Peluche, tortuga, anillo
Peluche: cuando era chique o no me gustaba los peluches, o no me gustaban los que tenía, porque nunca le tuve particular afecto o nada a uno en particular. De grande, tipo siete u ocho años me encariñé con uno que era como un poni y tenía un olor riquísimo. De adulta, empecé a tomarles afecto en términos generales, especialmente a dos: un osito polar disfrazado de tigre que me regaló mi pareja, y una osa blanca que se llama Ororo y también me regaló mi pareja que tiene su lugar habitual encima de mi impresora, en mi escritorio.
Tortuga: en ese mismo escritorio reposan también dos tortugas simil talladas, de origen chino. Una es negra y la otra bordó. Las compré en un tugurio, y es cómico porque yo compré una para mi pareja para algún aniversario, o alguna celebración así, y él me había comprado otra similar, así que ahora ambas viven juntas al lado de mi modem (obviamente son pareja y sería malvado separarlas).
Anillo: me encantan los anillos. En realidad me gusta todo tipo de joyería, pero mi primera obsesión fueron los anillos, allá por tercer grado, más o menos, cuando empecé a coleccionarlos. Actualmente sólo uso diez, incluyendo una calavera con un cuerno, una garra, el anillo de compromiso que un amigo le compró a una novia y nunca funcionó, mi propia alianza de compromiso con su cintillo, un anillo que tiene dos partes que giran y hacen ruidito... y la colección siempre esta abierta.









