Movimiento Pro Emancipación de la Mujer Chilena: una historia para revisar y matizar
Por Romina Lara Vásquez y Catalina Rodríguez Lira
Acabamos de vivir un nuevo 8 de marzo, en el que conmemoramos, otra vez, a todas nuestras compañeras víctimas de la violencia patriarcal y alentamos nuestra propia lucha de sobrevivencia ante esta situación que poco y nada ha mejorado a lo largo de los últimos años. Podemos decir que, de hecho, las problemáticas que nos afligen como comunidad hoy son bastante similares a las que afectaron a gran parte de las mujeres chilenas a comienzos del siglo XX.
Por ello, con el fin de tensionar nuestro pasado para cuestionar el presente que proyecte un futuro más digno, decidimos escribir sobre una de las organizaciones pioneras en materia de derechos de las mujeres: el Movimiento Pro Emancipación de la Mujer Chilena, o bien, MemCh.
Este movimiento de mujeres, fundado en 1935 por Elena Caffarena, Olga Poblete, entre otras intelectuales feministas; se definía como una organización apartidista, aunque abiertamente de izquierda (muestra de ello su simpatía por el Frente Popular), multiclasista y caracterizado por mezclar las luchas de género con la lucha de clases para lograr cambios significativos para las mujeres del país. Esta organización pretendía construir “una amplia organización con carácter nacional, que agrupa en su seno a mujeres de todas las tendencias ideológicas que estén dispuestas a luchar por la liberación social, económica y jurídica de la mujer”. (Declaración de principios del MemCh).
Cabe destacar que, la articulación de lo que sería en el futuro el MemCH, tal como señala Claudia Montero en La conformación del discurso feminista en diálogo con los discursos sociales: Las mujeres frente a los problemas sociales del 30, se enmarca en un proceso generalizado de manifestaciones sociales, teniendo como antecedente las primeras décadas del siglo XX con una serie de manifestaciones y huelgas a fin de lograr el reconocimiento y protección de los derechos laborales de los y las trabajadores, cuestión que se conseguiría—en cierta medida, y para unos grupos más que otros— a través de la Constitución de 1925, tras años de represión por parte del Estado.
Además, la crisis económica desatada en 1929 que remeció al comercio mundial, alcanzaría a Chile, el cual a lo largo del tiempo desarrolló una dependencia de este a través de una dinámica mono exportadora. Esto último, por supuesto, agravó las condiciones de vida de una mayoría que había sufrido los embates económicos producto de la Primera Guerra Mundial.
Debido a lo anterior, tal como la historia lo ha mostrado en diferentes épocas, las mujeres se convirtieron en una fuerza laboral relevante para el país, ante la necesidad de mantener a sus familias o, simplemente, para subsistir en una condición precarizada (más aún desde el rol social que se le asignaba a la mujer).
Cabe recordar que a principios de los 30, la situación política de Chile abría camino al Frente Popular, la alianza multipartidista de centro-izquierda que buscaba llevar a sus candidatos a la presidencia del país —y con ello el comienzo de los gobiernos radicales—. Lo anterior le permitió al MemCh trabajar abiertamente en su agenda política, en un contexto de convulsión social tras décadas en las cuales los dilemas sociales tomaron voz, sumado a la reivindicación de diferentes sujetos históricos.
El Frente Popular y sus gobiernos se distinguieron por su directriz política orientada, principalmente, a la educación de la sociedad chilena y a la disminución de la brecha de analfabetismo. Por supuesto, esto permitió que existiese mayor cantidad de personas educadas para poder aplicar a diversas ofertas laborales (especialmente técnicas). En este grupo se encontraban las mujeres de clase media y proletarias, que en gran parte, conformaron el MemCh.
De esta forma, dicho movimiento plantearía grandes temáticas que, durante mucho tiempo, habían sido ignoradas en un mundo político inundado por hombres—una cuestión que persiste en nuestro país, al menos respecto a cuotas de representación legislativa y gubernamental—. Por ello, la naturaleza teórica del MemCh radicaba, para sus fundadoras, en situar la emancipación como una arista clave para la reivindicación de la mujer como sujeto histórico trascendental. No obstante, para ello se necesitaba despejar los caminos en múltiples ámbitos (jurídico, político, laboral, económico, cultural, etc).
Por lo mismo, la labor del MemCh no se limitaba, ni mucho menos se resumía en torno a la obtención del derecho a sufragio. Abordaría materias tales como la crianza responsable—acentuando la crítica en la paternidad—, derechos laborales, salud de la mujer madre y/o trabajadora, entre otras. Claramente, aquellas ideas eran “presas de sus tiempos” y abundaba un ideario—como el rol maternal “innato” de la mujer— que en el presente se ha replanteado, e incluso, rechazado absolutamente.
Después de todo, no era tarea simple; se trataba de cargar con un discurso abiertamente feminista, en un país en donde dicho concepto parecía más el eufemismo de un arrebato que una forma política de ser. Todo ello se alineó con la ideología izquierdiesta que las acercaba a pensar la Historia como una lucha de clases, o al menos, a pensar en una sociedad dividida así. De ahí su definición como un movimiento multiclasista en un Chile ruidoso en demandas sociales, con el fin de ser el amparo de las mujeres trabajadoras y proletarias, estas últimas, las más desprotegidas.
