El profesor de inglés tras la degustación de Sorin. Adrián se despertó con un sobresalto, su cuerpo todavía temblando de la intensidad de la noche anterior. La cama estaba empapada de sudor, y su mente era un torbellino de imágenes: los pies grandes y sudados de Sorin, el sabor salado de su piel, los mordiscos, el sótano… Se sentó al borde de la cama, pasándose las manos por el rostro, intentando distinguir si todo había sido real o solo un sueño febril. "¿Qué coño hice anoche?", murmuró para sí mismo, con la voz ronca. Pero algo dentro de él, un instinto oscuro, lo empujó a bajar al sótano para comprobarlo.
Bajó las escaleras con pasos lentos, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Al abrir la puerta del sótano, la luz polvorienta de la bombilla reveló a Sorin, todavía allí, sobre el colchón viejo. El rumano yacía de lado, con la poca ropa que le quedaba—una camiseta rasgada y unos calzoncillos sucios—colgando de su cuerpo como harapos. Las heridas de los mordiscos en sus pies, piernas y abdomen habían dejado de sangrar, pero las marcas rojas y moradas estaban empezando a cicatrizar, dejando un mapa de su hambre sobre la piel pálida de Sorin. Adrián se quedó helado, su respiración entrecortada. "Entonces… fue real", susurró, sintiendo una mezcla de culpa y excitación.
Se acercó con cautela, arrodillándose junto al colchón. En su mano llevaba un trapo húmedo que había tomado de la cocina, con la intención de limpiar un poco las heridas y aliviar su propia conciencia. "Voy a limpiarte, cabrón… no voy a hacer más, lo juro", murmuró, más para sí mismo que para Sorin, mientras empezaba a pasar el trapo por una de las marcas en el pie derecho. Pero en ese momento, Sorin abrió los ojos de golpe, con una mirada llena de furia y desprecio. "¡No me toques, enfermo de mierda! ¡Suelta, cabrón, suelta ya!", gruñó, su acento rumano cargado de veneno mientras intentaba mover las piernas para apartarlo. En su forcejeo, el pie derecho golpeó los labios de Adrián con un roce accidental, y el sabor salado y familiar de la piel sudada inundó su boca.
Adrián se quedó paralizado, el trapo cayendo de su mano mientras ese sabor despertaba de nuevo sus instintos más oscuros. "Joder… sigues sabiendo tan rico", susurró, con los ojos brillantes de deseo. Intentó resistirse, apretando los puños y murmurando: "No, no, para, no voy a…", pero Sorin no ayudaba. "¡Eres un asqueroso, suelta mis pies, hijo de puta!", escupió, moviendo las piernas con más fuerza, haciendo que las plantas sudadas rozaran una y otra vez los labios de Adrián. Ese movimiento, ese sabor, fue demasiado. Adrián perdió el control, inclinándose para lamer la planta del pie derecho de arriba abajo, dejando que la lengua se deslizara por cada curva mientras gemía: "Hostia, qué bueno estás, cabrón… no puedo parar". Dio un mordisco rápido en el arco, arrancando un gran trozo de carne que masticó con un gruñido, lentamente. "Delicioso… sigues siendo un puto manjar", jadeó, levantándose de golpe, con el corazón acelerado.
Sin mirar atrás, salió del sótano, dejando a Sorin gritando insultos a su espalda. Necesitaba aire, necesitaba calmarse. Subió las escaleras, tomó las llaves y salió a la calle, caminando sin rumbo mientras el sol de la mañana le golpeaba el rostro. Su mente era un caos, pero el sabor de Sorin seguía en su lengua, y eso lo mantenía al borde de la locura.
Mientras paseaba por una calle tranquila, una voz lo sacó de sus pensamientos. "Vaya, Adrián, tienes cara de haber pasado una noche… intensa", dijo alguien con un tono burlón. Adrián se giró y vio a Lucas, un chico que conocía de lejos, apoyado contra una pared con una sonrisa divertida. Lucas era delgado, con un aire astuto en sus ojos oscuros, y siempre parecía estar observando más de lo que decía. Adrián frunció el ceño, sintiendo un nudo en el estómago. "¿Qué quieres, Lucas?", preguntó, intentando sonar casual, pero su voz temblaba.
