In the sun I feel as one #nirvana #inutero #allapologies
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In the sun I feel as one #nirvana #inutero #allapologies
excelsior
by allapologies (AO3)
Pairing: Derek Hale x Stiles Stilinski
Oneshot
Word count: 15k
Rating: Explicit
Summary: Stiles is a genius billionaire philanthropist, and Derek has breathtaking anger management issues. Mostly, they argue and flirt. But sometimes, they save the world.
Avengers AU.
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Holy smokes, how many months??
Um. Yeah. Like, I’ve, uh, never done this before… Back with more science, space, and etc. posts soon!
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🎸 Nirvana’s ‘All Apologies’ – Guitar Cover by Bob Bliss! 🎶🔥
Feel the raw grunge energy in this stunning cover.
All apologies (última parte)
—Lo más triste fue lo de sus viejos —me dice mientras remueve el hielo con una varilla y apura un sorbo—. Al enterarse que la fiscalía cerró el caso, se volvieron huraños y empezaron a tener visiones: dicen que lo veían y hasta hablaban con él.
Tras el sepelio, Don Vicente García y doña Leonor Gonzales, padres de Martín, conservaron la habitación tal como la dejara su hijo la noche del sábado. Sobre la cómoda de madera levantaron un altar con dos fotografías: una de su primera comunión y otra de los tres cuando Martín ingresó a la universidad. Al pie de los retratos encajaron, sobre un candil, una cerilla blanca que antes de irse a dormir encendían y juntos rezaban padrenuestros y avemarías. Una tarde de invierno, después del lonche, cuando doña Leonor buscaba en los cajoncitos del repostero unos fósforos para cambiar la consumida velita, oyó aquella canción que Martín solía escuchar. Se dirigió escaleras arriba de donde parecía brotar la música y, al abrir la puerta del dormitorio, halló a su hijo en ella; lo vio como aquel sábado, antes de la tragedia, alistándose para salir. En el mini componente se escuchaba el Even flow de Pearl Jam. Quiso correr a su encuentro, decirle algo, pero al ver que él le devolvía una mirada cargada de reproche que, en medio de la sorpresa, no entendió, se contuvo. Retrocedió, juntó la hoja de la puerta y permaneció pegada al marco, silente, espiándolo hasta que el asombro se convirtió en una especie de ensueño.
—A veces pienso que como ellos yo también voy a perder la razón —me dice. Da una pitada, suelta una cascada de humo por la nariz y vacía su vaso de un gran sorbo. Su mirada, intensificada por las luces de los televisores, refleja amargura; respira hondo y se restriega en la silla.
Ricardo, al contrario de los padres de Martín, se había impuesto dar por él mismo con las autoras del crimen. Cada fin de semana, convertido en un errante nocturno, deambulaba por bares, discotecas, tabernas e incluso prostíbulos, perdido entre el humo del cigarrillo y abundante licor, queriendo reconocer aquellos rostros que aún le devolvía su memoria.
—¿Te acuerdas esa canción…? —me dice de pronto. Los haz de luz rompen la penumbra y su rostro se transforma. Fija la mirada en la pantalla, tamborilea sobre la mesa, se quita el cigarro de la boca y canta—: Eveeen flow thooouughts aaarriive liiike butterfliiiees.
