La princesa no tiene porqué estar encerrada en la torre 😊 #watercolor #acuarela #illustration #ilustracion #ilustracioninfantil #kidsillustration #dreams #sueños #storybook #librodecuentos #kitty #gato #blanket #siesta #kids #niños
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El incorregible seductor doctor Ardilla
Esta es la historia del infalible seductor doctor Ardilla, capaz, como decían en el juzgado de la Santa Concepción, de emular a Fray Martín de Porres y reunir en una misma mesa (o lecho amatorio para el caso) a sus víctimas y hacerlas beber del mismo vaso como perro, pericote y gato.
Legendario abogado por sus conquistas y desventuras amorosas era el pícaro y temerario doctor Ardilla. Los enterados de las correrías de este criollo, de dientes de roedor montuno, contaban que había pasado por las armas a ilustres representantes de los poderes del Estado en la provincia citada.
Entre las que habían sucumbido a sus buenas artes se hallaban respetables damitas de las instituciones encargadas de administrar justicia. Una fiscal de caderas reprimidas, una despabilada gobernadora y una cuasi beata juez de familia se contaban entre sus amantes simultáneas. Decía quererlas a las tres por igual y a otras esporádicas que de tarde en tarde se cruzaban en su camino y él arreaba hasta su redil.
Una tarde calurosa en la habitación que el doctor Ardilla había alquilado en esa ciudad encomendada a su santa patrona, escapando sabe dios de la venganza de algún esposo coronado con los respectivos cuernos, mientras tomábamos cerveza y poníamos en su gran televisor vídeos de rock y cumbia, me confesó con ojos vidriosos que tenía una cuarta que era en el fondo a la que más quería: una humilde trigueñita de la zona de busto generoso que vendía jugos en un puestito del mercado municipal.
Cada una es especial flaco, me decía, a tu edad deberías saber. Pero ella, ella es diferente, no tendrá títulos profesionales, pero la siento acá, acá dentro, flaco, clavada en el alma, confesaba tomando aire y golpeándose con el pulgar el lado del corazón. Las otras, tú sabes, tienen sus maridos y son matreras y de tarde en tarde les gusta jugarse su partidito o probar algo distinto.
Yo le decía que debía andarse con cuidado y no burlarse de los sentimientos de las doctorcitas ni de nadie pues algún día el karma lo podría alcanzar y devolverle el daño.
Pero, sobre cuestiones morales aplicadas a asuntos del corazón, el doctor Ardilla no escuchaba ni quería saber curtido como estaba hasta el tuétano. En bibidí y con una botella en la mano cogía el control remoto, ponía un tema de Agua Marina, elevaba el volumen del equipo y bailaba frente a la T.V poniéndose a cantar visiblemente enamorado vaya a saber de quien.
Pucha flaco, encima de sanazo eres supersticioso y crees en tonterías; así estás fregado, te haces bolas por todo. Pero nunca es tarde, no te preocupes, ja,ja,ja. Escucha esta canción para que aprendas, así somos los del norte carajo, pura pasión y fuego no como los de esta puna: «...que levante la mano quien no lloro por amor..., que levanté la mano...».
En el reproductor del DVD hacía correr las del Grupo 5, el Motor y motivo, Me enamoré de tí o el Te vas; cogía el micrófono del karaoke cantaba y luego me lo pasaba: canta y baila como los Yaipén, flaco, me decía, desahuevate.
Escuche y aprenda de estos temas ilustre doctor Carlos Enrique Savedra y Saldaña, ja, ja, ja. Son la sal y pimienta si no la vida sería más triste. Así se enamora, esa es la forma, nadie ni la Madre Teresa se podría resistir. Muéstrales admiración, devoción, diles que lo tuyo es incondicional; clavarles la mirada y verlas con pasión y deseo. Volverlas loquitas, hacerlas sufrir, llorar y a la vez gozar. En estos territorios, las culpas y arrepentimientos están demás. En estas instancias no existen víctimas ni victimarios, querido Carlos Enrique, ¡Carlos Enrriqueee...! Y jamás, jamás, olvides la regla de oro: enamorarse pero sin enamorarse, el que se enamora pierde como sabes, sentenciaba.
Dentro del material didáctico musical que utilizaba para adiestrarme, contaba con un concierto de Calamaro, El regreso: una mezcla de guaracha, bolero, cumbia y rock. Era su favorito y siempre lo hacía explotar en los parlantes del equipo, cantando hasta las lágrimas y entre tragos sufriendo por un amor perdido o quien sabe si por su esposa e hijos que había abandonado en el norte del país. Después un gran cargamento de nueva ola, en espacial la época dorada de la balada en español y los típicos boleros cantineros.
La bohemia, flaco, la bohemia; a quien no le gusta: dolor, desgarro, sufrimientos, desplantes, llantos y sabor, mucho sabor...
Ese era el incorregible, obstinado y contumaz seductor doctor Ardilla que Dios tenga en su gloria. Un amante temerario que no escarmentó jamás, ni siquiera después de aquel domingo en que un marido traicionado y herido en su amor propio arremetió contra él en plena plaza agarrándolo a correazo limpio a vista y paciencia de los feligreses que salían de misa.
Al contrario de lo que se podía esperar, después de esa paliza, el doctor Cesar Edmundo Arredondo León, se volvió más descarado y se perfeccionó en el arte de la seducción, aunque a veces como si hubiera recapacitado prometía «con esta sí me planto, esta es, me dejo de vainas, ya es hora». Pero siguió igual hasta el día que sucumbió en las mieles de su ley.
Esta es su historia...
https://www.tumblr.com/sociedaddistopica/764875719119634432/el-incorregible-seductor-doctor-ardilla?source=share
Esta es su historia...
El muchacho que odiaba a Michael Jackson
Recuerdo muy bien el día, o la noche, que empecé a odiar a Michael Jackson. Era un viernes de fines del 85, terminado el colegio. Los últimos rayos de sol se filtraban por las cortinas de nuestra sala mientras yo, con mi pulso adolescente, volvía a dejar la aguja sobre el disco de los Dire Straits, cuando sentí que, entre risas, alguien golpeaba la puerta de la calle. El álbum Brothers in arms, con esa icónica portada de un gitarrón plateado lanzado al cielo azul, lo habíamos pedido a la discoventa del señor Nolasco y era el acontecimiento de la semana en casa. Una vez más, para mi deleite, sonaba en el tornamesa Technics el soberbio intro del Money for nothing, aquel bajo que remecía las ventanas y hasta mi alma. Cuando, como dije, sentí que llamaban y el sublime momento se quebró. Al instante me invadió un presentimiento, una especie de angustia que desde entonces se apodera de mí como anuncio de un mal momento. La amenaza de una ingrata experiencia que uno no sabe identificar ni controlar."
Continuará...
El náufrago lector del Quijote
Contra el rostro del hombre que yace en la playa, los embates de las olas estrellan un revoltijo de arena, espumas y algas. Despierta y se sorprende, juntamente con unos tablones astillados, varado por el mar. A lo lejos, intenta distinguir algún rastro del galeón mercante de la Corona Española abarrotado con los tesoros de El Dorado que, los furibundos corsarios, liderados por el legendario Richard Hawkins, han bombardeado y saqueado.