Sin embargo, aquí es donde se produce la crítica desde la Historiografía, desde los feminismos actuales, pero también desde las obreras anarquistas contemporáneas al Movimiento Pro Emancipación de la Mujer y a las organizaciones semejantes: en realidad, no eran tan multiclasistas como decían.
El comienzo de la clase media
El movimiento anarcofeminista en Chile se vio potenciado durante estos mismos años, de la mano de organizaciones sindicales de mujeres, mancomunales, entre otras, y las primeras visitas de la activista española Belén de Sárraga al país. Según la historiadora Adriana Palomera, las obreras anarquistas desarrollaron una clara identidad de clase. Pretendían diferenciarse de las mujeres burguesas.
El MemCh, en tanto, como organización fundada por dos mujeres educadas y, sin duda, privilegiadas dentro de su entorno, concentró en su seno a mujeres de la emergente clase media impulsada por las políticas públicas del Frente Popular. Palomera también señala que el Movimiento Pro Emancipación recogió las reivindicaciones de las mujeres obreras para trabajar sobre ellas, visibilizarlas y hacerlas efectivas.
A través de su periódico La Mujer Nueva, publicación mensual que circuló entre 1935 y 1941, el MemCh divulgaba sus ideales, opinaba sobre la contingencia nacional e internacional, mantenía a las mujeres al tanto de las políticas públicas, pretendía incidir en ellas y se ganaba un espacio en la prensa nacional. Allí debatían sobre tópicos como el aborto, el que consideraban un tema de salud pública; sobre la mortalidad infantil que azotaba, principal y casi únicamente, a las familias más precarizadas de Chile; sobre sexualidad femenina y, a medida que el proceso modernizador avanzaba, tocaron problemáticas como la prostitución o el alcoholismo que se daba entre los obreros.
A pesar de informar de estas situaciones, el contenido que ocupaba más páginas de esta publicación no eran estas. El Movimiento Pro Emancipación presentaba real interés por los contextos políticos europeos, entendiendo que el fascismo avanzaba en el viejo continente y esto preocupaba de sobremanera a los intelectuales de izquierda en Latinoamérica, y a las intelectuales que formaban parte del MemCh.
Entre noticias o artículos breves de corte político, lo que más se podía leer en La Mujer Nueva eran ensayos académicos con perspectiva de género. Estos, evidente e inevitablemente, dirigidos a mujeres con mayores niveles educacionales. Podríamos decir que el público al que iba dirigida esta publicación era aquel grupo de mujeres.
Cabe destacar que La Mujer Nueva era un periódico autofinanciado por las socias del Movimiento, quienes, se cree, pagaban una cuota para gastos del colectivo, tales como la impresión y distribución de este medio de comunicación escrito. Esto se concluye, ya que dentro de las páginas de todos los números del periódico no existen anuncios publicitarios de ningún tipo.
Un legado que seguir
Es innegable que tanto este colectivo como muchos otros de principios del siglo XX sentaron las bases para que nosotras podamos vivir la vida que vivimos; ser parte activa de la sociedad, ciudadanas de plenos derechos y deberes cívicos. Incluso, si hablamos en términos de prensa, las organizaciones y movimientos de esta época permitieron que el periodismo fuese materia de mujeres también.
A lo largo de la historia de Chile debemos reconocer que las mujeres hemos jugado un rol fundamental, sobre todo en contextos de convulsión social, como lo fueron las primeras décadas del siglo pasado, como también los años más crudos de la dictadura cívico-militar y, por supuesto, estos últimos diez años de movilización social.
El avance del tiempo y los múltiples procesos que se cruzan dentro de este, demuestran que constantemente tenemos que hacernos cargo de los desafíos del futuro, como también las deudas de nuestro pasado. Por lo mismo, aquellos “vacíos” que, debido a múltiples causas, no pudo abordar el MemCh sirvieron para que aquellas mujeres que no se sintieran representadas pudieran articularse y con ello cobijarse bajo una misma identidad (tal como sucedió con los grupos anarcofeministas, disidentes, entre otros). En fin, una muestra de la diversidad que nos define y complejiza.
Tal como se ha mostrado, podemos afirmar que la única revuelta que resultó vencedora en este país ha sido la feminista. Aquella que nos brindó estos derechos políticos, pero que no acaba ahí, pues el feminismo (y los feminismos) no descansan en el mero plano de la representatividad política formal de cada país, sino más bien se mueve y busca entrar en el existir de cada persona, para lograr cambios estructurales que dignifiquen nuestra historia como mujeres. Claramente, al revisar las páginas de La Mujer Nueva del MemCh nos damos cuenta de que, con algunos alcances, las problemáticas que afectaban a las mujeres de los años 30 no distan de las que nos pesan hoy.
Salud sexual y reproductiva, aborto libre, seguro y gratuito, discusiones sobre la maternidad, violencia económica, y por supuesto, la violencia física y sexual que desde que el hombre es hombre, literalmente, han ejercido sobre nuestros cuerpos, concibiéndolos—desde su perspectiva— como una suerte de territorio que conquistar. Sin embargo, han olvidado que somos naturaleza: indómita, rebelde y fuerte, pero por sobre todo, incontrolable. Por lo mismo, hoy y todos los días tenemos que recordar nuestro camino, para nunca más ser relegadas en el silencio e injusticia que por mucho tiempo nos hicieron creer que merecíamos. Al patriarcado hace años le ha llegado su hora de caer.