Al rato, un mozo se nos acerca y nos anuncia que el local va a cerrar. Salimos y, por el jirón Puno, calle abajo seguimos el itinerario de aquella noche. Ricardo avanza como impelido por una fuerza invisible, no para de fumar y su mirada inquieta refleja euforia y una especie de ira contenida. Habla atropelladamente y sus movimientos son rápidos pero a la vez torpes. Intento escucharlo y seguirle el hilo: quiere que vayamos al Vikingo como aquella noche con Martín. Llegamos eufóricos pero, en la recepción, antes de tomar la gran escalera de tablones, dos vigilantes nos cierran el paso. El señor no puede ingresar, está mareado, me dice uno de ellos, si gusta pase usted. Al escucharlo se enoja y le lanza una grosería, el otro lo mira con desprecio y se le acerca como retándolo, yo aparto a Ricardo y me disculpo con ellos. Damos media vuelta. A esta hora, el frío de la madrugada, golpea fuerte; vamos, me dice, te invito un par de jarras de ron en el Scarlett. Lo sigo, avanzamos por Giráldez calle arriba hasta una especie de terraplén que alguna vez, pienso, sirvió de acceso a una playa de estacionamiento. Atravesamos una puerta batiente de vidrios iluminada con luces de neón y damos a un amplio salón a media luz que hiede a una mezcla de desinfectante y aromatizador. En la barra vemos chicas en minifalda y lencería, alguna de ellas llevan solo braguitas y strapless de colores; las piernas cruzadas sobre los taburetes forrados de marroquín y los zapatones y botas balanceándose me ponen nervioso. Ricardo las observa y ellas nos sonríen, se acerca y las escruta con la mirada como si pasara revista. De pronto, detrás de la barra, un hombre que lleva una camisa de algodón y lentes, lo encara: “Usted…, por favor, retírese”. Ricardo le lanza una fiera mirada, inmóvil lo apunta con el dedo, el rostro idiotizado. Vámonos de esta mierda, me dice, tomándome del hombro. Afuera las calles están desiertas y silentes y unos perros hurgan en los basureros; el olor de los chifas a fritura, sillao, caldo de pollo y huevo frito me provoca una arcada. Hago parar un taxi, subimos y le digo al taxista a la Rivera donde Ricardo tiene su habitación.
Al llegar lo noto más calmado, aunque su expresión es sombría. Lo acompaño hasta la entrada de un edificio a oscuras, de cuatro pisos, sin pintar, de acabado rústico y con puertas y ventanas de hierro. Abre la puerta con dificultad y antes de despedirse me dice:
—¿Crees en fantasmas y aparecidos, condenados, almas y espíritus errantes…?
—La verdad que no… —le digo—; pero habría que estar en el pellejo de los deudos para saber lo que se siente y vive.
—Ja, ja, ja… —Suelta una carcajada que resuena en la madrugada—. Solo los niños creen en esas estupideces. No sabes las ganas que tengo de ver a Martín y hablar con él. Cada vez que puedo lo invoco a la media noche, hasta pensé contratar un médium, uno de esos pendejos que dicen entablar contacto con los muertos y espíritus malignos. ¿Sabes en lo que sí creo…?
—¿En el diablo, los extraterrestres y ovnis?
—Ah, te crees chistoso... Creo en la música que es real y te transporta a otra dimensión.
— ¿Como el grunge que a Martín y a La Rusita les gustaba?
Da media vuelta, cierra la puerta de fierro y se pierde por el sombrío callejoncito.
Al mediodía me llama y me dice que ya no puede más y que si se queda en esta ciudad va a enloquecer. “Me voy de este pueblo, mi tío Lucho tiene un mini marquet en Lima y necesita apoyo. Me largo por buen tiempo, salgo esta misma noche”.
Antes de que colgara le deseé buena suerte y le dije que no se preocupara y que era lo mejor que hacía.
Por la tarde, decido visitar a los padres de Martín que viven en un barrio a las afueras de la ciudad, cruzando el rio Mantaro. Al llegar, veo en el horizonte grises nubarrones que se van agrupando. El viento que se desprende de la cordillera hiere mi rostro y cae una tenue llovizna. A lo lejos los relámpagos rasgan la atmósfera seguido del estruendo de los rayos al chocar con la superficie.
Avisto el chalet de cemento, de dos pisos, e ingreso por el pequeño jardincito con algunas plantas y árboles marchitos por falta de riego. Presiono el timbre, pero nadie me atiende; luego intento con los nudillos y toco la puerta de madera. Al rato, se abre una hoja a medias y aparece doña Leonor, el rostro inexpresivo y el talante hostil.
—Buenas, señora… —me apresuro a saludar.
—Si…, ¿qué desea…?
—Soy Manuel, señora. ¿Se acuerda de mí...?
Hace una pausa y me mira fijamente:
—Lo siento, pero no podemos hablar con usted —contesta.
No sé qué decir, me quedo paralizado; luego se muestra y se detiene en el umbral como resguardando la entrada.
