día de los animales
Los animales que habitan alrededor se colaron a nuestra conversación cuando confesé mi inquietud sobre el futuro de nuestra relación amorosa. A partir de ese día, él me habló de los tlacuaches que hurtan los aguacates en el jardín, de las nutrias de río, de la perra que burla el alambre de púas y la que acompaña a las vacas mientras están pastando. Yo le hablé del arrullo de las palomas que se escucha por las mañanas, de los perros que pasean en el parque, de las ardillas que recorren el cableado. La inquietud seguía allí, es claro. Nos acercábamos a hablar de ella con cautela, como quien tantea con los dedos la punta de un alambre enmarañado. Tiramos de él. Su borde afilado se clavó en nuestra carne. Sangramos. Pero al mismo tiempo, notar a los animales del entorno y hablar de ellos se convirtió una forma de consuelo. Al contemplar a los animales se quiebra una corteza a la que no le queda más que exhibir la ternura que hay en su centro. Así, hay algo que se revela sobre nosotros a través de la relación que establecemos con ellos. Aunque los días transcurren, aún hay trozos de inquietud que continúan enredados. Me pregunto si, al deshacerla por completo, hallaremos en su otro extremo a un animal agazapado y atado por cuello en espera de que lo salven o lo condenen al matadero.