Cuando se incorpora, lo deslumbra la esplendidez del paisaje de la isla desierta: el rumor de las olas al deslizarse por la arena mojada, la luz intensa del sol candente esparcida por todo el orbe, la brisa cargada con partículas de agua salada; y, al girar, descubre, a sus espaldas, la ampulosa vegetación. Todo en contraste, piensa, con el habitáculo del depósito húmedo del navío, abarrotado con las riquezas de las Indias que él debía vigilar, condenado a oír el sonsonete del mar, estrellándose contra el maderamen, por días y noches interminables de navegación.
Al salir el galeón mercante de la Habana, el contramaestre del barco lo designó como guarda de la bodega, encomendándole no despegar los ojos del oro y de la plata del Perú ni de la porcelana y especias de las Antillas, que debían ser entregadas al Rey. El valor aproximado del cargamento oscilaba en unos varios millones de Reales de la corona. A él, el encargo, lejos de disgustarlo le cayó como anillo al dedo. A diferencia de la tripulación y de los marinos que preferían tener la vista al mar abierto, formar círculos de charlas, jugar a los dados con ron de por medio, o hacerse chanzas y armar peleas abordo, él prefería el aislamiento. En el último desembarco y, luego de recibir su paga por el capitán del navío, invirtió unos cuantos reales en la adquisición de aquel volumen tan elogiado por la Realeza. La novela, plagada de aventuras caballerescas, había sido escrita por un ex combatiente de la Batalla de Lepanto, oriundo de Alcalá, apodado El Manco. Hacía unos años que había sido publicada en Madrid y él la había adquirido en la casa de Francisco de Robles, librero del Rey. Durante la travesía, la lectura lo tenía absorto y colmado de placer.
Aquella noche, en la bodega del galeón, encendió los hachones de mecha de esparto para iluminar la bóveda y volvió a tomar el libro. Se aprestaba a retomar la lectura, recostándose contra la puerta y apoyando los pies en un bloque de plata, cuando oyó el estruendo que hizo volar en pedazos los tablones de cedro del armazón del navío. Al instante escuchó el griterío y las correrías de los artilleros en la cubierta y el zafarrancho ordenado por el capitán. Supo entonces que los corsarios venían por el tesoro, obligándolo, además, a interrumpir la lectura de esa maravillosa novela. Sir Richard Hawkins, quien fuera apresado por un asalto frustrado en las costas del Callao y luego deportado a Inglaterra, había vuelto e intentaba nuevamente hacerse del botín. Cogió el arcabuz y se parapetó a la entrada del almacén, pero otra gran explosión lo arrojó por los aires haciéndolo caer sobre el tesoro. Desesperadamente intentó abrir la puerta de la bodega para no ser arrastrado juntamente con el cargamento hacia las profundidades del océano. Eso era lo poco que recordaba entre el aturdimiento y la repentina sordera mientras los violentos chorros de agua inundaban, incontenibles, el habitáculo, hasta que la naturaleza marina se le presentó en toda su inmensidad, inmisericorde, absorbiéndolo hacia sus inescrutables entrañas.
Ahora camina por las blancas arenas de la solitaria isla. A los lados, esparcidos, ve los tablones que le han salvado la vida. El mar está en calma y en el horizonte no hay rastro del Galeón. Los piratas, en alta mar, deben estar henchidos de satisfacción por el gran golpe, con sus gargantas carrasposas y humedecidas por el ron, navegando hacia el reino de Inglaterra. En eso, cuando las olas dejan de lamer la orilla y se repliegan dejando a la vista una gran porción de la ribera del mar, descubre, encallado entre la arena —casualidades de la vida—, la tapa de piel de cuero del libro. Al instante, rescata de entre la arena a El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Hojea sus páginas con satisfacción y, con el rostro lleno de gratitud, da la espalda a la actividad de la colonización y se interna en la soledad de la paradisíaca isla.
El frío círculo del cañón
El individuo bien equilibrado está loco (Charles Bukowski.)
Traspasó la puerta sintiéndose un Raskólnicov, el agua que se escurría por sus ropas dibujó un rostro sobre el piso de madera. Descargó la mochila con los libros, se quitó el pantalón, la camisa, el bibidí y, en boxers, se tumbó en la cama. Con el control remoto prendió el televisor y repasó los noticieros de la noche: ¿Sería posible que informaran lo sucedido? ¿Que alguien con este aguacero hubiera escuchado la detonación y lo vieran salir? Esa tarde solo habían estado Del Prado y él, de eso no había duda.
En Canal de noticias, el presentador informaba sobre la captura del Descuartizador de Los Andes: un tipo que, en sus ratos libres de vendedor de pollos en el Mercado Central, raptaba adolescentes y después de violarlas las asesinaba, descuartizaba y enterraba sus cuerpos en el patio de su vivienda. La cámara, a través del reflector, enfocaba a unos policías tratando de rescatar el cadáver de una de las víctimas a picotazo limpio. Cambió a Cinemax, su canal de cable favorito, en el instante que la cara de Jack Nicholson, con esa risa desquiciada y cuchillo en mano, atravesaba una puerta astillada. En Cartoon Network se complació viendo al coyote perseguir infructuoso al correcaminos. Apagó el televisor y en el mini componente, para disipar la preocupación, puso un CD de Rammstein que hacía poco había comprado en una tienda de discos piratas.
El rumor de la lluvia el mezclarse con las rudas melodías lo regresó a la noche junto a Melissa: unas piernas torneadas, la cabellera azabache y robusta, unos susurros, la cintura estrecha y fatal. Sobre ella, en un momento, no pudiendo reprimir su lengua, le había lanzado la estúpida pregunta que provocó el llanto. Una inolvidable velada que, paradójicamente, se había convertido en el comienzo de su tragedia y fin. Así debía ser la muerte, pensaba: no aparecía de improviso, sino que surgía en un momento aciago y entonces uno se iba muriendo de a pocos. Ahora, y a pesar de su venganza, intentaba contener la rabia que crecía en su interior. Casos como el que acaba de ejecutar eran necesarios y, a veces, estaban justificados, se dijo, recordando al personaje de Crimen y castigo que hacía poco había leído.
Como un resorte se puso de pie y apagó el mini componente que reproducía un Hip-hop metal de RATM. Reparó en el arma: ¿dónde la había dejado? Buscó por la habitación, en los cajones del escritorio, entre las colchas y el cesto de ropa. La Smith and Wesson, al vaciar la bolsa, relució entre los libros recortada por las luces de colores. La tomó y contempló la empuñadura con incrustación de cedro en la cacha y el brillo opaco del tambor. La apuntó hacia el tocador donde aparecían fotos suyas junto a Melissa, perfumes y algunos peluches. Luego la giró hacia él hasta sentir en sus labios el frío círculo del cañón.
Por la tarde, al llegar a la casa, encontró al doctor Alonso Del Prado esperándolo en su estudio. Cuando se anunció por el intercomunicador, la empleada, que ya estaba de salida, inmediatamente le abrió la puerta y lo condujo hasta el estudio. Al Doc, como lo conocían en la facultad de derecho, lo había interceptado en los pasillos de la universidad para pedirle conocer su famosa estantería. «Bueno, ya que tanto insiste, qué le parece el viernes. Nadie nos molestará y con paciencia le mostraré mi colección». «Gracias, doctor». Sentado detrás de un elegante escritorio de caoba, El Profesor, exponía su bibliomanía no solo jurídica, sino también literaria y, en especial, su predilección por la norteamericana. Él intentaba mostrar interés, pero se distraía con aquel grotesco vientre, el pulido cráneo que un gorro de lana intentaba disimulaba y las eternas ojeras que reflejaban costumbres licenciosas.
