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thesaggin67 👣
“Caza en el gimnasio, Sorin” Sección 1
Adrián siempre había sido un observador. Mientras levantaba pesas en el gimnasio local, su atención fue capturada por un recién llegado. Sorin, con su postura seria y la forma meticulosa en que se ajustaba las sandalias deportivas después de su entrenamiento, despertó un interés particular en él.
Acercándose con la excusa de pedir una toalla extra, Adrián inhaló discretamente, capturando el aroma sutil y distintivamente masculino que emanaba de Sorin. “¿Nuevo aquí? No recuerdo haberte visto antes,” comenzó Adrián, su español teñido de una amabilidad calculada.
“Ah, sí, solo por unos días,” respondió Sorin, su español marcado por un acento fuerte. “Estoy aquí por trabajo, intentando mantener la rutina.”
La conversación fluyó más fácilmente de lo esperado. Adrián, hábil en manejar la dinámica social, invitó a Sorin a su apartamento con la promesa de cervezas locales y relajación post-entrenamiento. “Podrías usar un poco de relajación después de un entrenamiento tan intenso, ¿no crees? Tengo unas técnicas de masaje bastante buenas para los pies, especialmente después de estar todo el día sobre ellos.”
Sorin, intrigado y quizás un poco cautivado por la hospitalidad, aceptó la invitación. Propuso ir a darse una ducha para eliminar el fuerte olor de sus pies, pero Adrián insistió en que no era necesario. Mientras seguían caminando juntos, la expectativa de Adrián crecía; estaba ansioso por explorar más.
Una vez en el apartamento de Adrián, después de unas cervezas y una charla ligera sobre trivialidades y diferencias culturales, Adrián sugirió moverse al salón donde podría demostrar sus habilidades en masaje de pies. “Es una excelente manera de relajar los músculos y mejorar la circulación,” explicó, guiando a Sorin a un cómodo diván.
Con suavidad, Adrián tomó el pie de Sorin. “Relájate, esto podría sentirse un poco raro al principio, pero te aseguro que es increíblemente relajante.” Sus manos expertas comenzaron a trabajar, presionando y masajeando meticulosamente cada parte del pie de Sorin. (En su mente ansiaba lamerlos, chupar cada dedo, olía delicioso)
“Esto es… diferente,” murmuró Sorin, una mezcla de sorpresa y placer evidente en su voz. “Nunca pensé que los pies podrían recibir tanta atención”.
Mientras Adrián continuaba, se permitió ser más audaz en su toque, explorando cada dedo, cada curva con una dedicación que rozaba lo personal. “Los pies dicen mucho de una persona. Y cuidarlos es una forma de respeto, ¿no crees?” (Dijo mientras los acercaba a su boca)
Sorin, ahora completamente relajado y entrando en un estado de letargo placentero, solo asintió, permitiendo que Adrián continuara. Las barreras entre ellos se disolvieron en esa tarde de confesiones no dichas y entendimientos tácitos.
Adrián anhelaba chuparlos, no aguantaba más. Mientras, veía como Sorin se relajaba, tanto por el masaje como por la cerveza llena de somníferos que le había dado.
El primer beso
Aprovechando que cerró los ojos, tomó sus zapatillas e inhaló profundamente, “buah, vaya rico, tengo que probar a chicos del gimnasio más a menudo”.
Sorin que aún no estaba dormido, abrió los ojos. “¿Por qué hueles mis zapatillas? , dijo serio y tensando sus músculos.
Adrián decidió disimular, tomando sus calcetines “Por curiosidad, quería saber si huelen igual que tus pies, los calcetines no huelen”.
Sorin intrigado pero cansado, se limitó a contradecirlo. “Son mis zapatillas de siempre, los calcetines son nuevos, vuelve al masaje”. Algo indignado por haber interrumpido su descanso, movió sus pies y se puso una gorra, sin darse cuenta que con el brusco movimiento sus dedos rozaron los labios de Adrián.
Cerró sus ojos y Adrián comenzó a relamerse, esa dureza, ese sabor, los restos de sudor… tenía que pasar a disfrutarlos. Sorin se iba durmiendo cada vez más .
