Cuando llegaba el verano y la luna cerraba un poquito los ojos, solíamos hablar de estrellas, de galaxias y constelaciones, viajeros silenciosos, viajeros nocturnos; amé las estrellas desde que cayó en mí la primera noche, pero hubiera entregado cada una de ellas por sembrar más historias en sus ojos curiosos, vaya ironía la mía… siempre tan letrado y menos valiente, jamás le dije que ya tenía la mejor vista del universo y que estaba justo ahí, en sus ojos.









