Aún no había cumplido los 30, cuando Álvaro Siza recibió el encargo de la Cámara Municipal de su pueblo, Matoshinos, para hacer unas piscinas a pie del mar.
El encargo respondía a la necesidad de crear un espacio tranquilo y seguro para que los bañistas pudieran disfrutar de ese Atlántico tan helador y violento en algunas ocasiones.
Así, se inició un proyecto en que arquitecto y naturaleza quedaban cara a cara con el desafío de llevarse bien y de entenderse hasta el punto de hacer que el Océano, encerrado entre paredes no enfureciera.
Planeó líneas rectas y limpias, roca natural y cemento y fundió el horizonte con el borde, creando ese efecto de infinity pool que casi 50 años después está tan en boga.
El resultado es una obra hecha como sin esfuerzo, como surgida de forma natural y es que la integración y la limpieza son tal, que una vez dentro, cuesta distinguir el entorno de la mano de Siza.
No me digáis que no os dan ganas de pasar todos los veranos en las piscinas de Matoshinos…