¿Quién sabe si despertó?
Muchos dirán que Andrés no quiere a nadie, que es un narcisista, ególatra y que desprecia a las mujeres, que nunca ha habido ni habrá ninguna mujer por la que él sienta el más mínimo ápice de cariño o de respeto. Ni siquiera su madre. Pero no están del todo en lo cierto, solo hay dos personas a las que quiere con locura como solo ha habido una una única mujer que fue determinante en la su vida. Sergio la odia, pues siempre la consideró como una mujer demasiado cínica.
Porque si Sergio es quién es debido a la influencia de su abuelo, un antiguo partisano, Andrés se debe en gran parte a la influencia de su abuela. No dirá que su relación fue siempre la más fácil porque eso no es verdad, le ha costado muchos años poder comprender la mente de esa mujer, que un día irrumpió como un huracán en su vida ataviada con un abrigo de piel de camello que la hacía ver sumamente elegante. Muchos solo verían en ella a una mujer mayor con un sentido del gusto exquisito, pero había algo en su aura que daba al traste con esa ilusión de dulzura, algo que la hacía verse peligrosa.
Sí, Andrés sabe de lo que habla, entre ellos se reconocen.
Podría decir muchas cosas de su abuela: que era muy cínica en lo que respectaba a ciertos temas, que siempre iba con la pipa de fumar en el bolsillo, que fue gracias a ella que aprendió tanto sobre el arte, que la condenada mujer más de una vez le acabó gritando porque se había arriesgado demasiado en los robos (Si, la condenada mujer sabía que robaba, nunca consiguió engañarla), como a veces ella parecía hablar sola con un interlocutor que él no podía ver. Y como cada 22 de Febrero parecía quedarse ida mirando a la lejanía, ajena a todo lo que la rodeaba.
Podría hablar durante horas de cómo le brillaban los ojos de ilusión al explicarle cosas que no aparecían en los libros de historia, o cómo se armaba de paciencia para enseñarle no sólo defensa personal sino trucos para sobrevivir al ritmo de vida peligroso que llevaba. De cómo acogía siempre con los brazos abiertos a aquellas personas tan extrañas que de vez en cuando pasaban por su casa, en aquellos momentos parecía más joven y más viva, sobre todo cuando Leonor acudía junto a ella. Su abuela parecía sentir una especial debilidad por aquella jovencita que miraba a Andrés a hurtadillas con algo parecido a la tristeza.
Recordará siempre la mirada de paz que había en sus ojos el día que murió, como se le iluminó la cara al mirar por encima de él y sonrío debilmente mientras susurraba aquel nombre con un cariño que solo rivalizaba con el que su abuela mencionaba el suyo: Antonio. Hay cosas que Andrés no sabe explicar, pero juraría que en aquel momento siente una sensación calida y que no está solo en la habitación cuando su abuela se está apagando. Podría jurar que huele algo parecido a libros viejos, a tabaco para fumar y a la flor del limonero.
Entierra esos recuerdos en lo más profundo de su ser y se esfuerza por reinventarse de nuevo, por seguir avanzando y convertirse en quien quiere ser. Y no es hasta años después que otra mujer llega a su vida para quedarse con un pedazo de su corazón, aunque Max llega de puntillas y sin hacer ruido, como un ratoncito, pero igual que los ratones se hace un hueco en su vida del que ya no puede echarla.
Max es una presencia tranquila y constante, con la cabeza llena de números y teoremas como Sergio la tiene llena de planes y de ideales, pero Andrés no dudaría en tintarse las manos de sangre por protegerlos a ambos. Por no quedarse mirando como se apagan sin poderlos salvar.
Sale de esos pensamientos turbios cuando Max maldice porque no le salen los cálculos. Circula alrededor de una pizarra que le ha quitado a Sergio de su almacen con la determinación de doblegar a aquellos números que encierran puertas temporales y su escape. Preguntándose que es lo que falla.
-Vete a dormir ratoncito, lo verás por la mañana.
Y para cortar sus protestas, la agarra suavemente de la manga de la sudadera azul pastel y la empuja hacia el pasillo de las habitaciones del Monasterio.











