II
El motor recibía energía de las tormentas que acechaban en la ciudad, volviéndose todo oscuro por las nubes y la gran llovizna que caía, fue una de las principales razones por las que volvieron a intentarlo, denominándolo proyecto ocho. En una segunda observación para asegurarse, se veían con dificultad pinchazos alternativos en las zonas de las venas: muerte por sobredosis. — Pobrecito... ¿a qué esperas para hacerlo? La fémina era bastante nerviosa e impaciente, pero su hermano se había quedado paralizado en el momento de encender la maquina que propulsaría al cadáver los efectos eléctricos. ¿Y si volvía a fallar? ¿Y sí todo aquello solo era una obsesión? No podía sentir el fracaso, no podía fallar de nuevo, su hermana confiaba en él y no quería decepcionarla. Empezó a rezar en susurros muy bajos por si alguna especie de dios le escuchaba mientras accionó en descenso la palanca dando enseguida una carga eléctrica con bastante potencia a su proyecto. La primera no había salido bien. La segunda tampoco. — ¡Esto es imposible Isabella, joder! ¡Hemos fracasado, te he decepcionado! — No. Todavía no hemos fracasado... Espera. Sacó de un cajón un libro lleno de polvo, era antiguo con un extraño símbolo en la encuadernación, exactamente en el centro. Ese libro en latín le había comprado en una tienda de antigüedades, le había estudiado a fondo y se sabía cada renglón. — Ressurrexit a mortuis, suscitare de veritate. — Recitó de manera repetida, cada vez con un tono más perturbador hasta el punto de que Isabella tuviera los ojos en blancos, como poseída por algún demonio al haber abierto la puerta del más allá. Se aceró al cadáver mientras George permanecía inmóvil al ver semejante escena. ¿Qué cojones estaba pasando? Jamás tenía miedo, pero en ese determinado momento sus huesos tiritaron de escalofríos empezando a ver sombras por las paredes que se movían, como si alguien más a partir de ellos estuvieran ahí. — Ego Osiris, deus confert resurrectionis, ut me ad te cor tuum beat iterum. (Yo Osiris, dios de la resurrección, ordeno que tu corazón vuelva a latir) Y de repente todo se apagó. Todo dejó de funcionar. Isabella cayó al suelo inconsciente, George enseguida fue a socorrerla preocupado, mencionando su nombre con suaves palmadas en sus mejillas. ¿Qué cojones había pasado? ¿Todo eso era real? ¿Su hermana había sido poseída? ¿Y el cadáver? Ya no estaba sobre la camilla de metal, todos los cables colgaban.