Lucas se acercó, con las manos en los bolsillos, y su sonrisa se ensanchó. "Te vi anoche, sabes… con ese rumano. Sorin, ¿verdad? Menudo espectáculo, tío. Te lo comiste de verdad", dijo, con un tono que mezclaba admiración y burla. Adrián palideció, abriendo la boca para negarlo. "No sé de qué hablas, yo no…", pero Lucas lo interrumpió con un gesto de la mano. "Tranquilo, tranquilo, no pasa nada. Me gustó verte… cómo disfrutabas de sus pies, cómo lo saboreabas, cómo lo hiciste tu juguete. Fue… excitante, ¿sabes?", confesó, con un brillo travieso en la mirada.
Adrián se quedó en silencio, sin saber qué decir, pero Lucas continuó, sacando su teléfono y mostrándole una foto. Era un chico joven, vestido con un traje negro impecable, sentado en una silla con un pie descalzo en primer plano, grande y rosado, con los dedos gordos y la planta lisa. "Mira esto, Adrián. Este es Marcos, un profesor de inglés que conozco. Odia los pies, no soporta que se los toquen, pero siempre anda ajetreado, dando clases, corriendo de un lado a otro… y mira qué pies tiene, enormes, perfectos para ti", dijo Lucas, con una voz suave pero cargada de intención.
Adrián sintió un calor subirle por el pecho mientras miraba la foto. Esos pies… eran irresistibles, y la idea de que Marcos los odiara solo lo hacía más tentador. "No sé, Lucas… lo de anoche fue… no sé si quiero seguir con esto", murmuró, pero su voz carecía de convicción. Lucas se rio, dándole una palmada en el hombro. "Vamos, Adrián, sé que lo deseas. Te vi con Daniel hace tiempo, probando sus pies de broma, y anoche con Sorin… sé lo que te gusta. Y yo te voy a ayudar a seguir tus deseos. Marcos es tu próximo reto. Imagina lamer esos pies, saborearlos, hacerlos tuyos… Sé que puedes ingeniártelas para probarlos", dijo, con un tono que era puro desafío.
Adrián tragó saliva, mirando la foto una vez más. El sabor de Sorin todavía estaba en su lengua, y ahora la imagen de los pies de Marcos lo tentaba como un nuevo banquete. Lucas lo observó, sabiendo que había plantado la semilla. "Piénsalo, Adrián. Te voy a estar incitando, trayendo chicos jugosos como Marcos… porque sé que no puedes resistirte", susurró, antes de alejarse con una sonrisa, dejando a Adrián solo con sus pensamientos y un deseo que sabía que no podría ignorar por mucho tiempo.
Adrián caminaba por las calles con las manos en los bolsillos, intentando calmar el torbellino de pensamientos que lo consumía. El encuentro con Lucas lo había dejado inquieto, y la imagen de los pies de Marcos seguía rondándole la cabeza. Necesitaba distraerse, poner su mente en otra cosa antes de que el deseo lo dominara por completo. Decidió pasar por la casa de Daniel, su amigo gamer con el que solía jugar de vez en cuando. Quizás unas partidas rápidas lo ayudarían a relajarse.
Llegó al pequeño apartamento de Daniel y tocó el timbre. Su amigo abrió la puerta, con una sonrisa despreocupada, vestido con una camiseta vieja y unos pantalones de chándal. "¡Ey, Adrián! ¿Qué pasa, tío? ¿Vienes a que te dé una paliza en el juego?", bromeó Daniel, haciéndole un gesto para que entrara. Adrián forzó una sonrisa, entrando y sentándose en el sofá mientras Daniel preparaba la consola. "Sí, algo así… necesito desconectar un poco", murmuró, pero su mente ya estaba divagando.