Le oía contar una anécdota con una novela de William Faulkner y Vargas Llosa. Años atrás, luego de asistir a un curso sobre Criminología y derecho penal, en una universidad limeña, El Doc se había obsesionado con la obra de Faulkner. En un entretiempo del evento, mientras tomaban café con unos sanguchitos, alguien mencionó a un personaje del Nobel norteamericano, llamado El doctor Harry, de quién no había leído aún. Así que, luego del seminario, se dirigió a la librería la Casa Verde en San Isidro para comprar El Paraíso en la otra esquina y de paso preguntar en qué novela o cuento aparecía aquel personaje. Para su sorpresa, la administradora muy atenta se comunicó vía telefónica con el mismísimo Vargas Llosa. Agradecido con tan excelente servicio se llevó una docena de libros, incluida Las palmeras salvajes donde aparecía el personaje en cuestión. Cada vez que podía, Del Prado se ufanaba de tener la mejor biblioteca: «La mía debe ser la que más títulos tiene en esta parte del país», le decía mientras le mostraba una foto suya aparecida en un reportaje publicado en una revista capitalina. En esta oportunidad, abogados ilustres, como el conde Fernando de Trazegnies Granda, hacían gala de sus imponentes estanterías. Por el lado de provincias relucía, entre el papel satinado, la suya; señalaban que era muy variada y disponía de más de veinte mil títulos que iban desde el derecho penal, criminología, ciencia política, filosofía e historia, hasta literatura clásica y contemporánea.
A la verdadera biblioteca de El Doc se accede por una puerta corrediza secreta en forma de estante de libros ubicada en el cuarto de estudio; una especie de bóveda a la que solo ingresan sus ayudantes y gente de confianza. Le había confesado Melissa aquella madruga de amor desaforado.
—¿Ha leído Santuario? —le preguntó de pronto El Doc.
—No profesor, aún no.
—Es una novela de William Faulkner, escritor norteamericano. Todo estudiante de derecho debería leerla. Bueno nunca es tarde, quizá algún día lo haga.
Les costaba mirarse a los ojos, como si una fuerza extraña los obligara a desviarlos convirtiendo la conversación en artificiosa e incómoda. Debido a su fama de déspota y malgeniado, Del Prado estaba acostumbrado a situaciones de este tipo. En la facultad, los que lo visitaban en su despacho, asistían a su cátedra o se lo cruzaban en los corredores del claustro, mantenía una actitud de desconfianza, desprecio o sumisión. No obstante, era admirado por muchos discípulos y profesores pues había sabido ganarse ―por su erudición bibliográfica y jurídica― no sólo el respeto del mundo académico sino del gremio, donde era conocido por defender sonados casos echando mano de influencias y otras estrategias no santas. En la facultad también tenía enemigos debido a las luchas intestinas por la toma del poder que lo miraban de reojo y murmuraban al verlo pasar.
Los fines de semana se queda solo, su esposa viaja a Lima para ver a sus hijos que estudian allá y él aprovecha para citar a una que otra practicante con el pretexto que le ayuden con el llenado de fichas y apuntes.
El Profesor se levantó y deslizó un gran librero de cedro que cubría una pared lateral del estudio. Ante sus ojos surgió una gran bóveda con filas de cuidados anaqueles repletos de libros. Vio que el profesor ingresaba en la recámara y le hacía un gesto de invitación. Él, por entre sus ropas, acarició la empuñadura y el áspero tambor del revolver, y fue detrás. Hacía unos días, casualidades de la vida, gracias a su vecino Memo que vivía en la primera planta y que cada vez que lo se lo encontraba le invitaba tragos, había conseguido el revolver. La mujer de Memo, al encontrar la Smith and Wesson escondida en uno de los roperos del dormitorio lo había amenazado con denunciarlo si no se deshacía del arma. «Es una hermosura», le dijo cuando se presentó una mañana en su puerta y le pidió que se la guardara por un tiempo.
La figura del Doc, con la bata flanqueando el abultado vientre, avanzaba orgullosa entre los libreros y él se figuró a un imponente pájaro que envanecido repasa su territorio. Al observarlo, pensaba, que no tendría valor para enfrentar a un tipo tan seguro de sí.
—Lo que ve por allá, en esa fila superior, son los treinta y seis tomos de la Enciclopedia Omeba y el diccionario jurídico de Cabanellas; debajo los penalistas alemanes y españoles, y procesalistas italianos —le dijo señalando un largo anaquel que cubría un ala de al menos diez metros; su voz sonaba áspera pero serena—. Luego, están los tratados de colegas, muchos son regalo de ilustres juristas nacionales y otros afincados en el extranjero.
—Claro doctor…
Lo tuyo no es desprecio ni envidia, sino que en el fondo, como muchos, lo odias por el poder que tiene. Es comprensible que haya gente que lo deteste, el viejo ha amasado fortuna de mala manera y hace lo que quiere en la facultad; y encima se ufana de tener muchos libros a diferencia de los pocos que tiene la nuestra.
Dejaron atrás la sección de historia y filosofía y se detuvieron en otra donde aparecía el catálogo completo de las Obras maestras del siglo XX, editada en la década de los ochenta por Seix barral, de tapa dura y letras doradas; así como colecciones de clásicos universales, literatura rusa y norteamericana. Entre la generación perdida: Hemingway, Dos Passos, Faulkner, aparecía un famoso estudio de Jorge Luis Borges; y, en la parte inferior, autores latinoamericanos. Al estirar el brazo para tomar Las Palmeras salvajes, El profesor hizo caer otros: sobre el parquet quedaron desperdigadas las portadas de Santuario de William Faulkner, A sangre fría de Truman Capote y El Túnel de Ernesto Sábato. Con emoción los fue recogiendo mientras percibía el olor húmedo de las hojas y el efluvio dulce de la cubierta de las tapas.
—Mire los que volaron a sus pies —dijo Del Prado con sorna—. Hay libros que pueden ser peligrosos en manos equivocadas, ja, ja. Aún es joven para estos, podrían contaminar su mente y convertirlo en un criminal, ja, ja. —Ahí estaba otra vez esa risa socarrona y estruendosa que conocía de los pasillos de la facultad—. Yo no podría defenderlo, le saldría muy caro, ja, ja.
—Después de leer a Dostoyievski creo que estoy preparado, doctor —respondió esforzándose por parecer natural.
La tarde moría y una ventisca agitaba los árboles del exterior al tiempo que oscuras nubes se agrupaban y cubrían el ocaso. Un viento helado se colaba por los resquicios de los marcos de madera en forma de silbidos e indescifrables murmullos. Pesadas gotas de lluvia empezaban a golpear los cristales y en algún lugar de la casa se oía el batir de una ventana descuidada.
—Bueno, vamos terminando, quiere —le dijo—; tengo que empezar a trabajar y no tarda en llegar una de mis voluntarias.
Los fines de semana, entrada la noche, Del Prado citaba a sus alumnas para que lo ayuden en sus labores académicas. Las malas lenguas decían que mantenía romances de alcoba con alguna de ellas.
