El miedo
es el protagonista
de las historias
en -de- pobreza.
Termina haciéndonos creer
que estamos a punto de morir:
de sed, hambre, frío
o algo -cualquier cosa-
que nos prive de vivir.
Somos fieles creyente
de que los tiempos
de miseria se estacionan,
que son pasajeros
sin hogar que encontrarán
residencia en otra casa,
otro lugar que rogaremos
quede muy lejos de aquí.
Pero la pobreza
se siente atemporal también,
porque se estanca como grasa,
se te pega bajo las uñas
y se encapricha contigo.
¿Y por qué solo conmigo?,
preguntarás.
La pobreza es eterna
cuando se vive resignado,
y un veneno pudiente
que se esparce a sus anchas
cuando uno la deja
conquistar sin resistencia.
Sir. Samuel