—Es una pena que no solo las autoridades sino los amigos de mi hijo lo hayan traicionado. —Su voz es áspera, firme—. Por favor no regrese, nosotros y Martín se lo vamos a gradecer.
Asiento con la cabeza, doy media vuelta y me alejo hacia el paradero de la carretera que queda a dos cuadras de la casa. La amenaza de tormenta se ha ido de pronto y en lo alto la luna brilla en todo su esplendor; al sur el firmamento se va tachonando de estrellas. Una ligera ventisca desprende un fresco y agradable olor a tierra mojada. Los faroles del alumbrado público se encienden e iluminan las calles sin pavimentar.
Me vuelvo para ver la casa de Martín y la que fuera su habitación en el segundo piso con vista a la calle. A través de las cortinas logro distinguir unas débiles y parpadeantes lenguas de fuego, entre amarillas y bermellón, que iluminan el interior, junto a un confuso ajetreo de extrañas sombras que van de un lado a otro. Avanzo y me alejo del lugar, quizá para siempre.
Justo antes de llegar a la intersección con la carretera diviso en la esquina unas luces de colores que chisporrotean en el pórtico de un desmañado edificio. Del lugar brota música intensa y unos jóvenes vestidos con casacas y poleras negras ingresan a lo que claramente es una fiesta de metaleros, dark o punks. En la entrada, compro un par de cigarrillos mentolados de una vendedora sentada entre el ángulo de la vereda y la pared, cubierta con un grueso pañolón marrón. Enciendo uno en la velita que tiene confundida en el azafate lleno de galletas, caramelos, frunas, chicles, halls y gaseosas. Pago cinco soles a un sujeto de camisa azul que permanece al lado de un vigilante e ingreso. En el interior suena el Smell like young spirit de Nirvana; las luces estroboscópicas disparan sus haces sobre los rostros que parecen representar un desafío juvenil. Al rededor del recinto, pegadas a las paredes, se han colocado viejas sillas de madera; me siento en una de ellas y, a través del humo del cigarrillo, observo el pequeño baile caótico que se va armando en medio. Agazapado entre ellos, moviéndose desaforado y listo para saltar al ruedo, veo a un muchacho que viste un polo de Metallica; en una de sus muñecas, adivino, resplandeciente y enigmático, una esclava de plata que me recuerda a la de Martín.
(Fin)
All apologies (primera parte)
Just when everyday seemed to greet me with a smile Sun spots have faded, now I'm doing time 'Cause I fell on black days
Soundgarden
«Martín amaba a La Rusita y le gustaba el grunge…», me dice Ricardo. Coge un cigarrillo de la mesa, le da golpecitos contra la superficie y, con un encendedor que extrae de su bolsillo, lo enciende. En la penumbra la brasita se aviva y luego decae; aspira y me suelta el humo en el rostro. La música que remece el armazón de madera del local apenas me permite escucharlo.
Estamos en El Cerezo, un pub acondicionado en la buhardilla de una vieja casona del centro concurrido por nostálgicos del rock de los ochenta y noventas. Son casi las doce y en las pantallas de los televisores, a los extremos, pasan un vídeo de Oasis: today is gonna be the day.
«Esa noche él estaba ahí mismo donde estás tú. No hacía más que hablar de ella, seguía templadazo, no se quitaba ni para bañarse la esclava de plata que La Rusita le regaló. Para levantarle el ánimo se me ocurrió llevarlo al Vikingo».
Seis meses atrás, la noticia había salido en los diarios locales : “Encuentran cadáver en hostal del centro”, señalaba El Sol en su portada de un lunes de noviembre del dos mil tres. Una fotografía mostraba al fiscal y al médico legista retirando el cuerpo. En la sección de policiales se leía: “La noche del sábado, Martín García (22) y Ricardo Flores (23), se reunieron para tomar unos tragos en una taberna del centro sin presagiar que encontrarían la muerte en forma de rostro de mujer”. En el parte policial se podía leer: “Las féminas luego de sedarlos se hicieron, entre otras pertenencias, de un celular marca Motorola C200 y un Nokia N, dos billeteras con documentos personales y dinero, y una esclava de plata con grabado en alto relieve; luego, los abandonaron a su suerte en la habitación 203 del hostal Monterrico ubicado en el jirón Lima”.