Mientras jugaban una partida rápida, Adrián no podía evitar mirar los pies descalzos de Daniel, que estaban apoyados en la mesita frente al sofá. Recordó el masaje de pies que le había dado hace tiempo, una broma que había encendido su obsesión. Esos pies eran más pequeños que los de Sorin, con dedos delgados y plantas suaves, pero la idea de probarlos de nuevo lo tentaba. "Seguro que sabes distinto que Sorin… más dulce, más limpio… me comería esos piececitos ahora mismo", pensó, mordiéndose el labio mientras apretaba el mando con más fuerza de la necesaria.
Daniel, ajeno a los pensamientos de Adrián, rompió el silencio. "Oye, por cierto, ¿ya lavaste mis calcetines? Te los llevaste la última vez que viniste, ¿no?", preguntó con tono casual, sin apartar la vista de la pantalla. Adrián sintió un calor subirle por el rostro. Esos calcetines sudados estaban guardados en su casa, un trofeo que había olido más veces de las que quería admitir. "Eh… sí, sí, los lavé, pero… se me olvidó traerlos, lo siento", mintió, tartamudeando mientras intentaba cambiar de tema. Pero la sola mención de los calcetines hizo que su hambre regresara con más fuerza. "Tengo… tengo que irme, Dani, me dio hambre de repente", dijo, levantándose de golpe y dejando el mando sobre el sofá.
Salió del apartamento casi corriendo, con el corazón acelerado y el deseo rugiendo dentro de él. Antes de regresar a casa, pasó por una farmacia cercana. Compró algunas cosas: vendas, desinfectante, analgésicos y un suero para mantener a Sorin con vida. No quería que su banquete terminara demasiado pronto; quería seguir disfrutando de él mientras lo devoraba poco a poco. Con la bolsa en la mano, llegó a su casa, bajó al sótano y encontró a Sorin todavía atado, con el cuerpo sudoroso y las heridas cicatrizando lentamente.
Sorin lo miró con odio, gruñendo en su español entrecortado: "Suelta… cabrón… no hagas más…". Pero Adrián ya estaba perdido en su hambre. "Cállate, campeón, voy a comerte un poco más… pero primero te curo, no quiero que te me mueras todavía", murmuró, limpiando las heridas con el desinfectante y dándole un analgésico para mantenerlo consciente pero atenuar el dolor. Luego, sin poder resistirse, se inclinó sobre el pie derecho de Sorin y dio un mordisco profundo en el arco, arrancando un trozo de carne que masticó con un gemido. "Joder, qué rico estás… sigues sabiendo a sudor, a hombre… no me canso de ti", gruñó, lamiendo la zona mordida mientras Sorin gemía de dolor.
En ese momento, la puerta del sótano se abrió de golpe, y Lucas bajó las escaleras con una sonrisa traviesa. "Vaya, Adrián, no pierdes el tiempo, ¿eh?", dijo, apoyándose contra la pared mientras miraba el cuerpo de Sorin. Adrián se giró, jadeando, con la boca todavía húmeda de saliva y sangre. "Lucas… ¿qué haces aquí?", preguntó, pero Lucas lo ignoró, acercándose para inspeccionar a Sorin. "Sigue comiéndolo, tío, no pares ahora. Mira este cuerpo… huele sus calzoncillos, están sudados, te va a encantar", lo animó, con un tono cargado de morbo.
Adrián, incapaz de resistirse, tomó el calzoncillo sucio de Sorin y lo olió profundamente, gimiendo mientras el aroma salado y masculino le llenaba los pulmones. "Hostia, qué bueno…", murmuró, lamiendo la tela con ansia. Lucas se rio, sacando algo de su bolsillo: los calcetines sudados de Daniel, que había robado de la casa de Adrián. "Pónselos, Adrián, imagina el olor de Daniel mezclado con el de Sorin… va a ser una locura", dijo, y Adrián, con las manos temblando, colocó los calcetines en los pies mordidos de Sorin, oliendo la mezcla de sudores mientras lamía las plantas a través de la tela. "Joder, qué rico… Daniel y tú juntos… me voy a volver loco", gruñó, mordiendo de nuevo con más fuerza.