Te juro que no estuve con él, por favor, créeme, crees que tengo tan mal gusto, ni loca.
Un destello inundó el salón seguido por un estruendo que hizo temblar el edificio. El Profesor, como una sombra, avanzaba hasta el otro extremo apoyándose en los estantes y se cogía el rostro como si de pronto algo lo hubieran herido. Lo vio que con dificultad se acomodaba en un sillón giratorio donde había un pequeño escritorio con una máquina de escribir y una ruma de libros, y que se palpaba el rostro con desesperación. Por entre el pantalón, deslizó sus dedos que parecían no querer obedecerle y volvió a palpar la empuñadura y el percutor, y con el recuerdo de Melissa que volvía a aparecer en su mente, fue hacia él.
―Doctor, por favor, permítame... ―se ofreció.
―No se preocupe hombre, no es nada —le contestó con fastidio mientras apoyaba la cabeza contra el respaldo del sillón y extraía una vieja franela de uno de los bolsillos de la bata para contener la hemorragia de sus fosas nasales. Oscuras gotas de sangre se precipitaron sobre la camisa de dormir y él se apresuró a contenerlas con un trozo de papel higiénico.
—Deje, deje, estoy bien. No soy una niña, hombre..., es solo un poco de sangre, ¿por qué se altera? —le dijo apartándole la mano.
Se quedaron en silencio. Él lo auscultaba con la curiosidad de un perro que ve una rata moribunda mientras el profesor intentaba ocultar su incomodidad y enojo. Afuera la tormenta arreciaba y los relámpagos que rutilaban en la bóveda desfiguraban el desmejorado rostro. En eso, Del Prado intentó incorporarse.
—Si no fuera mucha molestia, doctor —se apresuró—, quisiera hacerle unas preguntas.
—Pues bien, de una vez, espero visita, no me haga perder el tiempo.
No te creo, puta, tengo amigos que aseguran haberte visto con él, mentirosa.
—¿A quién piensa dejar sus libros, doctor...?
—Qué preguntas son esas, por favor... Usted es un estudiante de derecho, ¿no?
—Sí profesor, pero..., disculpe, por ahí las malas lenguas dicen que muchos de estos libros deberían estar en la biblioteca de nuestra facultad.
Del Prado, por un momento, pareció no entender lo que escuchaba.
—¡Cómo te atreves muchachito estúpido…!
—No se ofenda, Doc, eso dicen..., y también dicen que usted se levanta a las graduandas…
—¡Qué dices mequetrefe..! —vociferó haciendo un ademán de querer abrir un cajón del escritorio— ¡Largo, fuera...! Ya vas a ver quién soy…, te voy a enseñar… ¡Qué haces..., conchade…!
La Smith and Wesson, resplandecía junto a los destellos que rasgaban la penumbra apuntando al rostro que se balanceaba como un blanco de tiro. El semblante del Profesor, de iracundo y de sorpresa, ahora tenía una lividez y perplejidad que a él le resultaron patéticas, ridículas. El temor y emoción iniciales se habían ido y ahora disfrutaba ese momento.
—No se lo esperaba, ¿verdad? El mejor alumno de la clase, ¿no...? ¿Ve este revolver? Soy su Némesis Doc, ¿la conoce Profesor? Todos tenemos una y la suya yo soy. El destino me ha puesto en su camino para que rinda cuentas. —Pulsó el percutor que emitió un claro chasquido—. Le traigo su condena. ¿O quizá prefiera ejercer su defensa final? Le puedo dar una última oportunidad y quizá pueda persuadirme, puedo ser benévolo. Cambie esa cara, Doc. ¡Qué vergüenza! A ver, ¿a cuántas alumnas sedujo y se las llevó a la cama? A diez, veinte, treinta… ¿Cuántas, Doc? ¡¿Cuántas?! ¡Contesta, carajo!
Por los pequeños tragaluces horizontales se veía que las copas de los árboles se agitaban con fuerza. Extrañas voces como llantos y lamentos se escurrían por las rendijas de las puertas y ventanas. Ramalazos de lluvia golpeaban los cristales y el destello de los relámpagos fulguraba sobre los estantes.
—No quiere responder, ¿verdad? No se preocupe, tiene derecho a guardar silencio, ja. ¡Levántese!
Del Prado se incorporó con dificultad como queriendo apoyar su vientre sobre el escritorio y, en el intento, trastrabilló e hizo rodar el sillón derribando la ruma de libros.
—Con calma, no haga malabarismo que ya no está para eso. —El cañoncito suspendido reverberaba entre la penumbra de la biblioteca — ¿Sabe lo que voy a hacer después que lo despache? Me voy a llevar algunos libros. A fin de cuentas, cuando usted ya no esté, ¿a quién le va a servir todo esto? ¿A su familia…? A su familia, usted y sus libros le importan una mierda, doctor.
Hemos terminado y esta vez para siempre, imbécil. Melissa espera…
Sujetó con ambas manos el revolver, y guiándose por la mira del cañón apuntó a las manchas del pecho del camisón blanco del Profesor.
—Doctor Alonso del Prado Salvatierra, ¿se acuerda de Melissa? Claro que se acuerda, ¿verdad? Cómo olvidar un culo como ese, ¿no? Yo tampoco la puedo olvidar. ¿Fue suya…?
«Fuiste suya, ramera…».
Una gran estruendo remeció la bóveda iluminando los libreros. En el exterior, los globos del alumbrado público, parpadearon por unos segundos. La tormenta zumbaba sobre los techos e iba cubriendo la ciudad con un telón de aguas incesantes. Entre el rumor de la lluvia, los perros aguzaron los oídos y se echaron a ladrar frenéticos. Por las anegadas calles, débilmente se podían escuchar unos pasos presurosos y pesados como huyendo de la lluvia.
Huancayo, 2001.
All apologies (última parte)
—Lo más triste fue lo de sus viejos —me dice mientras remueve el hielo con una varilla y apura un sorbo—. Al enterarse que la fiscalía cerró el caso, se volvieron huraños y empezaron a tener visiones: dicen que lo veían y hasta hablaban con él.
Tras el sepelio, Don Vicente García y doña Leonor Gonzales, padres de Martín, conservaron la habitación tal como la dejara su hijo la noche del sábado. Sobre la cómoda de madera levantaron un altar con dos fotografías: una de su primera comunión y otra de los tres cuando Martín ingresó a la universidad. Al pie de los retratos encajaron, sobre un candil, una cerilla blanca que antes de irse a dormir encendían y juntos rezaban padrenuestros y avemarías. Una tarde de invierno, después del lonche, cuando doña Leonor buscaba en los cajoncitos del repostero unos fósforos para cambiar la consumida velita, oyó aquella canción que Martín solía escuchar. Se dirigió escaleras arriba de donde parecía brotar la música y, al abrir la puerta del dormitorio, halló a su hijo en ella; lo vio como aquel sábado, antes de la tragedia, alistándose para salir. En el mini componente se escuchaba el Even flow de Pearl Jam. Quiso correr a su encuentro, decirle algo, pero al ver que él le devolvía una mirada cargada de reproche que, en medio de la sorpresa, no entendió, se contuvo. Retrocedió, juntó la hoja de la puerta y permaneció pegada al marco, silente, espiándolo hasta que el asombro se convirtió en una especie de ensueño.