«Aún tengo pesadillas con esas mujeres...», me dice. Hace una pausa y su mirada se extravía en uno de los televisores donde ahora Chris Cornell canta el oscuro Like stone. «Las sigo por calles desconocidas, damos a una extraña ciudad donde me pierdo entre viejas casas y no encuentro la salida. Oigo la voz de Martín en alguna parte, trato de encontralo y subo unas escaleras hasta una habitación que de pronto se convierte en un calabozo», prosigue.
A diferencia de Martín, Ricardo pudo resistir los efectos adversos e intoxicación provocada por la mezcla de benzodiacepina y alcohol; cuando despertó presentaba náuseas, vómitos y ataxia. La peor parte se la había llevado Martín, para quien la combinación resultó fatal. La policía, con ayuda de Ricardo, elaboró el retrato hablado de las mujeres que por los rasgos comunes descritos no sirvió de mucho. El fiscal de turno dispuso: «búsqueda de testigos, inspección del local, recojo de huellas dactilares, examen toxicológico, visualización de cámaras de seguridad, entre otras diligencias». No obstante, al cabo de seis meses, no se tenía lo suficiente: las huellas eran inservibles; los testigos como el dueño de la taberna y una mesera recién contratada, solo recordaban vaguedades y nunca antes habían visto aquellos rostros que les mostraban. Para colmo de males, las cámaras se encontraban descompuestas. El caso fue entonces confinado a las oficinas de la División de Investigación Criminal de la PNP donde se ordenaron documentos y clasificaron pruebas; se armó la carpeta correspondiente y al cabo de algunos meses se la arrumbó junto a otras en un destartalado anaquel.
«Si caes en desgracia en este país y no eres hijo de alguien importante, a las autoridades les importas una puta mierda. Ni la suerte te acompaña». Da otra calada, llama al mesero que permanece en la penumbra y le pide dos cubas libres más, iguales.
Desde que La Rusita desapareció y los tres abandonamos la universidad, Martín ya no fue el mismo. Sus padres lo enviaron a la capital a estudiar Derecho en una universidad privada y, aunque no estaba convencido de la carrera, era un alumno aplicado y sacaba buenas notas. «Aún soy un serrano crudo, no me gusta Lima, es una ciudad caótica e inmisericorde», me dijo cuando lo encontré de casualidad en un terminal de buses. Martín, cada vez que podía, retornaba a Huancayo y con Ricardo visitaban tabernas o pubs del centro para escuchar música y tomar calientitos de ron recordando a La Rusita, hasta aquella noche que se toparon con la fatalidad.
Nos habíamos conocido en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UNCP, a finales de los noventa. El conflicto armado entre el Estado y grupos terroristas ya era cosa del pasado, como si no hubiera ocurrido jamás. Al comienzo, éramos tres muchachos sentados al fondo del salón a los que nos bastó un par de días para saber que compartíamos la mirada melancólica y descreída. Sentíamos que nos conocíamos de toda una vida, la comunión y atracción fue instantánea. La Rusita llegó dos semanas después de iniciado el ciclo. Se presentó en la clase de Realidad Nacional pasadas las ocho de la mañana. El profesor Eulogio Sánchez, al notar una cara nueva, después de una breve amonestación, la dejó ingresar. Vestía toda de negro y poseía unos pechos generosos que no podía disimular a pesar de la holgada chompa que llevaba. Con el cabello larguísimo que le cubría medio rostro avanzó sin mirar ni saludar a nadie y se sentó en una carpeta a mi costado. Era una rara como se dice, no sostenía amistad con las de su género y se la veía solitaria y enigmática. Martín que también acostumbraba usar un gabán negro y el pelo largo, nos dijo que probablemente era una dark, metalera o post punk. Al poco tiempo, nos aburrimos de las clases y nos refugiamos en los billares que Ricardo conocía. Una tarde, Silvia de la Peña —así se llamaba La Rusa—, al escucharnos que íbamos al billar de Don Julio se nos pegó y preguntó si podía acompañarnos; había aprendido a jugar pool en Huánuco, de donde era natural, en la casa de su abuelo que regentaba uno. Silvia había nacido en la ciudad de los Caballeros de León y recalado en estas tierras con su padre, un enigmático ingeniero de quien se rumoreaba que, en su juventud, había pasado una temporada en la Unión Soviética. Cuando desaparecieron misteriosamente, el grupo ya no fue el mismo: ella era la que nos unía, la queríamos y en el fondo nos la disputábamos.