“Sería un placer,” verbalizó Adrián, sabiendo que esta experiencia sería solo el comienzo de algo nuevo y emocionante.
Se acercó a sus pies y besó la planta, cedió a sus labios, saboreó el sudor… Sorin no respondió, su respiración se volvió más profunda.
Adrián respiró hondo, el corazón le latía con fuerza mientras contemplaba a Sorin, desplomado en el sofá, con la cabeza ligeramente ladeada y la respiración profunda y pausada. La cerveza con el somnífero había hecho su trabajo. El rumano, con su cuerpo musculoso aún brillando por el sudor del gimnasio, tenía los pies descalzos apoyados en el borde del sofá, justo como Adrián los había dejado tras el masaje. Esos pies grandes, con los dedos perfectamente alineados y las plantas todavía húmedas, eran todo lo que había imaginado desde que los vio en el vestuario.
Se acercó despacio, arrodillándose frente a ellos. Las zapatillas de Sorin estaban a un lado, gastadas y con ese olor fuerte que lo había vuelto loco minutos antes. Los calcetines, empapados de sudor, descansaban arrugados junto al sofá. Adrián los había olido antes, incapaz de resistirse, y aunque Sorin le había reprendido con un gruñido—"¡Eh, qué haces, loco, vuelve al masaje!"—, ahora no había nadie que lo detuviera.
Extendió las manos temblorosas y tomó el pie derecho de Sorin, levantándolo con cuidado. La piel estaba caliente, pegajosa por el esfuerzo del entreno. Adrián acercó la nariz a la planta y aspiró profundamente, dejando que el aroma salado y terroso le llenara los pulmones. Un gemido suave escapó de su garganta. Luego, con los labios entreabiertos, rozó la base de los dedos, donde el sudor se había acumulado. El sabor explotó en su boca, ácido y delicioso, y no pudo contenerse más.
Abrió la boca y succionó el dedo gordo, envolviéndolo con la lengua mientras lo chupaba despacio, saboreando cada pliegue de la piel. Lo soltó con un leve chasquido y pasó al siguiente, mordisqueándolo suavemente con los dientes antes de lamerlo de arriba abajo. Cada dedo recibía su atención: los lamía con devoción, dejando que la lengua se deslizara entre ellos, explorando los espacios estrechos donde el sudor sabía más intenso.
Bajó la cabeza y presionó la cara contra la planta, restregándola de lado a lado. El roce áspero de la piel contra sus mejillas lo enloquecía. Abrió la boca de nuevo y mordió con cuidado el arco del pie, sintiendo la carne ceder bajo sus dientes. Luego, con un movimiento lento, arrastró la lengua desde el talón hasta la punta de los dedos, dejando un rastro brillante de saliva. El sabor salado se mezclaba con el olor que aún flotaba en el aire, y Adrián cerró los ojos, perdido en la sensación.
Giró el pie de Sorin para alcanzar el otro lado y lo lamió con más ansia, dejando que la lengua se hundiera en cada curva. Con la mano libre, levantó el pie izquierdo y lo acercó a su rostro, frotándolo contra su nariz y labios mientras seguía chupando el derecho. Los dedos del pie izquierdo se deslizaron accidentalmente dentro de su boca, y él los acogió con un gemido, succionándolos con fuerza mientras su respiración se aceleraba.
Sorin no se movía, sumido en un sueño profundo, ajeno a cómo Adrián se entregaba por completo a sus pies. Adrián los soltó un momento, jadeando, y se inclinó para tomar ambos a la vez. Los juntó frente a su cara y hundió el rostro entre ellos, lamiendo las plantas al mismo tiempo, dejando que el sudor y el calor lo envolvieran. Mordió con suavidad el borde de un talón, luego pasó la lengua por los dedos de ambos pies, chupándolos uno por uno hasta que su boca estaba llena del sabor que había deseado durante tanto tiempo.
