El cielo ruge como un león nocturno, los techos hacen réplica de los truenos al recibir el diluvio sobre sus tejados de metal y arcilla, el petricor fermenta la atmósfera mientras el cuerpo acude al calor para sentirse vivo, las sábanas vacías son cúmulos de calor esperando dar vida a la piel fría e inerte que busca refugio, y mientras tanto, los cristales de las ventanas sirven como lienzos para las gotas que dibujan abstracciones contrastadas con el baho...
El frío deambula por las paredes de la casa como un fantasma portador de soledad que se escabulle dentro de la habitación donde Ella reside, y como un espectro lujurioso, posa su tacto sobre la fina piel a través de la delgada tela de su bata que se muestra renuente a su conquista, brotando sus poros como un erizo ante la amenaza inminente, y sus pezones como un par de piquetes afilados y helados como el hielo mismo. El sonido del teléfono irrumpe en el silencio con la melodía de su canción favorita, como si un coro celestial ahuyentara a la oscuridad y desoyera al susurro del viento con aura escarchada. Toma el teléfono en su mano y contesta al llamado salvador que suena como una voz igual de ronca a la del frío fantasma, pero menos terrorífica y más imponente, como si cada palabra inintencionada tuviera en sí misma la intención de doblegarla.—Ella al teléfono- ¿Qué quieres? Es bastante tarde, será medianoche.—Él con voz ronca e irónicamente profunda- Vaya, parece que la "Madame" está de mal humor...—Ella- Perdón, el frío me tiene desesperada, y el insomnio es su maldito compinche. Si fuesen personas, los mataría a ambos. Me la he pasado dando vueltas tratando de dormir, pero nada, heme aquí contestándote a estas horas.—Ja,ja,ja, estás haciéndome sentir mal.-Contesta Él entre risas-Seguro así lo parece por la manera en que te ríes de mí. Ahora quiero matarte a ti también.-Replica Ella ofuscada con infantilidad-A todo esto, no me has contestado ¿Qué quieres a estas horas? Dime ya, que quiero dormir un poco.-Continúa ella secantemente.-Solo te ví en línea y quise saludarte.-Dice Él.-Además, como has dicho, ni siquiera puedes dormir—Eso no significa que deba rendirme al desvelo-Continúa Ella.—Él-Lo que necesitas es relajarte, estás apresurando tu vejez con tanto estrés.—Ella-Si estuvieras en mi posición, no dirías lo mismo. Seguramente estarías inquieto —Él-Bueno, yo también tengo frío, y tú voz me pone inquieto. –¿Por eso me llamaste?-Dice Ella-No, realmente quería solo hablar contigo-Responde Él.-"¿Querías?" ¿Ahora no?-Responde Ella-.Ahora quiero algo más-Dice Él—Mientes, desde el comienzo buscabas algo más-Responde Ella sin vacilar-¿Crees que no notaría las respiraciones profundas hablándome a través de tus fosas nasales? Seguro estás ahora mismo frotándote esa verga venosa que tienes, mientras te imaginas cómo me la trago al tiempo que te miro...-Continuó Ella mientras Él se limitaba a escuchar el morbo que salía de la boca de aquella descarada.-Tienes razón, y sé qué te gusta ponerme duro también.. Sino ¿Por qué no haz colgado?-Finalmente interrumpió Él—Tienes razón, me calienta saber que te enciendo con facilidad, y que quieres romperme toda. Me calienta mucho, como ahora mismo, pero ahora dormiré, puedes terminar el trabajo por ti mismo imaginando que son mis manos.-Finalizó Ella antes de terminar la llamada inesperadamente. Sin embargo, sus vulva palpitaba aún más sabiendo que aquel "mastodonte" de voz gruesa yacía herido sangrando blanco y espeso con una mezcla de placer e indignación por desear estar incrustado entre sus piernas. La idea de tener esa certeza había sido tan candente, que incluso el frío no pudo detener el calor que empezaba a acumularse en su cuerpo, producto del deseo. Pasaron treinta minutos, y su cuerpo parecía dueño de las llamas del infierno, aunque ese mismo deseo desbordado la hiciera querer llamar de vuelta. No obstante, quebrar sus orgullo arruinaría su victoria, y el motivo mismo de su éxtasis, bajo el cual yacía desnuda. Era una victoria plena contra el frío también. Su trance fue interrumpido súbitamente por el sonido del timbre que se volvía reiterativo y recalcitrante, como si quisiera derretir la entrada de su hogar. Era tan insistente, que había conseguido abrirse paso entre el sonido relampagueante del exterior. Ella se enfundó rápidamente en su bata, desconcertada y un poco asustada pensando en qué estaría pasando para que alguien tocase a su puerta con tal insistencia más allá de la medianoche. Al observar primero por la ventana, sus ojos no daban crédito a lo observado;