—Qué tiempos aquellos…—da un gran sorbo, me mira de reojo y en su rostro se dibuja una leve sonrisa—.¿Te acuerdas de aquella vez que Martín, en el billar, me apostó a la Rusita y yo le gané clavando la última bola en la buchaca del ángulo derecho?
Desde un inicio la facha dark me gustó. Un chompón de hilo y unos eternos jeans negros, la piel pálida porque huía del sol, unas botas de cuero y solo carmín en sus finos labios. Como accesorios: un cuaderno Stanford maltratado que, cada vez que podía, llenaba de réplicas de portadas de álbumes de Black Sabbath o Iron Maiden y con dibujos y grafías de lo primero que se le venía a la mente; unos pendientes con minúsculas calaveritas; un discman Sony y una bolsita tejida donde cargaba discos de Metallica, Depeche Mode, Héroes del Silencio, Joy División o The Cure. Martín y La Rusa, los dark del grupo, no sólo traslucían en sus miradas un aura de misterio y tragedia, sino que sus gustos musicales eran idénticos. “El rock es nuestra droga favorita, me decían, qué haríamos sin él”. Martín en su habitación tenía una gran colección de discos compactos, elepés y cassetes que reproducía en un hermoso Aiwa negro, multi CDs, que emitía un sonido potente y limpio que enloquecía a La Rusita. En las paredes se veían posters de sus bandas y cantantes favoritos como Guns N’ Roses, Pearl Jam, Kurt Cobain y Chris Cornell. La que se quejaba del alboroto que amábamos era doña Leonor, la madre de Martín: “nunca deja de escuchar esa música del demonio que es más ruido que otra cosa”, nos decía. Ricardo era el que conseguía los porritos a pedido de Martín, y a La Rusita no le faltaba en sus bolsillos una pequeña Biblia, de esas que regalaban los Testigos de Jehová, de tapas azules y papel cebolla. Escogía una página al azar y la desglosaba: «…es la voz de nuestro destino que invocamos…», decía, como si realizara una liturgia y leía un versículo. Por ejemplo, Romanos 2:1: “…pues en lo que juzgas al otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas practicas lo mismo”. Luego se la pasaba a Martín que dejaba caer sobre el papel las hojitas secas de mariguana y con destreza armaba un tronchito; lo encendía, aspiraba profundamente y lo hacía circular. Envueltos entre el humo del cannabis y sonando la música al máximo en el equipo, nos poníamos a bailar riéndonos de nosotros. A veces Martín se animaba y le pedía a La Rusita que hiciera un striptease. Ella accedía de buena gana, se subía sobre el escritorio de madera al ritmo de alguna balada de Aerosmith, pero solo terminaba haciendo un amago de quitarse la ropa. Fue a Ricardo, el más lujurioso de los tres, que se le ocurrió ponerle esa chapa al ver sus grandes pechos bamboleándose. Una tarde que habíamos bebido varias jarras de caliente de ron y bailaba con ella en La Cueva, un video pub que frecuentábamos, al retornar a nuestra mesa Martín nos dijo: “ustedes harían buena pareja, en serio, una perfecta combinación”. Ella sonrió y cariñosa se sentó entre los dos mientras Ricardo, enfrente, se retorcía mirándonos a la cara. “Si quieren estar no se preocupen por mí, somos una hermandad”, nos dijo.
—Martín hacía como que no le importaba—le digo—, pero luego de lo que pasó en El Negrito y cuando ella desapareció, ya no pudo disimular el sufrimiento que le causaba.
