El origen de la poesía está en las manos
A propósito de la publicación de Mil Orejas, el relato de las experiencias de escucha de una mujer que perdió el oído a los siete años, el poeta Carlos Vásquez nos recomienda un fragmento incluido en Masa y poder(1960) de Elias Canetti. Canetti nos sorprende con la idea de que las palabras y los objetos que los hombres hemos creado provienen de los gestos que desde siempre fuimos capaces de hacer. Esta reflexión viene a reforzar la sensación de que las manos, medio de expresión de las personas sordas, tienen el poder de regresarnos a una poesía original.
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Las manos y el nacimiento de los objetos
Por Elias Canetti
La mano que recoge agua es el primer recipiente. Los dedos de ambas manos forman al entrelazarse la primera cesta. La rica evolución de toda clase de trenzados, desde los juegos de hilos hasta el tejido mismo, me parece que tiene su origen en este hecho. Da la impresión de que las manos arrastran su propia dinámica de metamorfosis. No basta con que tal o cual figura exista ya en nuestro entorno. Antes de que el hombre primitivo intentara él mismo darle forma, sus manos y dedos tuvieron que empezar por representarla. Las cáscaras de fruta vacías, como las nueces de coco, existían sin duda desde mucho antes, pero eran arrojadas sin recibir mayor atención. Solo los dedos, al formar una concavidad para recoger agua, hicieron realidad la primera copa. Cabe muy bien imaginar que los objetos tal como los concebimos, esos objetos a los que asignamos un valor porque los hemos hecho nosotros mismos, existieron primero como signos de las manos. Parece que en el nacimiento del lenguaje de signos para referirse a las cosas desempeñó un papel central el placer que comportaba dar forma a los objetos mediante gestos, mucho antes de intentarlo realmente. Lo que el hombre representaba con ayuda de sus manos lo habría de verdad realizado mucho más tarde, después de haberlo representado suficientemente. Palabras y objetos serían, pues, emanación y resultado de una sola experiencia unitaria, precisamente la de su representación a través de las manos. Todo lo que el hombre es y puede, todo lo que en un sentido representativo constituye su cultura, se lo ha ido incorporando primero a través de las metamorfosis. Las manos y la cara fueron los verdaderos vehículos de esta incorporación. Su importancia con respecto al resto del cuerpo fue aumentando cada vez más. La vida propia de las manos, en este sentido primigenio, se ha conservado aún con la máxima pureza en la gesticulación.