Lucas lo observó con satisfacción, y cuando Adrián terminó, jadeando de placer, le dio una palmada en el hombro. "Eso es, Adrián, disfruta… pero ahora tienes que ir por más. ¿Recuerdas a Marcos, el profesor de inglés? Esos pies grandes que odia que le toquen… tienes que probarlos. Sé que puedes ingeniártelas para saborearlos", dijo, con un brillo de desafío en los ojos. Adrián, todavía temblando de excitación, asintió lentamente. La idea de unos nuevos pies, grandes y prohibidos, lo tentaba demasiado.
Salió del sótano, dejando a Sorin atado y gimiendo débilmente, mientras Lucas lo seguía con una sonrisa. La historia de Adrián y su hambre insaciable apenas comenzaba, y los pies de Marcos serían su próximo objetivo, un nuevo capítulo en su obsesión que Lucas estaba más que dispuesto a alimentar.
Adrián salió de su casa con una mezcla de nervios y excitación, la imagen de los pies grandes de Marcos grabada en su mente desde que Lucas le mostró la foto. Sabía que debía ser discreto; Marcos no era como Sorin, un extranjero de paso que podía desaparecer sin dejar rastro. Marcos era un profesor de inglés conocido en la zona, y si se enteraba de lo que Adrián planeaba, podría delatarlo y arruinarlo todo. Pero el deseo era más fuerte que el miedo, y con las palabras de Lucas resonando en su cabeza—"Sé que puedes ingeniártelas para saborearlos"—Adrián comenzó a trazar un plan.
Primero, investigó un poco sobre Marcos. Lucas le había dado algunos detalles: Marcos daba clases de inglés en un pequeño centro de idiomas por las tardes, y siempre estaba ajetreado, corriendo de una clase a otra. Adrián decidió inscribirse en una de sus clases como estudiante, usando un nombre falso para no levantar sospechas. Se presentó el primer día con ropa discreta, una camisa sencilla y jeans, intentando pasar desapercibido entre los demás alumnos. Marcos, vestido con un traje negro impecable como el de la foto, estaba frente a la pizarra, explicando gramática con un tono serio y profesional. Adrián apenas podía concentrarse en la lección; sus ojos se desviaban constantemente a los zapatos de Marcos, imaginando los pies que había visto en la foto, grandes, rosados, con dedos gordos y plantas lisas.
Durante la clase, Adrián observó cada detalle del comportamiento de Marcos. Notó que el profesor parecía incómodo con el calor del aula y que, de vez en cuando, se agachaba para ajustar sus zapatos, como si le molestaran después de un largo día. También vio que Marcos tenía un hábito: al final de cada clase, se sentaba en una silla al fondo del aula para revisar los ejercicios de los alumnos mientras ellos salían. Ese sería su momento, pensó Adrián. Pero necesitaba una excusa para quedarse a solas con él sin levantar sospechas.
Al terminar la clase, mientras los demás estudiantes recogían sus cosas y salían, Adrián fingió tener problemas con un ejercicio. Se acercó al escritorio de Marcos con una hoja en la mano, poniendo cara de confusión. "Profe, no entiendo esta parte… ¿podría explicármela un poco más?", preguntó, con un tono tímido y respetuoso. Marcos suspiró, claramente agotado, pero asintió. "Claro, siéntate un momento", dijo, señalando la silla junto a la suya. Adrián obedeció, con el corazón latiéndole con fuerza mientras veía a Marcos quitarse los zapatos con un gesto de alivio, dejando los pies cubiertos por calcetines negros sobre el suelo. El aroma ligero del sudor comenzó a filtrarse en el aire, y Adrián tuvo que apretar los puños para controlarse.
