El café Veroli o sea el antiguo Progreso, como si fuese ministro de hacienda o cosa parecida, sigue siendo favorecida por una multitud de visitantes. Curiosos y calaveras van a Veroli tras el cebo que les ha puesto el actual empresarios.
Las meseras han sido para ese café, como la sangre regeneradora para los anímicos, pues que han devuelto la vida al referido establecimiento: y eso, no obstante que en los primeros días fue preciso que el dueño de él apechugase con las primeras que se le presentaron. De entonces acá, la raza ve mejorando visiblemente. En cuanto al bestiario, como diría el Bolero en el Proceso del Can-can, va a ser objeto de atractivas reformas.
Dícenme que las meseras se presentarán los domingos en trajes de fantasia. Los aficionados a las costumbres turcas, podrán ponerse una, saboreando los comestibles y bebestibles,que les serán servidos por algunas odaliscas. Así podrán ilusionarse, creyéndose sultanes y soñando en el harem.
Supongo que con el transcurso del tiempo, veremos en ese café sus náyades y sus ondinas.
Según las tendencias de los elegantes del gran mundo, el traje más a propósito para las meseras, sería el que uso nuestra madre Eva.
En cuanto a los belchites, se contenta con tomar el café y las copistas poniendo unos ojos de carnero muerto a las muchachas que les sirven.
Yo, como fiel cronista hebdomadario, a falta de imaginación con que embellecer mis artículos y de erudición con que enriquecerlos, me reduzco a reproducir tan fotográficamente como el es posible los cuadros de la semana, como pasó a hacerlo ahora modismo con los que se ven en Veroli.
Habéis de estar en que las meseras han cambiados sus nombres por números, así es que en vez de llamarse Modestas, Canutas, Severas, Benignas, Amadas, Candidas, Claras o Castas, se llaman, número uno, dos, tres, cuatro, etc.
Precisamente este último número, es uno de los que más que hacer da a la parroquia.
Sin que vayáis a creer que yo exagero, en obsequio de la verdad histórica diré: que el número cuatro es una jovencita de diez y seis abriles, de ojos negros y picarescos, de nariz un tanto cuanto levantada, y de labios provocativos, Lleva por añadidura tres lunarcillos que sobre su tez apiñonada, hacen para los viejos verdes y los jóvenes de todos colores el reflejo de las luces, el efecto que para los muchachos las pasas y las almendras que adornan un platón de dulce.
No falta en consecuencia, sus equívocos más o menos delicados o burdos, según la tela de que está formando el galán o quien sirve el número cuatro.
Por ejemplo, algún tomador de café, haciendo alusión al número que lleva la chica y al de los lunares que tiene, lo dice al paso:
Niña ¿qué número es usted?
Cuatro—dice la muchacha.
Deme usted entonces esos tres tuneares porque con el número que lleva al pecho podrían confundir a usted con el número 7.
(Todas llevan efectivamente a guisa de dolorosas, un disiento prendedor de plata con el número que les corresponde.)
Otro parroquiano de sombrero tendido, toma asiento, hace una seña al número cuatro, y le dice:
—¡Sírveme niña!
—¿Qué le traigo a usted?
—Lo que más le cuadre.
—Pues… chocolate.
—¿Con tostadas?
—No, que ya lo está mi corazón con solo ver a usted.
Por otro lado, un calvo que pretende disfrazar sus años con un casquete.
—Niña, tráigame más hielo.
¿Ahi no está?
Si pero quiero siquiera una arroba.
¡Una arroba! ¿para qué? Ahí tiene usted todavía unos pedacitos.
Es verdad; pero esos se están derritiendo como mi corazón por los de usted.
Más allá un mastodonte con los cachetes colgando como la piel de un elefante.
¿Cuánto debo niña?
Cinco reales.
Ahí está un peso: guárdese usted el vuelto.
¡No quiero dinero! Lo que quisiera es volverme ratón.
¿Para qué?
Para caer en ese número cuatro.
Llegan dos pollos crónicos y toman asiento haciendo señas a la chica para que se vaya a servirles.
Al tiempo que ella lo hace, uno de ellos le preguntó.
¿Cómo se llama usted?
Número cuatro—contestó la mesera.
No: yo quiero saber el nombre con que llaman a usted en familia.
Número cuatro, responde la otra.
Se llamará Concha ¿no es verdad? dice el compañero curioso.
En ese caso replica el primero no será Concha sino Perla, por lo preciosa.
Las diversas escenas, coloquios o como quiera llamárseles, que acabo de referir, me han impedido contar el chasco que dio ese pícaro número de quien vengo hablando, al señor de quien os hable hace ocho días, y que retablo de un anciano al Pax tecum en las patillas.
Sabéis, creo habéroslo dicho también el Domingo, que muchos de los concurrentes a Veroli invitan con instancia a las meseras para que beban con ellos.
Era de estos el señor beso: el más constante parroquiano.
Pues bien: el jueves invitó al número cuatro para tomar una copa. La de los lunares se excusó: pero habiendo instado el invitante, el número cuatro le dijo:
Es que yo sólo tomo copas de a cuatro pesos.
Tráigala usted dijo el de las patillas.
La muchacha fuese a la cantina y trajo una botella de Champagne, que entre ambos apurando quedando, si ella no tan agradecida el si bien escarmentado y resuelto a no invitar de nuevo al tal número.
Este recurso es en mi concepto más eficaz que el poner en juego otros números que al ser invitados, llevan a su mesa agua de grosella con lo cual cubren el expediente y evitan la chispa.
Como es natural no han faltado necios que echándola de garbosos, han dado un peso de gratificación a su mesera, lo cual prueba su disputable talento. Yo sospecho que los que hacen no vuelven a Veroli con frecuencia.
Por supuesto que las escenas que he referido son obra de la poca costumbre que tenemos en México de ver a las mujeres sirviendo en los cafés. Ya nos habituaremos.
La innovación tiene la ventaja de proporcionar a la mujer un modo de vivir, que no dudados aprovecharán tantas mujeres como hay, a quienes la miseria pone en grave peligro de prostituirse.