El calor crece con lentitud en tu interior y yo lo alimento. Te escucho respirar profundo mientras mis dedos te inspeccionan y mis ojos te devoran con tanto descaro, que te sientes absorbida. Separo tus piernas y mi lengua resbala por ellas, tu flor abre sus pétalos húmedos por el rocío erótico de tu celo. Y allí, donde te abres de par en par cuando escarbo con mis dedos y expulso la poca decencia que te queda, doy a esos labios desflorados un beso francés mientras tu boca me gime en castellano y en inglés. Y te toco entonces como quien corrompe, como quien intenta abrazar lo más impuro de tu ser. Tus pezones son los más honestos testigos de tu lujuria, se ponen firmes demandando atención, tus areolas se hinchan mientras mi lengua las saborea haciendo ruidos de succión. Te arrastro al pecado apretándolos, mordiéndolos y escupiéndolos. Mis dedos te penetran hasta que colapsa cualquier pretensión de timidez que usabas aún como máscara. Las palabras de súplica se formulan en tu boca sin reparo, aunque entrecortadas por la agitación. Tu mirada camina sobre mi erecto miembro, como una equilibrista desnuda y antes de pensarlo ya me encuentro siendo tragado por tu garganta; tus sonidos son lascivos, tu boca profunda engulle, tus ojos lagrimean tanto que el maquillaje se corre, la baba escurre por tu barbilla y burbujea espesamente por los bordes de tus labios que manchan de carmín las venas brotadas de mi verga. Me agarro a tu cabeza y tenso tu pelo hasta el dolor como un acto reflejo para mantener el control que el roce con tu lengua pone en vilo. Te abofeteo y te escupo la boca viendo formarse telarañas de saliva pegarse a tus mejillas mientras jadeas como si murieras en el momento en que abandono la lucha en tus comisuras. Te volteo bruscamente y alineo tu culo y tus caderas como si pesaras lo mismo que una delicada pluma, aunque justo delicadeza sea de lo que carezca la forma en que te hundo mi miembro tallándose en tus apretadas paredes de carne. Escucho el escándalo de tus gemidos; casi llanto, casi rezo, casi súplica, casi agonía... Todo placer, todo pecado. Y te clavo, una y mil veces como a una culpable que ofrece su carne al castigo de los azotes voluntariamente. Te embisto sin clemencia desde atrás, con tu vagina bañando en tus jugos mi verga, con tu culo botando impudoroso sobre mi pelvis, con tus brazos tensados al máximo sirviendo como riendas mientras tu torso pende en el aire, y tus pechos se sacuden tras cada embestida hasta que tu río interno finalmente se desborda y te dejo caer vencida sobre la cama.