Mientras Marcos explicaba el ejercicio, Adrián dejó caer su lápiz al suelo a propósito, asegurándose de que rodara debajo del escritorio. "Ups, lo siento, se me cayó", dijo, agachándose rápidamente para recogerlo. En esa posición, estaba a solo centímetros de los pies de Marcos, y el olor era más fuerte ahora, un aroma limpio pero con un toque de sudor después de un día ajetreado. Adrián sabía que no podía ser obvio; necesitaba actuar rápido y en silencio. Mientras fingía buscar el lápiz, acercó la cara al pie derecho de Marcos, que descansaba relajado contra el suelo, y rozó la planta con los labios, apenas un roce para probar el sabor.
El calcetín estaba ligeramente húmedo, y el sabor salado del sudor mezclado con el tejido de algodón hizo que Adrián cerrara los ojos por un segundo, conteniendo un gemido. Pero no podía detenerse ahí. Aprovechando que Marcos estaba concentrado en la hoja, Adrián se atrevió a más. Sacó la lengua y lamió la planta del pie derecho a través del calcetín, un movimiento rápido y silencioso, desde el talón hasta el arco. El sabor era más intenso de lo que había imaginado, limpio pero con un toque de sudor que lo volvía loco. "Joder, qué rico…", pensó, mientras su corazón latía desbocado.
Marcos no pareció notar nada, pero Adrián sabía que necesitaba ser aún más cuidadoso. Fingió encontrar el lápiz y se incorporó, murmurando un "Gracias, ya lo tengo". Luego, para justificar quedarse un poco más, señaló otro ejercicio en la hoja. "Y… ¿esto de aquí? No lo entiendo tampoco", dijo, asegurándose de mantener la atención de Marcos en el papel. Mientras el profesor explicaba, Adrián dejó caer su cuaderno al suelo esta vez, repitiendo el mismo truco. Volvió a agacharse, y esta vez fue más atrevido. Con los dedos, rozó el borde del calcetín del pie izquierdo y lo bajó ligeramente, lo justo para exponer los dedos de Marcos.
No pudo resistirse. Abrió la boca y chupó el dedo gordo con un movimiento rápido, envolviéndolo con la lengua mientras saboreaba la piel suave y cálida. El sabor era increíble, más dulce que el de Sorin, con un toque de sudor que lo hacía adictivo. Pasó al siguiente dedo, chupándolo con la misma delicadeza, asegurándose de que Marcos no sintiera nada más que un roce leve. Uno por uno, lamió cada dedo, mordisqueando suavemente el más pequeño mientras su respiración se aceleraba. "Eres delicioso, cabrón… no sabes cuánto te deseaba", pensó, perdido en el momento.
Marcos, concentrado en la explicación, no parecía notar nada, pero Adrián sabía que no podía tentar a la suerte por mucho más tiempo. Volvió a su posición, recogiendo el cuaderno con una sonrisa forzada. "Ya lo entendí, profe, muchas gracias", dijo, levantándose rápidamente. Marcos asintió, sin mirarlo, mientras recogía sus cosas para irse. "De nada, nos vemos en la próxima clase", respondió, con tono cansado.
Adrián salió del aula con el corazón a mil, el sabor de los pies de Marcos todavía en su lengua. Había logrado saborearlos sin ser descubierto, pero sabía que no sería suficiente. Quería más, mucho más. Cuando llegó a la calle, Lucas lo estaba esperando, apoyado contra una pared con una sonrisa de complicidad. "Entonces, ¿cómo te fue con el profe?", preguntó, con un brillo travieso en los ojos. Adrián, todavía jadeando de excitación, simplemente sonrió. "Delicioso… pero necesito más", murmuró, sabiendo que Lucas ya estaba planeando su próximo reto. La obsesión de Adrián por los pies y los chicos jugosos apenas comenzaba, y Lucas estaría ahí para alimentarla en cada paso del camino.