—A veces pienso que como ellos yo también voy a perder la razón —me dice. Da una pitada, suelta una cascada de humo por la nariz y vacía su vaso de un gran sorbo. Su mirada, intensificada por las luces de los televisores, refleja amargura; respira hondo y se restriega en la silla.
Ricardo, al contrario de los padres de Martín, se había impuesto dar por él mismo con las autoras del crimen. Cada fin de semana, convertido en un errante nocturno, deambulaba por bares, discotecas, tabernas e incluso prostíbulos, perdido entre el humo del cigarrillo y abundante licor, queriendo reconocer aquellos rostros que aún le devolvía su memoria.
—¿Te acuerdas esa canción…? —me dice de pronto. Los haz de luz rompen la penumbra y su rostro se transforma. Fija la mirada en la pantalla, tamborilea sobre la mesa, se quita el cigarro de la boca y canta—: Eveeen flow thooouughts aaarriive liiike butterfliiiees.
Al rato, un mozo se nos acerca y nos anuncia que el local va a cerrar. Salimos y, por el jirón Puno, calle abajo seguimos el itinerario de aquella noche. Ricardo avanza como impelido por una fuerza invisible, no para de fumar y su mirada inquieta refleja euforia y una especie de ira contenida. Habla atropelladamente y sus movimientos son rápidos pero a la vez torpes. Intento escucharlo y seguirle el hilo: quiere que vayamos al Vikingo como aquella noche con Martín. Llegamos eufóricos pero, en la recepción, antes de tomar la gran escalera de tablones, dos vigilantes nos cierran el paso. El señor no puede ingresar, está mareado, me dice uno de ellos, si gusta pase usted. Al escucharlo se enoja y le lanza una grosería, el otro lo mira con desprecio y se le acerca como retándolo, yo aparto a Ricardo y me disculpo con ellos. Damos media vuelta. A esta hora, el frío de la madrugada, golpea fuerte; vamos, me dice, te invito un par de jarras de ron en el Scarlett. Lo sigo, avanzamos por Giráldez calle arriba hasta una especie de terraplén que alguna vez, pienso, sirvió de acceso a una playa de estacionamiento. Atravesamos una puerta batiente de vidrios iluminada con luces de neón y damos a un amplio salón a media luz que hiede a una mezcla de desinfectante y aromatizador. En la barra vemos chicas en minifalda y lencería, alguna de ellas llevan solo braguitas y strapless de colores; las piernas cruzadas sobre los taburetes forrados de marroquín y los zapatones y botas balanceándose me ponen nervioso. Ricardo las observa y ellas nos sonríen, se acerca y las escruta con la mirada como si pasara revista. De pronto, detrás de la barra, un hombre que lleva una camisa de algodón y lentes, lo encara: “Usted…, por favor, retírese”. Ricardo le lanza una fiera mirada, inmóvil lo apunta con el dedo, el rostro idiotizado. Vámonos de esta mierda, me dice, tomándome del hombro. Afuera las calles están desiertas y silentes y unos perros hurgan en los basureros; el olor de los chifas a fritura, sillao, caldo de pollo y huevo frito me provoca una arcada. Hago parar un taxi, subimos y le digo al taxista a la Rivera donde Ricardo tiene su habitación.
Al llegar lo noto más calmado, aunque su expresión es sombría. Lo acompaño hasta la entrada de un edificio a oscuras, de cuatro pisos, sin pintar, de acabado rústico y con puertas y ventanas de hierro. Abre la puerta con dificultad y antes de despedirse me dice:
—¿Crees en fantasmas y aparecidos, condenados, almas y espíritus errantes…?
—La verdad que no… —le digo—; pero habría que estar en el pellejo de los deudos para saber lo que se siente y vive.
—Ja, ja, ja… —Suelta una carcajada que resuena en la madrugada—. Solo los niños creen en esas estupideces. No sabes las ganas que tengo de ver a Martín y hablar con él. Cada vez que puedo lo invoco a la media noche, hasta pensé contratar un médium, uno de esos pendejos que dicen entablar contacto con los muertos y espíritus malignos. ¿Sabes en lo que sí creo…?
—¿En el diablo, los extraterrestres y ovnis?
—Ah, te crees chistoso... Creo en la música que es real y te transporta a otra dimensión.
— ¿Como el grunge que a Martín y a La Rusita les gustaba?
Da media vuelta, cierra la puerta de fierro y se pierde por el sombrío callejoncito.
Al mediodía me llama y me dice que ya no puede más y que si se queda en esta ciudad va a enloquecer. “Me voy de este pueblo, mi tío Lucho tiene un mini marquet en Lima y necesita apoyo. Me largo por buen tiempo, salgo esta misma noche”.
Antes de que colgara le deseé buena suerte y le dije que no se preocupara y que era lo mejor que hacía.
Por la tarde, decido visitar a los padres de Martín que viven en un barrio a las afueras de la ciudad, cruzando el rio Mantaro. Al llegar, veo en el horizonte grises nubarrones que se van agrupando. El viento que se desprende de la cordillera hiere mi rostro y cae una tenue llovizna. A lo lejos los relámpagos rasgan la atmósfera seguido del estruendo de los rayos al chocar con la superficie.
Avisto el chalet de cemento, de dos pisos, e ingreso por el pequeño jardincito con algunas plantas y árboles marchitos por falta de riego. Presiono el timbre, pero nadie me atiende; luego intento con los nudillos y toco la puerta de madera. Al rato, se abre una hoja a medias y aparece doña Leonor, el rostro inexpresivo y el talante hostil.
—Buenas, señora… —me apresuro a saludar.
—Si…, ¿qué desea…?
—Soy Manuel, señora. ¿Se acuerda de mí...?
Hace una pausa y me mira fijamente:
—Lo siento, pero no podemos hablar con usted —contesta.
No sé qué decir, me quedo paralizado; luego se muestra y se detiene en el umbral como resguardando la entrada.
—Es una pena que no solo las autoridades sino los amigos de mi hijo lo hayan traicionado. —Su voz es áspera, firme—. Por favor no regrese, nosotros y Martín se lo vamos a gradecer.
Asiento con la cabeza, doy media vuelta y me alejo hacia el paradero de la carretera que queda a dos cuadras de la casa. La amenaza de tormenta se ha ido de pronto y en lo alto la luna brilla en todo su esplendor; al sur el firmamento se va tachonando de estrellas. Una ligera ventisca desprende un fresco y agradable olor a tierra mojada. Los faroles del alumbrado público se encienden e iluminan las calles sin pavimentar.
Me vuelvo para ver la casa de Martín y la que fuera su habitación en el segundo piso con vista a la calle. A través de las cortinas logro distinguir unas débiles y parpadeantes lenguas de fuego, entre amarillas y bermellón, que iluminan el interior, junto a un confuso ajetreo de extrañas sombras que van de un lado a otro. Avanzo y me alejo del lugar, quizá para siempre.
