En el esfuerzo hacia la cima, hacia lo absoluto, el hombre se vence, se afirma, se encuentra a sí mismo. En la extrema tensión del combate, en las fronteras de la muerte, el universo se desvanece, pareciendo acabar a nuestro lado. El espacio, el tiempo, el temor, el sufrimiento, no existen ya. Puede suceder entonces que todo se torne fácil. Como en el vértice de una ola, o en la furia de un ciclón, una gran tranquilidad se establece extrañamente en nosotros. Una tranquilidad que no es el vacío, sino el mismo ardor. Entonces sabemos con certeza que hay en nosotros algo indestructible, contra lo cual nada prevalecerá. La llama nacida así no se extingue ya nunca. En el extremo desprendimiento hallamos extrema riqueza.
Lucien Devies, en su «Prefacio» a Annapurna. El primer 8.000, de Maurice Herzog (1951) [tr. Maria de Quadras, 1953]