Adrián caminaba junto a Lucas por la calle, con el sabor de los pies de Marcos todavía impregnado en su lengua. La experiencia en el aula lo había dejado ansioso por más, pero también sabía que había tenido suerte de no ser descubierto. Lucas, con esa sonrisa astuta que nunca se borraba de su rostro, lo miraba de reojo mientras jugueteaba con su teléfono. "Te vi salir del centro de idiomas con cara de satisfacción, Adrián… pero creo que quieres más, ¿verdad?", dijo, con un tono cargado de complicidad. Adrián asintió lentamente, sintiendo cómo el deseo volvía a encenderse dentro de él. "Sí… pero fue arriesgado, Lucas. Si Marcos se da cuenta, estoy jodido", murmuró, con la voz temblorosa.
Lucas se rio, dándole una palmada en el hombro. "Por eso estoy aquí, tío. Sé cuánto te gusta saborear esos pies… y sé que los calcetines te dieron un buen aperitivo, pero imagina lamerlos sin nada, directo de la piel, cada dedo, cada planta… ¿no te mueres por probarlos así?", preguntó, con una voz suave pero tentadora. Adrián tragó saliva, imaginando la piel suave y rosada de los pies de Marcos, sin la barrera de los calcetines, el sudor puro en su lengua. "Joder, claro que sí… pero ¿cómo? Es demasiado arriesgado", respondió, aunque su tono dejaba claro que estaba dispuesto a intentarlo.
Lucas sonrió aún más, sacando su teléfono y mostrándole una captura de pantalla de un mensaje. "Mira, ya hice mi parte. Le escribí a Marcos desde un número falso, haciéndome pasar por un estudiante que necesita una tutoría privada urgente. Le dije que eras un amigo mío, un chico tímido pero muy aplicado, y que necesitabas ayuda extra con el inglés porque tienes un examen importante. Le pedí que se reuniera contigo en un café tranquilo después de sus clases", explicó, con un brillo de orgullo en los ojos. Adrián lo miró, sorprendido. "¿Y aceptó?", preguntó, con el corazón acelerado. Lucas asintió. "Claro, Marcos es un profe dedicado. Te espera mañana a las seis en el Café Azul, ese que está cerca del centro. Ahora te toca a ti hacer el resto", dijo, guiñándole un ojo.
El día siguiente, Adrián llegó al Café Azul con un nudo en el estómago y un plan en mente. Se había vestido con ropa discreta para no levantar sospechas, y llevaba un cuaderno y un bolígrafo para mantener la fachada de estudiante serio. Marcos ya estaba allí, sentado en una mesa al fondo del local, con su traje negro impecable y una taza de café frente a él. Adrián se acercó con una sonrisa tímida, saludándolo con un "Hola, profe… soy Adrián, el amigo de… eh, del chico que te escribió". Marcos lo miró con un gesto cansado pero amable, señalándole la silla frente a él. "Sí, claro, siéntate. Vamos a trabajar en lo que necesites para tu examen", dijo, con tono profesional.
Mientras Marcos comenzaba a explicarle algunos conceptos de gramática, Adrián puso en marcha su plan. Había traído consigo una pequeña botella de agua que había manipulado con un toque de somnífero suave, lo suficiente para adormecer a Marcos sin dejarlo inconsciente. "Profe, ¿quiere un poco de agua? Hace calor aquí, y usted lleva todo el día trabajando", ofreció, con un tono inocente mientras le tendía la botella. Marcos, distraído y claramente agotado, aceptó sin pensarlo. "Gracias, sí, hace calor con este traje", dijo, dando un sorbo largo antes de volver a los ejercicios.
Adrián esperó pacientemente, fingiendo tomar notas mientras observaba cómo los efectos del somnífero comenzaban a hacer mella. Los párpados de Marcos se volvían pesados, y su voz se volvía más lenta mientras explicaba. Aprovechando que el café estaba casi vacío y que estaban en una esquina apartada, Adrián decidió actuar. "Profe, creo que se le cayó algo debajo de la mesa", dijo, señalando al suelo con un gesto casual. Marcos, atontado, se agachó ligeramente para mirar, y en ese momento Adrián se deslizó bajo la mesa con rapidez, moviéndose con el sigilo de un depredador.