Justo antes de llegar a la intersección con la carretera diviso en la esquina unas luces de colores que chisporrotean en el pórtico de un desmañado edificio. Del lugar brota música intensa y unos jóvenes vestidos con casacas y poleras negras ingresan a lo que claramente es una fiesta de metaleros, dark o punks. En la entrada, compro un par de cigarrillos mentolados de una vendedora sentada entre el ángulo de la vereda y la pared, cubierta con un grueso pañolón marrón. Enciendo uno en la velita que tiene confundida en el azafate lleno de galletas, caramelos, frunas, chicles, halls y gaseosas. Pago cinco soles a un sujeto de camisa azul que permanece al lado de un vigilante e ingreso. En el interior suena el Smell like young spirit de Nirvana; las luces estroboscópicas disparan sus haces sobre los rostros que parecen representar un desafío juvenil. Al rededor del recinto, pegadas a las paredes, se han colocado viejas sillas de madera; me siento en una de ellas y, a través del humo del cigarrillo, observo el pequeño baile caótico que se va armando en medio. Agazapado entre ellos, moviéndose desaforado y listo para saltar al ruedo, veo a un muchacho que viste un polo de Metallica; en una de sus muñecas, adivino, resplandeciente y enigmático, una esclava de plata que me recuerda a la de Martín.
(Fin)
All apologies (primera parte)
Just when everyday seemed to greet me with a smile Sun spots have faded, now I'm doing time 'Cause I fell on black days
Soundgarden
«Martín amaba a La Rusita y le gustaba el grunge…», me dice Ricardo. Coge un cigarrillo de la mesa, le da golpecitos contra la superficie y, con un encendedor que extrae de su bolsillo, lo enciende. En la penumbra la brasita se aviva y luego decae; aspira y me suelta el humo en el rostro. La música que remece el armazón de madera del local apenas me permite escucharlo.
Estamos en El Cerezo, un pub acondicionado en la buhardilla de una vieja casona del centro concurrido por nostálgicos del rock de los ochenta y noventas. Son casi las doce y en las pantallas de los televisores, a los extremos, pasan un vídeo de Oasis: today is gonna be the day.
«Esa noche él estaba ahí mismo donde estás tú. No hacía más que hablar de ella, seguía templadazo, no se quitaba ni para bañarse la esclava de plata que La Rusita le regaló. Para levantarle el ánimo se me ocurrió llevarlo al Vikingo».
Seis meses atrás, la noticia había salido en los diarios locales : “Encuentran cadáver en hostal del centro”, señalaba El Sol en su portada de un lunes de noviembre del dos mil tres. Una fotografía mostraba al fiscal y al médico legista retirando el cuerpo. En la sección de policiales se leía: “La noche del sábado, Martín García (22) y Ricardo Flores (23), se reunieron para tomar unos tragos en una taberna del centro sin presagiar que encontrarían la muerte en forma de rostro de mujer”. En el parte policial se podía leer: “Las féminas luego de sedarlos se hicieron, entre otras pertenencias, de un celular marca Motorola C200 y un Nokia N, dos billeteras con documentos personales y dinero, y una esclava de plata con grabado en alto relieve; luego, los abandonaron a su suerte en la habitación 203 del hostal Monterrico ubicado en el jirón Lima”.
«Aún tengo pesadillas con esas mujeres...», me dice. Hace una pausa y su mirada se extravía en uno de los televisores donde ahora Chris Cornell canta el oscuro Like stone. «Las sigo por calles desconocidas, damos a una extraña ciudad donde me pierdo entre viejas casas y no encuentro la salida. Oigo la voz de Martín en alguna parte, trato de encontralo y subo unas escaleras hasta una habitación que de pronto se convierte en un calabozo», prosigue.
A diferencia de Martín, Ricardo pudo resistir los efectos adversos e intoxicación provocada por la mezcla de benzodiacepina y alcohol; cuando despertó presentaba náuseas, vómitos y ataxia. La peor parte se la había llevado Martín, para quien la combinación resultó fatal. La policía, con ayuda de Ricardo, elaboró el retrato hablado de las mujeres que por los rasgos comunes descritos no sirvió de mucho. El fiscal de turno dispuso: «búsqueda de testigos, inspección del local, recojo de huellas dactilares, examen toxicológico, visualización de cámaras de seguridad, entre otras diligencias». No obstante, al cabo de seis meses, no se tenía lo suficiente: las huellas eran inservibles; los testigos como el dueño de la taberna y una mesera recién contratada, solo recordaban vaguedades y nunca antes habían visto aquellos rostros que les mostraban. Para colmo de males, las cámaras se encontraban descompuestas. El caso fue entonces confinado a las oficinas de la División de Investigación Criminal de la PNP donde se ordenaron documentos y clasificaron pruebas; se armó la carpeta correspondiente y al cabo de algunos meses se la arrumbó junto a otras en un destartalado anaquel.
«Si caes en desgracia en este país y no eres hijo de alguien importante, a las autoridades les importas una puta mierda. Ni la suerte te acompaña». Da otra calada, llama al mesero que permanece en la penumbra y le pide dos cubas libres más, iguales.
Desde que La Rusita desapareció y los tres abandonamos la universidad, Martín ya no fue el mismo. Sus padres lo enviaron a la capital a estudiar Derecho en una universidad privada y, aunque no estaba convencido de la carrera, era un alumno aplicado y sacaba buenas notas. «Aún soy un serrano crudo, no me gusta Lima, es una ciudad caótica e inmisericorde», me dijo cuando lo encontré de casualidad en un terminal de buses. Martín, cada vez que podía, retornaba a Huancayo y con Ricardo visitaban tabernas o pubs del centro para escuchar música y tomar calientitos de ron recordando a La Rusita, hasta aquella noche que se toparon con la fatalidad.
Nos habíamos conocido en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UNCP, a finales de los noventa. El conflicto armado entre el Estado y grupos terroristas ya era cosa del pasado, como si no hubiera ocurrido jamás. Al comienzo, éramos tres muchachos sentados al fondo del salón a los que nos bastó un par de días para saber que compartíamos la mirada melancólica y descreída. Sentíamos que nos conocíamos de toda una vida, la comunión y atracción fue instantánea. La Rusita llegó dos semanas después de iniciado el ciclo. Se presentó en la clase de Realidad Nacional pasadas las ocho de la mañana. El profesor Eulogio Sánchez, al notar una cara nueva, después de una breve amonestación, la dejó ingresar. Vestía toda de negro y poseía unos pechos generosos que no podía disimular a pesar de la holgada chompa que llevaba. Con el cabello larguísimo que le cubría medio rostro avanzó sin mirar ni saludar a nadie y se sentó en una carpeta a mi costado. Era una rara como se dice, no sostenía amistad con las de su género y se la veía solitaria y enigmática. Martín que también acostumbraba usar un gabán negro y el pelo largo, nos dijo que probablemente era una dark, metalera o post punk. Al poco tiempo, nos aburrimos de las clases y nos refugiamos en los billares que Ricardo conocía. Una tarde, Silvia de la Peña —así se llamaba La Rusa—, al escucharnos que íbamos al billar de Don Julio se nos pegó y preguntó si podía acompañarnos; había aprendido a jugar pool en Huánuco, de donde era natural, en la casa de su abuelo que regentaba uno. Silvia había nacido en la ciudad de los Caballeros de León y recalado en estas tierras con su padre, un enigmático ingeniero de quien se rumoreaba que, en su juventud, había pasado una temporada en la Unión Soviética. Cuando desaparecieron misteriosamente, el grupo ya no fue el mismo: ella era la que nos unía, la queríamos y en el fondo nos la disputábamos.
