Creo en el poder omnipresente de las canciones compuestas por Robert Smith.
En el trazo frenético de las pinceladas de Van Gogh.
En el pulso sincero y anfetamínico de Johnny Cash.
En la belleza suprema de la inmaculada de Murillo
y en la elegancia siempre evidente de Bowie.
En el movimiento gracioso y único de mis gatos.
En las ideas suspendidas en el aire,
que viajan a través del tiempo y la distancia
Y se materializan encontrando su destino.
Creo en las palabras viperinas y afiladas de Bukowski.
En los ojos profundos de las pinturas de Modigliani.
En el equilibrio conseguido por Carlos Raúl Villanueva.
En la inteligencia del director Walter Gropius.
En la sabiduría del maestro Jesús Soto.
Y en la voz celestial del rey Klaus Nomi.
En las pocas cosas que me hacen conservar la fe.
En esos días en los que creo que cumplimos con nuestra misión.
Cuando me veo de 18 años,
caminando por Caracas a las 3,
aquellas tardes en las que contemplaba el mundo entero desde la cima del Ávila.
Creo en el filo de las uñas de Danielle Dax.
El vicio y melancolía de las melodías de kurt Cobain.
La transparencia en la mirada del joven Sid.
La investigación e innovación de los Cocteau Twins.
La unión eterna de Chris and Cosey, de Mickey y Mallory, de Betty y de Zorg.
La humildad de las palabras de Pancho Massiani.
En las creaciones de Ernesto Sábato.
En los poemas urbanos de Miguel James.
Creo en la lealtad de Chewbacca.
En el hasta luego de Harry.
En un joven llamado Ritchie Valens y en otro apodado Johnny Kidd.
En las tardes en el Dalpe oyendo Sentimiento Muerto,
y en los paseos por Manchester,
algunas tardes lluviosas junto a los Smiths.
En el Drácula de Bela Lugosi,
En Velázquez, en Ribera y en Dalí.
Y en el fuego purificador que encontré en tus ojos,
aquella noche número 17 en la que llegaste a mi.