Entre jadeos, murmuró para sí mismo: "Joder, son perfectos". Sus manos temblaban mientras seguía masajeando, lamiendo y mordiendo, perdido en su propio éxtasis, sabiendo que ese momento era suyo y solo suyo.
Mayor profundidad, el manjar inesperado
Sorin seguía inmóvil, su respiración lenta y pesada llenando el silencio de la sala. Adrián, con los ojos brillantes de excitación, no apartaba la vista de esos pies que ahora eran completamente suyos. Mientras los sostenía cerca de su cara, murmuró entre dientes: "Joder, qué ricos estás, cabrón. No sabes cuánto he esperado esto". Soltó una risa corta y ronca, lamiendo de nuevo la planta del pie derecho con un movimiento largo y húmedo. "Te invité solo por esto, ¿sabes? Me importa una mierda tu cerveza, solo quería comerme estos pies tan ricos".
Dejó caer el pie un segundo y alargó la mano hacia los calcetines sudados de Sorin, que seguían tirados junto al sofá. Los agarró con rapidez y se los metió en el bolsillo trasero del pantalón. "Estos son míos ahora, campeón", gruñó, sonriendo para sí mismo mientras volvía a tomar el pie izquierdo y lo mordisqueaba con ansia, dejando marcas leves en la piel.
Miró a Sorin, comprobando que seguía perdido en el sueño profundo. "Ni te enteras, ¿eh? Perfecto". Se bajó la cremallera del pantalón con una mano temblorosa, sin soltar el pie que lamía. Comenzó a masturbarse, rápido y desesperado, mientras chupaba cada dedo del pie de Sorin, gimiendo entre succiones. "Eres un puto manjar, joder, estás para comerte entero". Su respiración se aceleró, y con un último lametón a la planta, eyaculó sobre los pies de Sorin, el líquido blanco cayendo en gotas espesas sobre los dedos y el arco.
Sin dudarlo, se inclinó y lamió su propio semen mezclado con el sudor de los pies, saboreándolo con un gruñido de placer. "Esto sí que es bueno, mierda", masculló, relamiéndose los labios. Entonces vio el tarro de chocolate que había dejado en la mesita al lado del sofá. Lo tomó con una sonrisa torcida, destapándolo con dedos ansiosos. Untó una capa espesa sobre la planta del pie derecho de Sorin y hundió la lengua en ella, chupando el chocolate junto con el sabor salado de la piel. "Hostia, eres un postre de lujo", dijo entre lametones, untando más en los dedos y mordiéndolos con cuidado mientras el dulce se mezclaba en su boca.
Convencido de que Sorin no despertaría, dejó los pies un momento y se acercó más. Tomó una mano del rumano, flácida y pesada, y la lamió desde la palma hasta las puntas de los dedos, saboreando el sudor del gimnasio. "Todo tú estás para chuparte", susurró, pasando a las piernas. Levantó una pernera del pantalón de chándal y lamió la pantorrilla, dura y caliente, dejando un rastro de saliva.
Entonces, su mirada cayó en el bulto del calzoncillo de Sorin, visible bajo la tela sudada. Se acercó, oliendo con fuerza el aroma fuerte y masculino que desprendía. "Joder, hasta aquí hueles de puta madre", gruñó, y sin pensarlo más, sacó la lengua y lamió el contorno del miembro a través de la tela, sintiendo la humedad del sudor y el calor bajo su boca. Lo chupó con ganas, imaginando cada rincón de Sorin como un banquete.
Adrián se apartó un segundo, jadeando, y miró a Sorin de arriba abajo. "Eres mío, cabrón. Un puto objeto para darme placer. Todo tú, de los pies a la polla, estás aquí para que te coma". Volvió a los pies, untándolos de nuevo con chocolate, y siguió lamiendo, mordiendo y restregando su cara contra ellos, perdido en su propia fiebre, viendo a Sorin como nada más que un manjar para saciar su hambre reprimida.