Lo cierto es que el amor de La Rusa por Martín era real, lo que no impedía que también fuera atenta con nosotros, él no se inmutaba al ver sus muestras de cariño. Cuando jugábamos billas y él esperaba su turno lo llenaba de besos y en el salón buscaban entrelazar sus dedos todo el tiempo. Ricardo, quizá acordándose de la apuesta ganada, la empezó a cortejar: le compraba dulces, regalos, gaseosas, la invitaba al cine y a cuánto tono caleta que se enteraba que había en los barrios de La Rivera, La Florida o en El Negrito de San Carlos . A veces se ofrecía llevarla a su casa; Martín que seguro recordaba la partida perdida la impelía para que se fuera con él. Ella nunca se enojaba, por el contrario, parecía disfrutarlo. Cuando ingresábamos al campus de la universidad por aquella larga alameda de alisos, Ricardo la abrazaba y no la soltaba hasta llegar al salón; se burlaba de nosotros y hacía chistes todo el tiempo. La Rusita celebraba sus ocurrencias riéndose sin parar.
Una tarde mientras escuchábamos música en la habitación de Martín, Martín le pidió que nos besara delante de él y ella accedió de buena gana, le gustaba seguirle el juego.
—Nos dio sólo un piquito a cada uno. Pero el huevón de Martín quería más, no sé qué le pasaba ese día y exigió un beso con lengua.
Silvia estaba a punto de ejecutar el beso francés, empezando conmigo, cuando Martín cortó la música de golpe, sacó el Nevermind de Nirvana y lanzó el disco por la ventana; dijo que ya se había cansado de «esa mierda» y que nos largáramos a otra parte. Salimos un tanto desconcertados, pero Martín mostrando cierto arrepentimiento, mandó ir al Negrito de San Carlos, donde cada fin de semana los metaleros organizaban fiestas. No lo habíamos visto antes así, estaba hecho un energúmeno.
Llegamos al Negrito a eso de las diez de la noche casi sin hablar con él durante el trayecto. Ricardo y La Rusita iban detrás deshojando la Biblia de los Testigos de Jehová e intentando armar un porrito. Cuando ingresamos, seguía frío y distante, con una ira contenida. Al poco rato sonó un tema de Héroes del silencio y al ver que unos melenudos se juntaban al centro, simulando un pequeño pogo, se les unió con gabán y todo; parecía un ave que se lanza sobre el abismo. El baile en el centro se puso más intenso y caótico con un tema de Green day y una chica de facha punk con casaca y pantalón de cuero, con el pelo recortado en los bordes, teñido de azul, al estilo glam, agarró a Martín por la cintura y juntos se perdieron en la centrífuga negra. La Rusita dudó en si unirse a ellos, hizo un pequeño amago, pero ya otras chicas se lanzaban al ruedo, lo que para ella constituía una barrera infranqueable. Vi su rostro desmejorarse de impotencia, retrocedió y se echó a llorar amargamente abrazada de Ricardo.
Luego del incidente, Silvia se ausentó y dejó de asistir a clases. Una tarde, mientras bebíamos en La Cueva jugo de naranja de sobrecito con aguardiente, Ricardo nos confesó que el viejo de La Rusa era un terruco de aquellos. Él hizo la conjetura cuando luego de salir de clases la acompañó y se metió a su casa: en la habitación del papá de Silvia encontró los tres tomos de las Obras completas de Mao Tse-tung, el famoso librito rojo y abundante bibliografía desperdigada de Lenin sobre un escritorio. En eso, intempestivamente, apareció el señor De la Peña y Ricardo tuvo que esconderse en el closet. Casi se rompe el pie en una rústica caja de madera que, según él, contenía cables de cobre y materiales extraños.
—Antes de desaparecer con su viejo —me dice— La Rusa le regaló la esclava de plata que llevaba grabado el nombre de un tema de Nirvana. Martín me la mostró un día en el billar, le quise apostar el brazalete, pero se negó y me miró con desprecio.