Los pies de Marcos estaban descalzos; se había quitado los zapatos durante la conversación, probablemente por el calor, y los calcetines estaban enrollados dentro de ellos. Adrián sintió un calor subirle por el pecho al ver esas plantas grandes y rosadas, ligeramente sudadas después de un día ajetreado. No había tiempo que perder. Se acercó con cuidado, asegurándose de que Marcos no lo viera, y rozó la planta del pie derecho con los labios, inhalando el aroma limpio pero con un toque de sudor que lo volvió loco.
Abrió la boca y lamió desde el talón hasta los dedos, dejando que la lengua se deslizara por la piel suave y cálida. El sabor era puro, sin la barrera de los calcetines, y Adrián tuvo que contener un gemido mientras saboreaba el sudor ligero que se acumulaba en el arco. "Joder, qué rico…", pensó, mientras chupaba el dedo gordo con delicadeza, envolviéndolo con la lengua y succionándolo lentamente. Pasó al siguiente dedo, lamiéndolo de arriba abajo, saboreando cada pliegue de la piel mientras su respiración se aceleraba. Uno por uno, chupó cada dedo, mordisqueando suavemente el más pequeño mientras Marcos, atontado por el somnífero, apenas se movía, murmurando un "Qué… qué pasa…" con voz pastosa.
Adrián sabía que no podía quedarse mucho tiempo. Se incorporó rápidamente, con el sabor de Marcos todavía en la lengua, y fingió recoger algo del suelo. "Ya lo encontré, profe, no era nada", dijo, con un tono casual mientras volvía a su silla. Marcos, con los ojos entrecerrados, asintió lentamente, claramente desorientado pero sin sospechar nada. Adrián terminó la tutoría con prisas, agradeciendo a Marcos con una sonrisa forzada antes de salir del café. Su corazón latía con fuerza, y el sabor de esos pies desnudos lo había dejado al borde de la locura.
Afuera, Lucas lo esperaba con una sonrisa triunfal. "Lo hiciste, ¿verdad? Puedo verlo en tu cara", dijo, con un tono cargado de satisfacción. Adrián asintió, jadeando. "Sin calcetines… joder, Lucas, fue mejor de lo que imaginé", murmuró, relamiéndose los labios. Lucas se rio, dándole una palmada en la espalda. "Eso es, Adrián. Esto es solo el principio… tengo más retos para ti, más chicos jugosos que saborear", dijo, mientras los dos se alejaban, con Adrián ya imaginando su próxima conquista y Lucas alimentando su obsesión sin fin.
Adrián bajó al sótano con los calcetines de Marcos apretados en su mano, el aroma salado todavía fresco en su memoria mientras su polla palpitaba dentro de los pantalones. El deseo lo consumía, y ver a Sorin atado sobre el colchón, con el cuerpo sudoroso y las heridas de sus mordiscos marcando su piel pálida, solo avivó su hambre. Los ojos del rumano destilaban odio puro, y su voz ronca gruñó un "Suelta… cabrón… no hagas…" con ese acento rumano que a Adrián le ponía aún más duro. Pero no le importaba; Sorin era su banquete, y ahora tenía nuevos ingredientes para hacerlo aún más delicioso.
Sacó los calcetines de Marcos del bolsillo y los acercó a su cara, hundiendo la nariz en la tela húmeda con un gemido profundo. "Joder, Marcos… tus calcetines sudados… huelen a ti, a tu día ajetreado, a tus pies grandes… me voy a correr solo de olerlos", jadeó, lamiendo la tela con la lengua plana, chupando el sudor que se había acumulado en la zona de los dedos. El sabor salado explotó en su boca, y Adrián cerró los ojos, gimiendo mientras se imaginaba lamiendo los pies desnudos del profesor otra vez. Luego miró a Sorin, con una sonrisa salvaje, y se acercó a él, arrodillándose frente a sus pies atados.
