De entre las mujeres.
De los 7 Libros Maya: Entre las mujeres de Zacquí, dice que hubo una que se llamaba Sazilakab; la Luz efímera de la Noche.
Dicen que era triste y bonita como la Luna y que andaba de noche por el monte cantando con los cabellos sueltos. El príncipe Nazul de Zacquí cuando la veía, se quedaba mirándola extasiado y ella se encendía toda y se ponía a temblar. Si Nazul hubiera sentido en su vida amor de mujer, a Sazilakab hubiera querido ardientemente. Pero si así la quería, no se lo dijo nunca. Él, que hablaba con dulzura y alegría a todas; a ella no le decía nada. Ella no recibió jamás las palabras amorosas de los hombres y estaba siempre llena de silenciosa y apacible tristeza. Los que saben de las cosas del silencio; decían que él era el hijo del Sol y ella era hija de la Luna y que esto tenía un significado grande. Por eso se hablan de lejos y en la luz. El príncipe de Nazul estaba entonces en lo más alto de su juventud, y era hermoso y resplandeciente; como el Sol de mediodía. Sazilakab tenía los ojos húmedos y el cuerpo fino, bello, y su vida estaba en ancho esplendor: como la Luna llena. Fue así lo que paso una tarde. Fue que el príncipe Nazul tomo su capa, su arco y salió de su casa, entre los árboles, donde los pájaros aún dormían, se alejó del pueblo, solo, callado, por las veredas tranquilas. Cuando se adentraba entre los cerros, que se veían a lo lejos, el día se iba apagando y el Sol entró detrás de él; bajo los árboles.
Y la Luna grande por el otro lado iba saliendo, por arriba de las sementeras, con el viento dulce en que viene el olor de las mazorcas calientes. Y fue también que Sazilakab salió de su casa, debajo de la Luna, y por sus caminos de hierba verde, Sazilakab, la Luz efímera de la noche, bajo los árboles entró cantando, con los cabellos sueltos y arriba de su frente estaba la Luna llena. Fue luego que estaba la Luna brillando, sobre el cielo limpio; en medio de las estrellas encendidas. Y vino el Sol envuelto en su vestimenta obscura. Y la abrazó; y la fue escondiendo, entre sus brazos, para besarla en secreto, sin que los hombres lo pudieran ver. Fue esto que paso; en los días del año, en que la vida vuelve a nacer. Y así cuando el Sol y la Luna se besaron, todo estaba moviéndose en la Tierra y suspiraba el aire. Volvió la Luna a lucir, dormida sobre el cielo de la noche y volvió el Sol a resplandecer por la mañana. Pero no volvió el príncipe Nazul a su casa blanca, ni a su dulce ciudad. No volvió tampoco Sazilakab por sus caminos de hierba verde, nunca volvió ninguno de los dos. Sazilakab siguió viviendo por muchos años junto al agua azul de la gruta clara y entre los árboles que dan la miel olorosa; que endulza los labios y embriaga el corazón.
Sobre ella se cumplió el tiempo; y tuvo lágrimas en los ojos, y sobre el pecho tuvo sangre muchas veces. Pero algo vivió también en ella siempre, que le puso el sello de lo Alto y la marca de la Luz. De ella salieron los que fueron hijos del Sol y de la Luna, sobre las tierras grandes y muy antiguas. Para esto vino el príncipe Nazul, y para esto nació Sazilakab; la luz humilde de la noche. Para esto fue hecha tal vez, la ciudad blanca y dulce, donde se nombró Zac-quí, un lugar de reposo, y alegría, aquí; en lo bajo de la Tierra. Los que allí vivían, se querían como se quieren los hijos de la misma madre; en la gloria de esta Tierra. Así se canta con palabras de esta Tierra, lo que se oye decir a los que dicen, los demás solo lo saben; los que saben las cosas del silencio.














