EL MIEDO COMO GUIA
“Quizás todas las cosas terribles son en su fondo cosas impotentes que necesitan nuestra ayuda.” — Rainer Maria Rilke
Durante años, me machacaron que el miedo era señal de que no tenía fe.Que si un escalofrío me recorría la espalda, era porque no amaba lo suficiente. Que no creía en Dios de verdad. Que algo en mí estaba roto, defectuoso, como un cable pelado.
Me lo pintaban con versos de la Biblia, envueltos en palabras que sonaban a bálsamo, pero eran juicio. "El perfecto amor echa fuera el temor", repetían como un mantra. Y yo lo susurraba en la oscuridad o para mis adentros, como si eso bastara para exorcizarlo. Pero el temor seguía ahí. Y a veces el miedo también.
Entonces pensaba: "Si el temor no se va, yo no amo. No creo. Merezco castigo." Me decía: "Tienes poca fe."
Me culpaba por sentir miedo. Creía que era mi culpa. Que lo merecía.
Y así, el miedo se duplicaba, como un eco malvado. Primero, el temor original, ese nudo en el estómago.Después, el miedo al miedo mismo,
"¿Soy yo la que falla? ¿Soy yo la causa? ¿Fallo en algo? ¿Soy débil, mala, mundana, falsa?"
Aunque ahora, con el tiempo, me permito ser humana de pies a cabeza –con grietas y todo– sigue latiendo esa urgencia de "hacer algo". Llegan los grandes "debo", como órdenes grabadas en piedra:
Debo responder.
Debo mostrar firmeza.
Debo ser valiente.
Y si no lo logro, llega la culpa. Culpa por no ser suficiente. Por no ser la persona espiritual que otros ven. Por no ser “valiente” en realidad.
Pero hoy, además de abrazar mi humanidad, me atrevo a algo nuevo: el temor y el miedo no son errores.
El temor no grita "¡falta de amor!".
El miedo no susurra "poca fe".
Son hilos de ese mismo tapiz que llamamos camino. Así que quiero mirar al temor y al miedo de frente.
Sin culpas.
Sin mandatos.
Sin castigos espirituales.
Quiero entenderlos. Caminar con ellos. Sin pelear. Sin retorcerme. Quiero hacerlos mis guías.
Quiero invitarlos a guiarme, a susurrarme sus secretos. Porque quizás, en su temblor, esconden el camino a casa.















