No estoy molesto, no estoy enojado… solo estoy decepcionado. De mí. De esa absurda manera mía de creer, de confiar ciegamente en alguien que parecía diferente, alguien a quien juré que nunca me haría daño. Pero las máscaras caen. Siempre caen. Y cuando la tuya se desvaneció, no vi un rostro familiar… vi algo peor. Algo vacío, frío, ajeno. Como si todo lo que creí real nunca hubiera existido.
Tal vez la culpa no es tuya. Tal vez fui yo quien inventó a alguien que nunca estuvo allí. Y eso… eso es lo que realmente me aterra. Porque me pregunto: ¿cuánto de lo que sentí fue real? ¿Cuánto de lo que viví fue solo un sueño, una ilusión que yo mismo construí? Me duele admitirlo, pero tal vez el mayor engaño no fue el tuyo, sino el mío. Yo te di vida en mi mente, te llené de cualidades que nunca tuviste, te convertí en alguien que nunca fuiste. Y ahora, cuando miro hacia atrás, solo veo un vacío donde creí que había algo sólido.
Lo peor es que, aunque quiera culparte, no puedo. Porque el verdadero error fue mío. Yo te idealicé, te convertí en algo que no eras, y ahora me toca cargar con las consecuencias. Me toca enfrentar la realidad: que todo fue una mentira, una fantasía que yo mismo alimenté. Y eso duele más que cualquier traición, más que cualquier palabra hiriente. Duele porque me hace cuestionarme todo, porque me hace dudar de mí mismo, de mi capacidad para distinguir entre lo real y lo imaginario.
Así que no, no estoy molesto. No estoy enojado. Solo estoy decepcionado. De mí. De mi ingenuidad, de mi necesidad de creer en algo que nunca existió. Y eso… eso es lo que más me duele. Porque al final, el mayor engaño no fue el tuyo, sino el mío. Y ahora me toca vivir con eso, con la certeza de que todo fue una ilusión, y que la única persona a la que puedo culpar soy yo mismo.
Palabras grabadas en la corteza de un árbol antiguo, trazadas con la desesperación de un ángel caído. Un último ruego, una plegaria rota en tinta y sangre. Buscó redención… pero el cielo nunca respondió.