TATOO VS RAZÓN
MARZO 2012
Hoy en la mañana me visitaron tres encargadas de lo que antes llamábamos estudios “sindicados” y que, ahora, se ocupan de seguir muy de cerca las micro-tendencias; modas incipientes o potenciales, que pueden llegar a convertirse en una moda importante.
La micro-tendencia de este trimestre son los baby boomers y los tatuajes. Resulta que hoy, los jóvenes maduros, canas inquietas, contemporáneos del gray market, están descubriendo en los tatuajes un algo de rebeldía, un mucho de magia, y cierta estética o misticismo que les coquetea con un guiño de ojo, retándolos a tomar una decisión que, hasta hace unos pocos años, habría sido objeto de censura, de rechazo, de miedo y de distanciamiento en su entorno cercano, por ligarse a connotaciones obscuras, pecaminosas y deleznables.
Si hago memoria, creo que mi primer contacto con este fenómeno fue en mi juventud, al leer la novela Papillon, historia que volví a disfrutar en el cine, con un joven y fortachón Steve McQueen en el papel de aquel prisionero sexy y atractivo con una mariposa tatuada, quien destacaba en su persistencia por alcanzar la libertad y defender ese poco de dignidad humana que podía conservarse dentro de la cárcel.
En los años siguientes, vi muchas otras películas y noticias televisadas, en donde los “malos” siempre eran los que portaban tatuajes. Recuerdo la vez que supe de algún amigo de mis hijos que había decidido hacerse un pequeño tatuaje escondido. Y también el día en que mi hijo bromeó con tener “pegado” a la piel un dragón, que después descubrí era indeleble... Y luego, años después, cuando el hijo de mi esposo me mostró aquella sirena surgiendo del mar, en la parte izquierda de su vientre, con la que había decidido aliarse de por vida.
Hoy vemos tatuajes por doquier... Algunos, para mi gusto, son exagerados o demasiados. Lo cierto es que cubren las pieles con formas, colores o mensajes que salen y gritan con fuerza los deseos, dudas, amores o ideologías de su dueño. Son parte del paisaje, de la cultura, de la sociedad.
Justo esta mañana, me escuché confesarle a las tres mujeres de visita en mi oficina, que ya desde hace algunos años me da vueltas en la cabeza la idea de hacerme un tatuaje. Se me ha antojado tener una pequeña flor, una mariposa o un signo divertido y coqueto en alguna parte del cuerpo. Hace años me puse una calcomanía para probar y... me gustó, pero no me decidí.
Un amigo me recomendó tatuarme las iniciales de mis nietos (…Pero, ¿hacer lo mismo que la Jollie o la pobre Melannie?, ¡Ni loca! Una, ya lo tuvo que borrar. A la otra, quién sabe cuánto le dure.). Lo que sí sé es que iré a un local bien puesto (que me garantice agujas esterilizadas) y buscaré un lugar en mi cuerpo que no se cuelgue ni se arrugue fácilmente, para que mi mariposa no tenga que descansar sus alas antes de haberlas lucido al sol por lo menos unos años.
Creo que lo voy a disfrutar con los nietos y con las amigas. Me voy a reír y a sentir orgullosa.
Para los que nos dedicamos a esta actividad dinámica y siempre interesante del marketing, del estudio de la gente y su evolución, resulta relevante el hecho de que estamos en una etapa donde la dimensión de las obligaciones y responsabilidades auto-impuestas, del echarse el mundo al hombro, del vivir para los demás y en el “deber ser”, está tomándose un merecido descanso.
Cuando los sociólogos hablan de las nuevas generaciones de adultos jóvenes que no quieren crecer, de los cuarentones que regresan a casa de mamá, de los que quieren y valoran más el disfrute fácil, que la realización a base de sudor y mucho sufrimiento, están viendo sólo la punta del iceberg. Hoy, este efecto de adolescencia tardía está empezando a llegar a la punta de la pirámide. Parece ser que aquellos baby boomers que crecimos con las ganas de comernos el mundo a base de esfuerzo propio, hoy hemos dejado de sorprendernos con las actitudes de la generación ”Y”. Hemos dejado de criticarlos, de verlos con recelo, incluso, estamos empezando a imitar algunos de sus rasgos.
Es interesante comprobar que hoy el mundo se mueve hacia lo básico y, quizá, hacia lo realmente trascendental. El mundo se cansó de ser adulto y viejo, y está dándole oportunidad a lo espontáneo, lo mágico, lo simple y lo disfrutable. Prevalece el corto plazo, la gratificación inmediata, la negación de la culpa. Se repelen los fundamentalismos, se ríe de las culpas absurdas y se duele la presencia de los dictadores.
Hoy, el mundo quiere ser niño; tener menos qué ver con planeaciones o desastres financieros, y más con el disfrute de un helado, la pirueta de un amigo, el frío de los pies descalzos sobre el pasto húmedo, la musicalidad de las risas o una siesta sin pendientes.
Hoy, es un buen momento para considerar...
Si tu publicidad es simple y divertida.
Tu marca es compañía que no juzga.
Tu producto es solidario y sin reservas.
Ello es necesario, si deseas armonizarte con este mundo de ímpetu adolescente, que busca con ansia sacar ese niño, por tantos siglos reprimido.