El despertar
Adrián estaba fuera de sí, el hambre que llevaba años reprimiendo lo consumía mientras Sorin seguía desplomado en el sofá, un festín inmóvil y sudoroso que no podía escapar. Esos pies enormes, rugosos por el entreno, eran el desencadenante de todo. Los había visto en el gimnasio, asomando por unas zapatillas rotas que dejaban a la vista las plantas anchas y húmedas, y Adrián supo que no podría contenerse. Sorin, con ese carácter serio y rumano que gruñía órdenes en el gym, había sido una presa imposible de ignorar desde ese momento.
"Joder, eres un puto manjar sudado, cabrón", escupió Adrián, con la voz rota de deseo mientras lamía de nuevo los dedos del pie izquierdo de Sorin, chupándolos con fuerza hasta que la saliva le goteaba por la barbilla. "Sabes a sudor puro, a hombre de verdad, me tienes la polla dura como piedra". Los mordió uno a uno, dejando pequeñas marcas rojas en la piel, y luego restregó la cara contra la planta, aspirando el olor ácido que lo volvía loco. "Esto es otra liga, Daniel y sus piececitos de gamer no eran nada comparado contigo. Tú eres exótico, joder, un rumano entero para devorar".
Tomó el tarro de chocolate y lo volcó sobre los pies, dejando que el líquido espeso se escurriera entre los dedos. Se lanzó a lamerlo, chupando con ansia mientras gruñía: "Mira cómo te como, cabrón, te pongo dulce y salado, eres mi cena y mi postre". Restregó la lengua por cada grieta, saboreando la mezcla del chocolate con el sudor rancio del entreno, y luego mordió el talón con más fuerza, gimiendo: "Hostia, qué duro y qué rico, me podría correr solo de morderte".
De repente, Sorin emitió un gemido bajo, un sonido confuso que hizo que Adrián levantara la vista. Los ojos del rumano se entreabrieron, nublados por el somnífero, y su cabeza se ladeó lentamente. "¿Qué... mierda haces?" balbuceó, con la voz pastosa y las palabras a medio formar. Intentó mover una pierna, pero solo logró un temblor débil antes de que el cuerpo le fallara otra vez. Estaba atontado, atrapado en esa bruma entre el sueño y la conciencia, incapaz de resistir.
Adrián sonrió con ferocidad, sus manos aferrando los pies de Sorin con más fuerza. "Tranquilo, campeón, no vas a ningún lado. Estás tan bueno que no pienso parar". Volvió a lamer, esta vez más lento, dejando que la lengua se deslizara desde el talón hasta los dedos mientras Sorin lo miraba con ojos vidriosos, sin poder reaccionar. "Mira qué pies tan ricos, joder, sudados en tu propio jugo, me los como vivos", gruñó, chupando el dedo gordo con un sonido húmedo y obsceno.
Se bajó los pantalones del todo, su erección palpitando mientras se masturbaba con una mano y con la otra levantaba el pie derecho de Sorin para frotarlo contra su cara. "Hueles a macho, a gimnasio, a todo lo que me pone enfermo", jadeó, restregando los dedos sudados por sus labios antes de metérselos en la boca otra vez. Eyaculó con un grito ahogado, el semen cayendo en chorros sobre las plantas de Sorin, y sin pausa se inclinó a lamerlo, mezclándolo con el chocolate y el sudor. "Joder, qué mezcla, eres un puto vicio, sabe a gloria".
Sorin intentó hablar otra vez, un "Para..." débil y arrastrado, pero Adrián lo ignoró, subiendo por sus piernas. Levantó el borde del calzoncillo sudado y olió con fuerza, gimiendo: "Hasta tu polla huele a ti, cabrón, a sudor rumano puro". Lamió el miembro a través de la tela, chupando con hambre mientras Sorin apenas podía mover los brazos, atrapado en su propio cuerpo. Adrián lo miraba con ojos encendidos, perdido en su fiebre. "Eres mío, un trozo de carne para chupar y morder. Estos pies enormes, esta piel sudada, todo esto es para mí".