—Qué tiempos aquellos…—da un gran sorbo, me mira de reojo y en su rostro se dibuja una leve sonrisa—.¿Te acuerdas de aquella vez que Martín, en el billar, me apostó a la Rusita y yo le gané clavando la última bola en la buchaca del ángulo derecho?
Desde un inicio la facha dark me gustó. Un chompón de hilo y unos eternos jeans negros, la piel pálida porque huía del sol, unas botas de cuero y solo carmín en sus finos labios. Como accesorios: un cuaderno Stanford maltratado que, cada vez que podía, llenaba de réplicas de portadas de álbumes de Black Sabbath o Iron Maiden y con dibujos y grafías de lo primero que se le venía a la mente; unos pendientes con minúsculas calaveritas; un discman Sony y una bolsita tejida donde cargaba discos de Metallica, Depeche Mode, Héroes del Silencio, Joy División o The Cure. Martín y La Rusa, los dark del grupo, no sólo traslucían en sus miradas un aura de misterio y tragedia, sino que sus gustos musicales eran idénticos. “El rock es nuestra droga favorita, me decían, qué haríamos sin él”. Martín en su habitación tenía una gran colección de discos compactos, elepés y cassetes que reproducía en un hermoso Aiwa negro, multi CDs, que emitía un sonido potente y limpio que enloquecía a La Rusita. En las paredes se veían posters de sus bandas y cantantes favoritos como Guns N’ Roses, Pearl Jam, Kurt Cobain y Chris Cornell. La que se quejaba del alboroto que amábamos era doña Leonor, la madre de Martín: “nunca deja de escuchar esa música del demonio que es más ruido que otra cosa”, nos decía. Ricardo era el que conseguía los porritos a pedido de Martín, y a La Rusita no le faltaba en sus bolsillos una pequeña Biblia, de esas que regalaban los Testigos de Jehová, de tapas azules y papel cebolla. Escogía una página al azar y la desglosaba: «…es la voz de nuestro destino que invocamos…», decía, como si realizara una liturgia y leía un versículo. Por ejemplo, Romanos 2:1: “…pues en lo que juzgas al otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas practicas lo mismo”. Luego se la pasaba a Martín que dejaba caer sobre el papel las hojitas secas de mariguana y con destreza armaba un tronchito; lo encendía, aspiraba profundamente y lo hacía circular. Envueltos entre el humo del cannabis y sonando la música al máximo en el equipo, nos poníamos a bailar riéndonos de nosotros. A veces Martín se animaba y le pedía a La Rusita que hiciera un striptease. Ella accedía de buena gana, se subía sobre el escritorio de madera al ritmo de alguna balada de Aerosmith, pero solo terminaba haciendo un amago de quitarse la ropa. Fue a Ricardo, el más lujurioso de los tres, que se le ocurrió ponerle esa chapa al ver sus grandes pechos bamboleándose. Una tarde que habíamos bebido varias jarras de caliente de ron y bailaba con ella en La Cueva, un video pub que frecuentábamos, al retornar a nuestra mesa Martín nos dijo: “ustedes harían buena pareja, en serio, una perfecta combinación”. Ella sonrió y cariñosa se sentó entre los dos mientras Ricardo, enfrente, se retorcía mirándonos a la cara. “Si quieren estar no se preocupen por mí, somos una hermandad”, nos dijo.
—Martín hacía como que no le importaba—le digo—, pero luego de lo que pasó en El Negrito y cuando ella desapareció, ya no pudo disimular el sufrimiento que le causaba.
Lo cierto es que el amor de La Rusa por Martín era real, lo que no impedía que también fuera atenta con nosotros, él no se inmutaba al ver sus muestras de cariño. Cuando jugábamos billas y él esperaba su turno lo llenaba de besos y en el salón buscaban entrelazar sus dedos todo el tiempo. Ricardo, quizá acordándose de la apuesta ganada, la empezó a cortejar: le compraba dulces, regalos, gaseosas, la invitaba al cine y a cuánto tono caleta que se enteraba que había en los barrios de La Rivera, La Florida o en El Negrito de San Carlos . A veces se ofrecía llevarla a su casa; Martín que seguro recordaba la partida perdida la impelía para que se fuera con él. Ella nunca se enojaba, por el contrario, parecía disfrutarlo. Cuando ingresábamos al campus de la universidad por aquella larga alameda de alisos, Ricardo la abrazaba y no la soltaba hasta llegar al salón; se burlaba de nosotros y hacía chistes todo el tiempo. La Rusita celebraba sus ocurrencias riéndose sin parar.
Una tarde mientras escuchábamos música en la habitación de Martín, Martín le pidió que nos besara delante de él y ella accedió de buena gana, le gustaba seguirle el juego.
—Nos dio sólo un piquito a cada uno. Pero el huevón de Martín quería más, no sé qué le pasaba ese día y exigió un beso con lengua.
Silvia estaba a punto de ejecutar el beso francés, empezando conmigo, cuando Martín cortó la música de golpe, sacó el Nevermind de Nirvana y lanzó el disco por la ventana; dijo que ya se había cansado de «esa mierda» y que nos largáramos a otra parte. Salimos un tanto desconcertados, pero Martín mostrando cierto arrepentimiento, mandó ir al Negrito de San Carlos, donde cada fin de semana los metaleros organizaban fiestas. No lo habíamos visto antes así, estaba hecho un energúmeno.
Llegamos al Negrito a eso de las diez de la noche casi sin hablar con él durante el trayecto. Ricardo y La Rusita iban detrás deshojando la Biblia de los Testigos de Jehová e intentando armar un porrito. Cuando ingresamos, seguía frío y distante, con una ira contenida. Al poco rato sonó un tema de Héroes del silencio y al ver que unos melenudos se juntaban al centro, simulando un pequeño pogo, se les unió con gabán y todo; parecía un ave que se lanza sobre el abismo. El baile en el centro se puso más intenso y caótico con un tema de Green day y una chica de facha punk con casaca y pantalón de cuero, con el pelo recortado en los bordes, teñido de azul, al estilo glam, agarró a Martín por la cintura y juntos se perdieron en la centrífuga negra. La Rusita dudó en si unirse a ellos, hizo un pequeño amago, pero ya otras chicas se lanzaban al ruedo, lo que para ella constituía una barrera infranqueable. Vi su rostro desmejorarse de impotencia, retrocedió y se echó a llorar amargamente abrazada de Ricardo.
Luego del incidente, Silvia se ausentó y dejó de asistir a clases. Una tarde, mientras bebíamos en La Cueva jugo de naranja de sobrecito con aguardiente, Ricardo nos confesó que el viejo de La Rusa era un terruco de aquellos. Él hizo la conjetura cuando luego de salir de clases la acompañó y se metió a su casa: en la habitación del papá de Silvia encontró los tres tomos de las Obras completas de Mao Tse-tung, el famoso librito rojo y abundante bibliografía desperdigada de Lenin sobre un escritorio. En eso, intempestivamente, apareció el señor De la Peña y Ricardo tuvo que esconderse en el closet. Casi se rompe el pie en una rústica caja de madera que, según él, contenía cables de cobre y materiales extraños.