"Vamos a mezclar sabores, cabrón", gruñó, tomando el pie derecho de Sorin y deslizando el calcetín de Marcos sobre él, ajustándolo con cuidado para que cubriera cada centímetro. El pie izquierdo ya llevaba el calcetín sudado de Daniel, que Lucas le había dado antes. Adrián se inclinó, con la respiración acelerada, y olió los pies de Sorin, ahora cubiertos con los calcetines de dos chicos diferentes. "Hostia puta… un calcetín de Daniel, dulce y suave como su culito de gamer, y otro de Marcos, salado y fuerte como un macho de verdad… me voy a volver loco", jadeó, restregando la cara contra las plantas mientras aspiraba con fuerza. El calcetín de Daniel desprendía un aroma más ligero, con un toque de jabón mezclado con el sudor de alguien que apenas se movía, mientras que el de Marcos era puro vicio, con el sudor de un día entero atrapado en la tela, intenso y masculino.
Abrió la boca y lamió el pie derecho a través del calcetín de Marcos, dejando que la lengua se deslizara desde el talón hasta los dedos, chupando con un sonido húmedo y desesperado. "Joder, qué mezcla… el sudor de Marcos con el tuyo, cabrón… es como follarme a los dos con la boca", gruñó, succionando la zona de los dedos con tanta fuerza que la tela se empapó de su saliva. El sabor salado de Marcos se mezclaba con el sudor rancio de Sorin, creando una combinación que lo hacía gemir como un animal. Pasó al pie izquierdo, con el calcetín de Daniel, y lamió con la misma ansia, dejando que su lengua se hundiera en la tela mientras saboreaba el contraste. "Daniel… tan dulce, tan rico… y tú, cabrón, tan sucio… me vais a hacer correrme sin tocarme", jadeó, mordiendo la tela con los dientes, arrancando un pequeño pedazo que masticó con un gemido obsceno.
Sorin forcejeaba, su cuerpo temblando mientras gruñía: "Para… enfermo… no… no más…". Pero cada movimiento que hacía, cada intento de mover los pies, solo hacía que Adrián se excitara más. Quitó los calcetines de los pies de Sorin y los puso en sus manos atadas, asegurándose de que la tela sudada rozara sus dedos. "Toca esto, cabrón, siente el sudor de Marcos y Daniel mientras te como", rugió, mientras se inclinaba para morder el pie desnudo de Sorin. Hundió los dientes en el talón, arrancando un trozo de piel dura que masticó con un gemido gutural, saboreando el sabor salado y ligeramente metálico de la carne. "Joder, qué rico estás… y con el sudor de Marcos y Daniel todavía en mi boca… es una puta locura", gruñó, lamiendo la zona mordida mientras la sangre y el sudor se mezclaban en su lengua.
Volvió a los pies, chupando cada dedo del pie derecho con una intensidad feroz, succionándolos uno por uno mientras gemía: "Me voy a correr, cabrón… tu piel sudada, el calcetín de Marcos en tu mano, el de Daniel en la otra… no puedo más". Abrió la boca y metió tres dedos a la vez, chupándolos con fuerza mientras su lengua se deslizaba entre ellos, saboreando cada pliegue de la piel. Luego mordió el arco del pie izquierdo con más fuerza, arrancando otro pedazo de carne que tragó con un gruñido animal. "Hostia, qué bueno… tu carne cruda, el sudor de los tres… me estoy volviendo loco", jadeó, restregando la cara contra las plantas sudadas mientras lamía sin parar, su polla palpitando dentro de los pantalones, al borde del clímax.
Adrián se bajó la cremallera, dejando que su erección quedara libre, y se masturbó con una mano mientras seguía devorando los pies de Sorin, lamiendo, mordiendo y chupando con un frenesí que lo llevaba al límite. "Voy a correrme comiéndote, cabrón… con el sabor de Marcos y Daniel en tu piel… joder, es demasiado", rugió, eyaculando con un grito mientras lamía una última vez, perdido en un éxtasis que lo consumía por completo, con la mezcla de los tres chicos en su boca empujándolo a un placer insoportable.