
Ese vértigo que se provoca al encontrar a la vida de frente, vacía, sin significados previos, sin “esencia”, conlleva también, como establece Camus en “la peste”, a la realización del absurdo de la existencia, no como una tragedia insalvable, sino como una posibilidad que debe conducirnos a la liberación en vez de la desesperación.
En “la náusea”, otro de estos salvavidas al absurdo se encuentra justamente en el arte, puntualmente en una melodía que da sentido nuevamente a la existencia. La melodía, la música, el “arte”, significa también lo opuesto a la “náusea”, porque el arte “es”: un proyecto, el “proyecto artístico”, entendido por Sarte como necesario, como contentivo de una necesidad, en contraposición a lo innecesario, que vendría siendo la mera existencia.
Y yo también quise ser. Fue lo único que quise; ésta es la clave del asunto, veo claro en el aparente desorden de mi vida; en el fondo de todas esas tentativas que parecían sin relación, encuentro el mismo deseo: arrojar fuera de mí la existencia, vaciar los instantes de su grasa, torcerlos, desecarlos, purificarme, endurecerme, para dar al fin el sonido neto y preciso de una nota de saxofón.
Así, el sentido de la propia existencia no es algo que se encuentre predeterminado “en esencia”, sino que requiere del encuentro con el absurdo del vivir y de un proyecto que, a su vez, requiere del uso de nuestra libertad para dotarla de sentido. En palabras de Poulet, la libertad no es solamente un vacío, es una tarea. Es el poder, no solo de desprenderse de las cosas, de evadirse del pasado, sino también de producir el futuro.
De la misma manera, en las páginas finales del libro, después de verse conmovido por ese proyecto con voluntad de ser que es la música, Antoine toma la determinación de escribir un libro, éste libro, que será su propio proyecto para justificar la existencia y que, tantos años después sigue siendo para muchos de nosotros un punto de encuentro con la realización del absurdo, la consciencia de la libertad y la necesidad de la acción para dar sentido a nuestras propias vidas.
«La existencia no es algo que se deje pensar de lejos: es preciso que nos invada bruscamente, que pese sobre nuestro corazón tanto como una gran bestia inmóvil. Si no, no hay absolutamente nada»












