♱𝅼ㅤ— Carne Divina.
[ Un relato de la aclamada familia Álvarez. ]
♱𝅼ㅤ— árbol genealógico de mai !
17 de Julio, 2013. 21:07 p.m
La luz de las velas iluminaban levemente el gran comedor. En el aire habitaba la melancolía y el sonido de los cubiertos chocando entre ellos.
Mai miraba fijamente el plato ante ella: un filete acompañado con puré de zapallo, espárragos y una jarrita de una salsa cuyos ingredientes no podría recordar al lado del plato de porcelana.
Sus manos temblaban con el tenedor en la mano, su garganta se negaba a emitir el más mínimo sonido como siempre, usando su silencio como defensa ante la familia Álvarez.
Sus grandes ojos oscuros levantaron la mirada para ver a su padre, él cuál comía la cena como si fuera un platillo completamente normal. Él hombre mantenía un porte serio e intimidante, fingía una compostura que Mai sabía que era una máscara a su duro temperamento.
Sebastián Álvarez se percató de la intensa mirada de su hija mayor, este le devolvió la mirada y con los ojos señaló el plato intacto frente a ella.
Mai podría oír la voz firme de su padre ordenándole algo sin que este dijera una palabra, podría imaginarse lo que le diría.
Los ojos de la chica recorrieron la mesa, sus familiares comiendo la comida en el plato en completo silencio.
Había un asiento vacío frente a ella. El de su tía Clara Álvarez.
Mai sabía porque no se encontraba allí.
Mai sabía lo que había hecho su padre la noche anterior.
Mai sabía el origen de la carne.
16 de Julio, 2013. 22:21 p.m
La de flequillo exhalo mientras miraba su reflejo en el espejo, revisando las tarjetas en su mano antes de volver a practicar. Sus ojos se revisaron antes de hablar, peinándose el flequillo con sus pequeñas manos.
— H-Hola. Soy… — las palabras le quemaban la garganta, no podía hablar ni siquiera en la comodidad de su habitación. — Soy… Mai Álvarez. Y-
La chica odiaba ver su reflejo mientras practicaba cómo hacer algo tan fácil como relacionarse con otras personas. Lo que los psicólogos le diagnosticaron como “mutismo selectivo” le daba ojeadas de burla en el colegio. No entendía como Julián siguió siendo amigo de una persona como ella, una chica “muda” que le habrá devuelto la palabra en pocas ocasiones. No lo merecía.
Con un puchero y tragándose las lágrimas de rabia, dejó las cartas sobre su tocador y comenzó a caminar hasta la puerta de su habitación. Al salir de su cuarto, ignoró la discusión entre su padre y tía, eran muy usuales, parecía que nunca se habían llevado tan bien. El trayecto a la cocina de la mansión era simple, un largo pasillo que la llevaría a unas elegantes escaleras de mármol y al final de estas se encontraría con el salón principal, la puerta de la cocina estaba camuflada con la madera de la pared. A Mai le gustaba la puerta, hacía parecer a la cocina como un lugar secreto.
El vacío de la gran casa era explicable, su madre y hermana volverían a la mañana siguiente de Francia ya que fueron a visitar a sus abuelos maternos. Sus abuelos paternos se encontraban en una reunión de socios y su tío probablemente se había quedado hasta tarde entrenando.
Ella, su padre y tía eran los únicos en la mansión Álvarez.
Sus pies descalzos pisaron el frío azulejo del suelo, abriéndose pasó en la gran cocina para buscarse un simple vaso de agua y finalmente irse a dormir.
Mai sonrió al encontrar su vaso favorito, una pequeña copa de plástico que simulaba el vidrio color rosado. Un regalo de su tío.
Mientras Mai vertía el agua, el sonido de un movimiento brusco hizo que la botella de agua tambaleara entre sus manos. Ella giró la cabeza rápidamente y miró el techo, sobre la cocina se encontraba la oficina de su padre.
Dejó la botella de agua en su lugar y tomó su copa de plástico, camino entre los oscuros pasillos de su hogar iluminados por la luz de la luna que entraba por las ventanas. Mientras subía las escaleras podía sentir que algo no estaba del todo bien, escuchaba quejidos y sonidos extraños provenientes del estudio de Sebastián.
¿Debería investigar o debería irse a dormir?
Esa era la pregunta que rondaba su cabeza mientras inconscientemente se acercaba a la puerta, mientras abría la puerta lo suficiente como para ver lo que sucedió.
Al entrar, su padre no estaba. Pero Clara sí.
Detrás del escritorio se podían ver los pies de Clara, esos tacones los usaba casi siempre. Pero la mujer se encontraba inmóvil en el suelo. La más pequeña se acercó lentamente, con miedo. ¿Dónde estaba su padre?
La mujer frente a ella tenía el cuello lastimado, con marcas de manos mientras que sus uñas tenían las puntas ensangrentadas, sus característicos ojos verdes habían perdido su brillo y miraban fijamente al techo. Mai se arrodilló a su lado, sin entender muy bien lo que estaba pasando.