—Decía All apologies, como la canción de Nirvana —le digo— era una señal de rendición y arrepentimiento por no haber entendido el juego. La pobre tendría sentimiento de culpa, se sentiría como una idiota…
Fui yo quien le entregó el brazalete a Martín por encargo de La Rusita. Aquel brazalete que luego que ella desapareciera jamás se quitaría. La Rusita me citó en su casa, aún no retornaba a la universidad, y me mostró el regalo en su cajita de terciopelo rojo que había mandado confeccionar en los plateros de San Jerónimo. “Entrégaselo y dile que me disculpe”, me dijo. Al poco tiempo ella y su papá desaparecieron de Huancayo, nadie sabía las razones ni a dónde habían migrado. Al comienzo creímos que su partida se debía al desplante que Martín le hiciera aquella noche del Negrito y el gran dolor que sentiría. Pero luego en el salón empezó a correr el rumor de que el padre de Silvia al parecer era un rancio comunista que había trabajado como científico para la URSS y a quien la CIA venía siguiendo porque luego de la caída de la Unión Soviética vendía y ofrecía sus conocimientos a Medio Oriente y países como Cuba. Había vuelto a este su país con la esperanza de asentarse, pero los servicios de inteligencia lo seguían y acosaban constantemente.
—Una mañana la Rusita me llamó por teléfono y me dijo que estaba en el extranjero —le digo—. En su voz percibí un sollozo ahogado mientras me decía que no nos olvidaría y que le dijera a Martín que siempre lo amaría.
Al año siguiente, por diversas razones, los tres dejamos la UNCP. Yo, al igual que Martin, partí a Lima para estudiar administración en un instituto pero allá casi no nos veíamos. “Me gusta la universidad solo por las chicas, son guapas y risueñas, pero aún no me acostumbro al trajín”, me dijo una vez que viajamos juntos. Ricardo intentó ganarse la vida entre un trabajo en una empresa de venta de carros y estudios de marketing y publicidad en un instituto. Aunque cada uno seguía su rumbo, cada vez que podíamos nos encontrábamos en Huancayo aprovechando los feriados de Semana Santa, Fiestas Patrias, Navidad y año nuevo. Yo lo buscaba para invitarle unos calientes con naranja y miel en El Inka, El Cerezo o el Sol y luna. A Ricardo no lo había vuelto a ver hasta que me lo encontré hace unas horas cuando cruzaba la Plaza de La Constitución para comer un chifa en la avenida Giráldez. Me llamó a la distancia, me dio el alcance y acompañó, pedimos dos lomos con chaufa y sopa wantán para matar el hambre. Fue allí que le pregunté por Martín: si lo había visto porque hacía meses que no sabía nada de él. Entonces me contó lo de la trágica noche: “ya hace seis meses...”, me dijo con desazón. “Vamos, te invito un trago en El Cerezo para charlar mejor”, le dije al verlo compungido.
La aciaga noche de primavera, Ricardo y Martín se reúnen en el centro. Llevan casacas gruesas, camisas estampadas y jeans entallados. Compran cigarrillos y Red Bulls en la bodega El Tigre y cruzan por la Plaza de la Constitución viendo como la muchedumbre se aglomera en las esquinas. La plaza, a esa hora del sábado, es punto de encuentro de muchos jóvenes que van llegando y colman el cuadrilátero con su vocerío; luego, de a pocos, alegres y bullangueros abordan taxis o se pierden por las calles adyacentes. A eso de las diez, cuando el espacio se va raleando y una gélida briza invade la ciudad, Ricardo y Martín deciden seguir el cauce juvenil de la noche. Avanzan por la calle Real y doblan hacia el jirón Puno donde el tránsito se entorpece por los autos que pugnan y a su vez se detienen para que desciendan los pasajeros que van llegando. El rumor de cafés, tiendas, tabernas y discotecas envuelven la atmósfera. Bufidos de motores, risas, gritos, bocinas y puertas y rejas que se cierran. Recalan en El Cerezo y, pasada la medianoche, atraídos por las luces y la música que explota en los locales, calle abajo, ingresan al Vikingo. La taberna hiede: