Aplausos solitarios
Ella es puntual como el Big Ben. Cada tarde a las ocho en punto sale religiosamente al balcón, aunque su rostro es el único que queda visible a cuatro metros sobre el suelo. Su soledad resulta más ruidosa que su aplauso. No obstante el batir de palmas se oye fuerte y firme. A algunos vecinos les cae como una goteo chino el plas-plás, sintiéndose culpables por haber pasado ya de página. Otros esbozan una leve sonrisa mientras atienden cualquier tarea doméstica, con la íntima tranquilidad de que el mundo sigue funcionando.
Para esta señora sexagenaria de mi barrio, llamémosla Pili, falta mucho hasta que se extinga el rito que celebra a los sanitarios a lo largo y ancho del país. No es que este gagá ni ociosa, simplemente sabe que, a parte de sumarse al gesto en el momento de euforia, se trata de persistir en él. Nos hemos acostumbrado a una estadística diaria que nos oculta lo trémulo de la realidad. Ayer fueron 176 muertos, pero pudo ser esa cifra multiplicada. Quizás los profesionales de la salud no oyen los aplausos de Pili pero ya sabemos que el aleteo de una mariposa en Brañavieja puede producir un tornado en Sao Paulo.
Esta mujer es, como se dice en periodismo, la gatekeeper del vecindario; la seleccionadora de lo importante. Tiene que haber necesariamente una Pili en cada barrio que mantenga la llama encendida ¿Qué sería de nosotros sin las Pilis del mundo? ¿Caeríamos en el tedio de la frivolidad? ¿En la poderosa inercia del olvido? Plas, plas, plas. Ese sonido basta para pinchar un poco nuestra conciencia.
Ayer no tuve más remedio que abrir las ventanas de par en par y hacer palmas. Pero la ovación la dirigía a una señora con tres hijos y un marido, cuya convicción la impele a dejar lo que está haciendo cada día y enfrentarse a un escenario de balcones cerrados, en solitario homenaje. Los aplaudidores también necesitan aplausos.

