— ¿Tía? — la llamó en un murmullo, su mano se acercó para tocarla, tal vez si la movía un poco podría despertarla. Pero cuando sus dedos tocaron el cuerpo tibio de la mujer, miles de imágenes del pasado volvieron a su mente con velocidad.
Su padre tenía una gran perforación en su estómago. La sangre brotaba de su boca incluso días después de su muerte, como si esta nunca se fuera a secar. El difunto cuerpo de su madre aun la abrazaba, dándole afecto incluso después de que sus poderes la hayan incinerado completamente y ahora fuera completamente ceniza.
Un grito escapó la garganta de Mai, provocando que el vaso cayera sobre la alfombra mientras caía completamente al suelo.
— No, no, no… — sollozo, moviéndose hacia atrás con la ayuda de sus codos mientras miraba a su difunta tía. — O-otra vez no… vos no. — murmuró, su espalda chocando con la pared e por instinto escondiendo su cabeza entre sus rodillas.
Las lágrimas brotaron de sus ojos mientras los recuerdos que su mente había bloqueado volvían a atormentarla una vez más. No se dio cuenta cuando Sebastián Álvarez entró en la habitación.
El sonido de sus pasos eran silenciosos y cuidadosos, acercándose a la menor.
— Hija. — la llamó, su voz fría como el hielo invadiendo la voz. Él hombre se detuvo frente a ella. — Levántate. — ordenó.
Mai levantó la cabeza con miedo, sus labios temblando mientras miraba a su padre. Tenía la manga de su camisa arremangada hasta el codo, su cabello estaba levemente despeinado y su mirada era cínica. Los ojos de la más chica se detuvieron en los rasguños en el antebrazo de Sebastián, luego miró la mano de su tía, las puntas de sus uñas ensangrentadas.
El aire le faltó, sintiendo un agujero enorme en el pecho.
— ¿Q-qué…- — su intento para formular una oración fue interrumpido por el hombre.
— Te dije que te levantes, Mai. — respondió. — Sabés que no me gusta repetir las cosas. Levántate.
Mai trago saliva mientras se secaba las mejillas húmedas con la ayuda de las mangas de su pijama. Tenía miedo de hacer cualquier cosa, solo se sentía segura donde estaba.
Sebastian pareció perder el gramo de paciencia que le quedaba, tomando a la menor bruscamente del brazo y levantándola a la fuerza, la más chica soltó un chillido mientras una lágrimas traicionera bajaba por su mejilla.
— ¡Si yo te digo que te levantes, te levantas! — le gritó, su mano apretando el brazo de Mai con fuerza. La pequeña mano libre de su hija intentó zafarse del agarre con todas sus fuerzas.
— ¡D-Dejame! — replicó con un escalofrío recorriendo su espalda, nunca le respondía a su padre.
— Cállate. — respondió. — Cállate o vas a terminar como la puta de tu tía. ¿Querés terminar así, hija? — amenazó, intensificando el agarre en su brazo.
Mai tenía miedo, ¿su propio padre mató a su tía? ¿Su propio padre la mataría a sangre fría?
Las manos le temblaban mientras su lloriqueo de dolor invadía la habitación. Sentía una gran pena en su interior, ¿porque no pasaba nada? ¿Por qué no se defendía? ¿Por qué era tan miedosa? ¿Por qué sus poderes no se activaban?
— No vas a decir nada, ¿me escuchaste? — amenazó, acercando su cabeza para verla. Tenía una mirada cínica, su padre le daba miedo. Mai negó con la cabeza rápidamente, mirándolo fijamente mientras seguía intentando soltarse.
17 de Julio, 2013. 21:12 p.m
El llamado de atención la sacó de su trance. Su madre, que estaba sentada a su lado, la había estado llamando hacía mucho rato. La de pelo azabache giró su cabeza para verla, el vestido negro que llevaba resaltaba su vientre embarazado. Mai perdió la cuenta de cuántas veces los embarazos de su madre no llegaban a término. Parecía que desde que tuvo a su hermana Ana, su cuerpo había dejado de funcionar.
— Mai. Come que se te va a enfriar. — indicó. — Acordate, siempre bocados pequeños, ¿sí?
Cuando Mai volvió a ver el plato, le provocó una arcada. No debió haber recordado.
Esta vez no podría escaparse de comer la cena, su familia estaba celebrando la lúgubre tradición que hacían cuando un miembro de la familia moría.
Los Álvarez son demasiado como para que unos simples gusanos los coman, la carne y sangre de los Álvarez tiene que mantenerse de generación a generación. Por eso, en la noche después de celebrar el funeral, la familia se reunía y comían los restos del familiar fallecido.
“Para mantener la pureza de la familia” le explicó su abuela.
Mai tomó el tenedor entre sus dedos con la gracia con la que se lo habían enseñado, cortó un pequeño pedazo de la carne y lo miró unos segundos. Con cuidado, comió el alimento y vio el cuadro familiar, enfocándose en el rostro de Clara Álvarez.
— Perdón, tía. — pensó ella. — Prometo ser valiente y fuerte para que mi papá no le haga eso a nadie más.