—Antes de desaparecer con su viejo —me dice— La Rusa le regaló la esclava de plata que llevaba grabado el nombre de un tema de Nirvana. Martín me la mostró un día en el billar, le quise apostar el brazalete, pero se negó y me miró con desprecio.
—Decía All apologies, como la canción de Nirvana —le digo— era una señal de rendición y arrepentimiento por no haber entendido el juego. La pobre tendría sentimiento de culpa, se sentiría como una idiota…
Fui yo quien le entregó el brazalete a Martín por encargo de La Rusita. Aquel brazalete que luego que ella desapareciera jamás se quitaría. La Rusita me citó en su casa, aún no retornaba a la universidad, y me mostró el regalo en su cajita de terciopelo rojo que había mandado confeccionar en los plateros de San Jerónimo. “Entrégaselo y dile que me disculpe”, me dijo. Al poco tiempo ella y su papá desaparecieron de Huancayo, nadie sabía las razones ni a dónde habían migrado. Al comienzo creímos que su partida se debía al desplante que Martín le hiciera aquella noche del Negrito y el gran dolor que sentiría. Pero luego en el salón empezó a correr el rumor de que el padre de Silvia al parecer era un rancio comunista que había trabajado como científico para la URSS y a quien la CIA venía siguiendo porque luego de la caída de la Unión Soviética vendía y ofrecía sus conocimientos a Medio Oriente y países como Cuba. Había vuelto a este su país con la esperanza de asentarse, pero los servicios de inteligencia lo seguían y acosaban constantemente.
—Una mañana la Rusita me llamó por teléfono y me dijo que estaba en el extranjero —le digo—. En su voz percibí un sollozo ahogado mientras me decía que no nos olvidaría y que le dijera a Martín que siempre lo amaría.
Al año siguiente, por diversas razones, los tres dejamos la UNCP. Yo, al igual que Martin, partí a Lima para estudiar administración en un instituto pero allá casi no nos veíamos. “Me gusta la universidad solo por las chicas, son guapas y risueñas, pero aún no me acostumbro al trajín”, me dijo una vez que viajamos juntos. Ricardo intentó ganarse la vida entre un trabajo en una empresa de venta de carros y estudios de marketing y publicidad en un instituto. Aunque cada uno seguía su rumbo, cada vez que podíamos nos encontrábamos en Huancayo aprovechando los feriados de Semana Santa, Fiestas Patrias, Navidad y año nuevo. Yo lo buscaba para invitarle unos calientes con naranja y miel en El Inka, El Cerezo o el Sol y luna. A Ricardo no lo había vuelto a ver hasta que me lo encontré hace unas horas cuando cruzaba la Plaza de La Constitución para comer un chifa en la avenida Giráldez. Me llamó a la distancia, me dio el alcance y acompañó, pedimos dos lomos con chaufa y sopa wantán para matar el hambre. Fue allí que le pregunté por Martín: si lo había visto porque hacía meses que no sabía nada de él. Entonces me contó lo de la trágica noche: “ya hace seis meses...”, me dijo con desazón. “Vamos, te invito un trago en El Cerezo para charlar mejor”, le dije al verlo compungido.
La aciaga noche de primavera, Ricardo y Martín se reúnen en el centro. Llevan casacas gruesas, camisas estampadas y jeans entallados. Compran cigarrillos y Red Bulls en la bodega El Tigre y cruzan por la Plaza de la Constitución viendo como la muchedumbre se aglomera en las esquinas. La plaza, a esa hora del sábado, es punto de encuentro de muchos jóvenes que van llegando y colman el cuadrilátero con su vocerío; luego, de a pocos, alegres y bullangueros abordan taxis o se pierden por las calles adyacentes. A eso de las diez, cuando el espacio se va raleando y una gélida briza invade la ciudad, Ricardo y Martín deciden seguir el cauce juvenil de la noche. Avanzan por la calle Real y doblan hacia el jirón Puno donde el tránsito se entorpece por los autos que pugnan y a su vez se detienen para que desciendan los pasajeros que van llegando. El rumor de cafés, tiendas, tabernas y discotecas envuelven la atmósfera. Bufidos de motores, risas, gritos, bocinas y puertas y rejas que se cierran. Recalan en El Cerezo y, pasada la medianoche, atraídos por las luces y la música que explota en los locales, calle abajo, ingresan al Vikingo. La taberna hiede: el humo de cigarrillos y el aroma de los calientitos —cañazo, azúcar, té y limón— se mezcla con el humor de los cuerpos y la pestilencia a orines y desinfectante del baño. En el ambiente suena, vigoroso y sensual, Mujer amante de Rata Blanca: Uuuh debo saber si en verdad en algún lado estaaás. Se abren paso entre mesas abarrotadas y, en un rincón de mortecinas luces, encuentran unos sofás de cuero sintético. Un mozo se les acerca con displicencia entre el sofoco y la bruma del local y ellos piden una jarra de «caliente». En las mesas se ven grupos de chicos vestidos de negro envueltos entre nubes y espirales de humo agitando sus melenas. Sucios acordes remecen el entablado y, las pantallas, suspendidas de las vigas de madera, muestran el All apologies de Nirvana. Entonces es Ricardo quien las ve, el objetivo y blanco perfectos: dos chicas solitarias justo en el extremo opuesto, en diagonal, al fondo del salón, casi imperceptibles desde su perspectiva, camufladas bajo la penumbra de una gran pantalla. Entrada la madrugada, la taberna se va despejando y descubre las inquietas cabelleras entintadas bajo los haces de luz; cruzan miradas y las risas disforzadas se hacen patentes, imperativas, incesantes. Ahora suena un viejo tema de The Cure, Play for today: …you expect me to act like a lover…, que excita a las muchachas. Ricardo se decide y, movido por el jugueteo del bajo y la guitarra, va hacia ellas ejecutando pequeños pasos de baile. Martín desde su ubicación lo ve avanzar convertido en una sombra, presentarse e inclinarse para hablarles señalándolo a él como punto de referencia. Los ojos vivaces, enmarcados entre cabellos rubio y azabache, se encienden; vivarachas apuran sorbos de cerveza, se incorporan y siguen la senda que Ricardo les marca. La de pelo amarillo pajizo, con un lunarcito orbitando sus labios, se acomoda junto a Ricardo; la otra, risueña y dócil, al lado de Martín. Una mesera de aire selvático deja una jarra de caliente para los jóvenes, un par de cervezas para las señoritas y un tazoncito de canchita tostada. Pasadas las dos de la mañana Ricardo y Martín apuran besos y recorren cálidos muslos. Antes de las tres de la madrugada, emparejados y tambaleándose, descienden los sucios tablones de las escaleras; salen del local lanzando risotadas, sintiéndose dueños y dueñas del mundo y se pierden entre el frio de la madrugada. Al mediodía del domingo, el sub oficial Peredo, de la División de Investigación Criminal de la Policía, ojea el cuaderno de huéspedes del hostal Monterrico: comprueba 3.30 a.m. como hora de ingreso, y unos nombres y números de identificación falsos. Es lo que puede verificar el oficial luego de recibir la llamada de emergencia del hostelero comunicándole que, en la habitación 203, habían encontrado «un par de jóvenes en estado de inconsciencia».
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“Lo más triste fue lo de sus viejos”, me dice mientras remueve el hielo con una varilla y apura un sorbo. “Cuando se enteraron que la fiscal