Volvió a los pies, untándolos con más chocolate y restregando su cara contra ellos, lamiendo y mordiendo sin control. "Sabes a sexo, a suciedad, a todo lo que he querido desde hace años", rugió, chupando cada dedo hasta que su boca estaba llena de sabor. Sorin, aturdido y sin fuerzas, era solo un objeto en sus manos, un banquete exótico que Adrián devoraba con una hambre que no tenía fin.
Adrián estaba al borde del abismo, arrodillado frente al sofá donde Sorin seguía atrapado en un sueño atontado, pero ahora con pequeños espasmos de resistencia. Los pies enormes del rumano, anchos y todavía brillantes por el sudor del gimnasio, se movían débilmente, tratando de escapar del agarre de Adrián. Pero eso solo lo excitaba más. Esas plantas carnosas, con los dedos gruesos y la piel áspera por el entreno, eran un banquete que no iba a dejar ir.
Agarró el pie derecho de Sorin con ambas manos, clavándole los dedos para inmovilizarlo mientras el rumano murmuraba un "Para... suéltame..." con la voz pastosa, apenas audible. Adrián lo ignoró, gruñendo: "Ni de coña, cabrón, estos pies son míos, mira qué gordos y sudados, joder, me los voy a comer enteros". Hundió la cara contra la planta, restregándola con fuerza mientras aspiraba el olor salado y rancio que lo enloquecía. El sudor se pegaba a su piel, y él lo lamía con ansia, dejando que la lengua se deslizara desde el talón hasta los dedos, saboreando cada rincón.
Sorin intentó retirar el pie, un movimiento torpe que solo hizo que los dedos se curvaran y rozaran los labios de Adrián. "Hostia, qué ricos están cuando los mueves, cabrón, me pones más cachondo", escupió Adrián, abriendo la boca para atrapar el dedo gordo. Lo chupó con fuerza, succionándolo como si fuera un caramelo, mientras su lengua rodeaba cada pliegue de la piel. El sabor salado explotaba en su boca, mezclado con el leve dulzor del chocolate que aún quedaba. "Sabes a puro vicio, a gimnasio, a macho sudado", jadeó, mordiendo el dedo con un gemido antes de pasar al siguiente, lamiéndolo de arriba abajo con un sonido húmedo y obsceno.
El pie izquierdo de Sorin se agitó, intentando empujar a Adrián, pero él lo atrapó con una mano y lo juntó al otro, presionándolos contra su cara. "Mírate, intentando escapar, pero no puedes, ¿eh? Eres mi puto banquete", gruñó, restregando las plantas contra sus mejillas mientras lamía entre los dedos, metiendo la lengua en los espacios estrechos donde el sudor se había acumulado. El roce áspero de las plantas contra su piel lo volvía loco, y él las mordía con más fuerza, dejando marcas rojas en los talones mientras Sorin gemía débilmente, "No... para...".
Adrián se masturbaba con una mano, su erección palpitando mientras lamía sin parar, chupando cada dedo con desesperación. "Joder, qué carnosos, qué duros, me los comería a bocados", rugió, mordiendo el arco del pie derecho hasta que Sorin soltó un quejido adormilado. Luego arrastró la lengua por ambas plantas al mismo tiempo, lamiendo el sudor y el chocolate en un frenesí, dejando un rastro de saliva brillante. "Eres un manjar, cabrón, tus pies sudados son mi droga, no puedo parar".
Sorin intentó mover las piernas otra vez, pero Adrián las inmovilizó, subiendo el pie derecho a su boca para chupar los dedos uno por uno, metiéndoselos hasta el fondo mientras gemía: "Mueve lo que quieras, pero no te vas, voy a correrme comiéndote entero". Eyaculó con un grito gutural, el semen salpicando su propia mano mientras lamía con más furia, perdido en el sabor salado y el calor de los pies de Sorin, que seguían temblando débilmente bajo su lengua insaciable.
