Ya nos íbamos cada quién a su casa pero en realidad ninguno de los dos quería irse de ese callejón tan pacífico, donde los pajarillos se esconden, la gente se grita y se ama y se odia y se acompaña porque en ese callejón los solitarios se sienten amados por siempre y odiados por más que siempre. Tú me abrazabas como diciéndome que esto era seguir como se diera. Poco a poco nuestros labios se acercaron sin incomodidad alguna. Me dijiste que querías dormir así, solo cerca pero no combinados. Sabías a chocolate y sonreías como en burla. Pero era una risa de placer infinito junto con la soledad de las niñas que lloran por la cercanía de todas las personas que a la vez se alejan poco a poco. Y así aprendimos a amarnos, caminando esas 47 medias lunas de ladrillo, a veces de la mano, a veces abrazados o con las bicicletas rotas por otro intento fallido de pasear como personas normales. A pesar de eso nos quisimos, sin estar cómodos frente a la gente aunque yo quería y tú no.