Las camas vacías, el silencio cansado, la ausencia inquietante.
Llamabas de tres a cinco veces al día nos regalabas sonrisas y consejos sabios siempre fiel hasta compartir el vaso para beber agua; despertabas muy temprano en las mañanas con esa energía que te caracterizó hasta el final y que además heredaste a las tías, aún ni siquiera el sol se asomaba ya el ruido de la escoba de un lado a otro se oía a lo lejos.
Hace un año el suspiro del abuelo al despertar, el día transcurría igual, pasadas las 12 solo llantos incontenibles, te quedaste esperando aquí con quietud a veces tenías frío, a veces tenías sed, a veces llamabas al menor. Por las tardes la charla insistente que te ayudaba a despertar, por las noches pasos que entraban y salían, en la madrugada el sosiego y así el tiempo. Tres días antes me acerqué a ti tomé tu mano como no lo había podido hacer desde que llegué por temor a enfermarte, me tomaste también con fuerza, pediste agua y te acompañé unos minutos.
El viernes fue diferente casi cuatro horas de espera, entonces todas tus enseñanzas y cariño florecieron y el amor se hizo presente pero aún así el ambiente se tornó gris por aquello tan predecible e inevitable, entre el ir y el venir no alcancé tu último aliento. Te vi cansada pero en paz sin parpadear y cómo siempre lo lograste, inspiraste amor, la zozobra en mi corazón, el pensamiento dando vueltas sobre el verte de la forma que alguna vez imaginé y que borré al instante por el temor a ser real, negarme, porque era mejor recordarte andante y veloz que únicamente quieta inmóvil, la angustia al pensar que era la última vez, pero fue. Entré a la casa como de costumbre, cruzando la puerta las camas vacías, el silencio cansado, la ausencia inquietante, no llamaste más de nuevo silencio, no más sonrisas, no más miradas destellantes, no más caricias y todo transcurrió nada se detuvo, pero era mayo durante el día las chicharras en los árboles con su canto sin fin igual que tus pasos.
Siempre conmigo, siempre contigo. Te amo infinitamente.