Sorin, con el cuerpo todavía pesado por el somnífero, empezaba a despertar más, aunque su mente seguía nublada. Sus ojos entreabiertos mostraban una mezcla de confusión y furia mientras intentaba moverse, pero sus músculos apenas respondían. Miró a Adrián, que lamía sus pies con una intensidad feroz, y gruñó con su acento rumano marcado, las palabras duras y entrecortadas: "Ce dracu' faci, nenorocit?! Stop… stop this! Ești un… un pervers, coaie!" Su voz tenía ese tono seco y agresivo de un típico hetero "unta-unta", como si estuviera a punto de levantarse y darle un puñetazo, pero su cuerpo no le dejaba.
Adrián levantó la vista, con la boca todavía pegada a los dedos del pie derecho de Sorin, y sonrió con malicia, relamiéndose los labios brillantes de saliva. "Qué rico hablas, cabrón, pero no te voy a parar, ¿me oyes? Estás tan bueno que me da igual lo que digas". Chupó el dedo gordo con más fuerza, succionándolo hasta que hizo un sonido húmedo, mientras Sorin intentaba retirar el pie con un movimiento débil. "Joder, qué sabor, sudado y puro, eres un manjar de los que no se olvidan", gruñó Adrián, mordiendo el dedo con un gemido mientras ignoraba las protestas.
Sorin, furioso, intentó levantar un brazo, pero solo logró un temblor. "Băga-mi-aș… Ești bolnav, nenorocit! No touch me, fuck off!" escupió, su voz cargada de desprecio, aunque seguía atontado, con la lengua trabada por el sueño y el español a medio aprender. Adrián, lejos de detenerse, se excitó más con los insultos. "Sigue, sigue hablándome así, que me pones más cachondo, cabrón", rugió, soltando los pies un momento para subir por el cuerpo de Sorin. Le levantó la camiseta, dejando al descubierto el abdomen duro y sudoroso, y hundió la lengua en él, lamiendo los músculos con hambre. "Sabes a gimnasio, a ti, joder, qué rico estás", jadeó, mordiendo la piel justo debajo del ombligo, dejando una marca roja mientras Sorin gemía de impotencia.
"Îți sparg fața… când… când wake up…" balbuceó Sorin, intentando sonar amenazante, pero Adrián se rio, bajando hasta el calzoncillo sudado. Lo apartó con un movimiento brusco y tomó el miembro de Sorin en su boca, mamándolo con fuerza mientras el rumano gruñía, "Nu, nu, ce dracu'… stop, nenorocit!". Adrián lo chupó con más ganas, gimiendo: "Calla, cabrón, tu polla es mía ahora, sabe a ti, a sudor puro, me la como entera". Lo succionó con un ritmo frenético, dejando que el sabor salado le llenara la boca mientras Sorin se retorcía débilmente, atrapado en su propia pesadilla.
Entonces, Adrián se apartó, jadeando, y tomó una de las zapatillas gastadas de Sorin del suelo. La acercó a la cara del rumano y se la apretó contra la nariz. "Huele, cabrón, huele lo rico que eres", ordenó, mientras Sorin giraba la cabeza con un gruñido, "Ești… scârbos… get off!". Pero Adrián no paró, restregándole la zapatilla sudada mientras él volvía a los pies, lamiéndolos con furia renovada. "Me hablas como si fuera mierda, ¿eh? Ahora vas a ver", escupió, mordiendo el arco del pie derecho con más fuerza, dejando marcas profundas mientras Sorin gemía de dolor.
La rabia de Adrián crecía con cada insulto. "Te voy a comer de verdad, cabrón, estos pies tan ricos me los trago enteros", amenazó, con los ojos encendidos de deseo y furia. Agarró el dedo gordo del pie izquierdo y, con los dientes, arrancó un trozo de piel dura, rugosa por el entreno. Lo masticó despacio, saboreándolo con un gemido mientras Sorin lo miraba con horror, murmurando un "Ce… ce faci… bolnav…". Adrián se relamió los labios y fue al talón, mordiendo con fuerza hasta arrancar otro pedazo de piel callosa, tragándoselo con un gruñido: "Joder, qué bueno estás, hasta tu piel es un puto manjar". Se inclinó de nuevo, chupando la zona mordida mientras Sorin, atontado y desesperado, solo podía gemir, atrapado bajo el poder absoluto de Adrián.
Continuará
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