el humo de cigarrillos y el aroma de los calientitos —cañazo, azúcar, té y limón— se mezcla con el humor de los cuerpos y la pestilencia a orines y desinfectante del baño. En el ambiente suena, vigoroso y sensual, Mujer amante de Rata Blanca: Uuuh debo saber si en verdad en algún lado estaaás. Se abren paso entre mesas abarrotadas y, en un rincón de mortecinas luces, encuentran unos sofás de cuero sintético. Un mozo se les acerca con displicencia entre el sofoco y la bruma del local y ellos piden una jarra de «caliente». En las mesas se ven grupos de chicos vestidos de negro envueltos entre nubes y espirales de humo agitando sus melenas. Sucios acordes remecen el entablado y, las pantallas, suspendidas de las vigas de madera, muestran el All apologies de Nirvana. Entonces es Ricardo quien las ve, el objetivo y blanco perfectos: dos chicas solitarias justo en el extremo opuesto, en diagonal, al fondo del salón, casi imperceptibles desde su perspectiva, camufladas bajo la penumbra de una gran pantalla. Entrada la madrugada, la taberna se va despejando y descubre las inquietas cabelleras entintadas bajo los haces de luz; cruzan miradas y las risas disforzadas se hacen patentes, imperativas, incesantes. Ahora suena un viejo tema de The Cure, Play for today: …you expect me to act like a lover…, que excita a las muchachas. Ricardo se decide y, movido por el jugueteo del bajo y la guitarra, va hacia ellas ejecutando pequeños pasos de baile. Martín desde su ubicación lo ve avanzar convertido en una sombra, presentarse e inclinarse para hablarles señalándolo a él como punto de referencia. Los ojos vivaces, enmarcados entre cabellos rubio y azabache, se encienden; vivarachas apuran sorbos de cerveza, se incorporan y siguen la senda que Ricardo les marca. La de pelo amarillo pajizo, con un lunarcito orbitando sus labios, se acomoda junto a Ricardo; la otra, risueña y dócil, al lado de Martín. Una mesera de aire selvático deja una jarra de caliente para los jóvenes, un par de cervezas para las señoritas y un tazoncito de canchita tostada. Pasadas las dos de la mañana Ricardo y Martín apuran besos y recorren cálidos muslos. Antes de las tres de la madrugada, emparejados y tambaleándose, descienden los sucios tablones de las escaleras; salen del local lanzando risotadas, sintiéndose dueños y dueñas del mundo y se pierden entre el frio de la madrugada. Al mediodía del domingo, el sub oficial Peredo, de la División de Investigación Criminal de la Policía, ojea el cuaderno de huéspedes del hostal Monterrico: comprueba 3.30 a.m. como hora de ingreso, y unos nombres y números de identificación falsos. Es lo que puede verificar el oficial luego de recibir la llamada de emergencia del hostelero comunicándole que, en la habitación 203, habían encontrado «un par de jóvenes en estado de inconsciencia».
(Continúa en el enlace de abajo...)
“Lo más triste fue lo de sus viejos”, me dice mientras remueve el hielo con una varilla y apura un sorbo. “Cuando se enteraron que la fiscal
excelsior by allapologies
Summary: Stiles is a genius billionaire philanthropist, and Derek has breathtaking anger management issues. Mostly, they argue and flirt. But sometimes, they save the world.
Avengers AU.
Rating: Explicit
Main Character(s): Stiles Stilinski
Additional Character(s): Derek Hale, Lydia Martin, Allison Argent, Scott McCall, Isaac Lahey, Vernon Boyd, Erica Reyes, Melissa McCall
Pairing(s): Derek Hale/ Stiles Stilinski, Allison Argent/Scott McCall/Isaac Lahey, Vernon Boyd/ Erica Reyes
Tags: Avengers!AU, Superheroes!AU, Avengers - Freeform, Ironman!Stiles, Hulk!Derek, Minor Character Death, CaptainAmerica!Scott, BlackWidow!Lydia, Hawkeye!Allison, Alternate Universe, Explicit Sexual Content, Superheroes, marvel AU
Words: 15,921
Chapters: 1/1
the beginning of the end in the 1990s. #allapologies #amwriting #lgbtq #research #peterpan https://www.instagram.com/p/CmIO0vepXl_/?igshid=NGJjMDIxMWI=