Sentía constantemente aquella inexplicable y aciaga cargazón en el pecho. ¿Eran nervios? ¿Nausea acaso? Como la resaca que sigue a una noche de borrachera, pero que se instala cuando no paras de beber un día y otro... Pues en esas estaba, y no pintaba bien. Y no ya por el catarro pulmonar o la debilidad nerviosa resultantes; tampoco por las deudas que se emboscaban a mis espaldas. Lo que acababa conmigo era aquel malaventurado peso en el pecho.
Toda aquella sublime poesía o música que antaño me deleitaran, no las podía sufrir ya. Aunque me tomara el trabajo de ir a buscar a un amigo para escuchar su gramófono, a los pocos compases me levantaba y me iba. Había algo que no me dejaba parar quieto. Y como siempre, acababa vagando de un lado a otro por la ciudad.
Ignoro la razón, pero en aquella época me atraían tremendamente las cosas bellas y maltrechas. Los paisajes que buscaba eran los barrios deteriorados de la ciudad, y en ellos, no las acongojantes vías principales, sino la intimidad de los recoletos callejones donde colgaba ropa mugrienta, se acumulaban los desperdicios y a los que se abrían sórdidos cuartos. Tales lugares, corroídos a golpe de intemperies y prontos a retornar a la tierra, con casas derrengadas y tapiales que se desmoronaban, tenían su aquél. Sólo las plantas medraban allí: de pronto te topabas con cañacoros en flor o con un empingorotado girasol.
En ocasiones, recorriendo aquellas callejas trataba de forjarme la ilusión de que ya no me encontraba en Kioto, sino a cientos de kilómetros, en Sendai o en Nagasaki. Más que nada anhelaba huir como fuera de Kioto e ir a parar donde nadie me conociera. Lo primero, descansar. Un cuarto en un albergue vacío. Ropa de cama limpia. El olor de la mosquitera. El tacto de un quimono de algodón bien aprestado. ¡Y quedarme allí tirado un mes entero sin pensar en nada! ¡Ay, si hubiera podido trasladarme a ese lugar por arte de magia! Una vez que mi alucinación empezaba a imponerse, agotaba yo todos los colores de mi imaginación pintando cada detalle. Todo se reducía a la superposición de aquella quimera sobre los destartalados callejones. Y con todo y con eso disfrutaba perdiéndome de vista en aquella ilusión.
Después me chiflé por los fuegos de artificio. Bueno, los fuegos en sí no me interesaban. Lo que me entusiasmaba eran los atadillos de cohetes listados de rojo, morado, azul y amarillo, con nombres como Lluvia de estrellas sobre Chūzanji, Batalla floral o Panochas mustias. Y luego estaban los de cola de ratón, que venían enroscados uno por uno y en su caja. Todo aquello me encalabrinaba del modo más singular.
Y luego me dio la ventolera de las canicas de colores —las que tienen dentro flores y peces— y los abalorios de cristal. Lamerlos era un placer inefable. ¿Acaso existe en el mundo un sabor más fresco y delicado que el de esas cuentas? Cuando era pequeño muchas veces me riñeron mis padres por meterme una en la boca. Quizá fuera por reminiscencia de esa grata experiencia infantil por lo que todavía percibía —incluso a mi edad y en tan lamentable estado— aquel sabor increíblemente sutil y refrescante, poético incluso.
Supongo que ya lo habrán adivinado: estaba sin blanca. Y sin embargo, si tales objetos me cautivaban lo más mínimo, solo podía consolarme despilfarrando. Y cualquier cosa que costara un par de céntimos ya era un despilfarro en mi caso. Las cosas bellas —o mejor dicho... cualquier cosa que cascabeleara mis aletargadas antenas— se convirtieron en mi instintivo consuelo.
Pongamos los almacenes Maruzen. Ese era el tipo de tienda que yo solía disfrutar antes de estar minado. Frascos de colonia amarilla y tónico rojo. Perfumeros de elegante cristal tallado, color ámbar o verde jade, con sofisticados realces rococó. Finas pipas, cortaplumas, jabones, cigarrillos. Me pasaba fácilmente una hora mirando esos chirimbolos para, finalmente, escoger un único lápiz de calidad superior en que derrochar el dinero. Pero en mi nuevo estado, Maruzen se me había vuelto demasiado agobiante con tantos libros, estudiantes y cajas registradoras, que se me antojaban otros tantos espectrales cobradores que me hostigaban.
Una mañana me vi solo en el cuarto vacío de un amigo —en aquel tiempo andaba quedándome en casa ya de uno ya de otro— después que éste se fuera a la escuela. No me podía quedar allí metido. Algo me tiraba de mí. Vagabundeé por las callejas que dije antes, de un vecindario a otro de la ciudad, remoloneando delante de tenduchos de dulces baratos o mirando los camarones secos, salazones y obleas de flor de soja en las tiendas de comestibles. Después enfilé la calle Teramachi hasta la Segunda Avenida y me detuve ante la frutería que hay allí.
De todas las tiendas que conocía no había ninguna que me gustase más, con eso está todo dicho. No es que fuera nada imponente, desde luego, pero constituía un ejemplo supremo de la belleza única de tales negocios. La fruta estaba expuesta en rampa bastante empinada, sobre lo que parecían viejos tablones lacados de negro. Era como si la mirada de Medusa hubiera cuajado el raudal de un allegro de extraordinaria belleza en los colores y formas de la fruta allí expuesta. Las verduras se encaramaban cada vez más alto hasta el fondo. ¡El lustre de las hojas de zanahoria era despampanante! Y qué decir de las legumbres en remojo o el arrurruz...
La belleza del local resaltaba sobre todo de noche. Toda la calle Teramachi bullía, aunque no era el gentío de calles semejantes en Tokio u Osaka, claro, y la luz de los escaparates se derramaba en las aceras. Sólo el frente de la frutería, por alguna razón desconocida, permanecía extrañamente rodeado de oscuridad. Quizá fuera perfectamente lógico, porque hacía esquina con la Segunda Avenida, que no estaba iluminada, aunque eso no explicaba por qué el número inmediato de Teramachi también estaba a oscuras. Pero de no haber sido así, la frutería probablemente no me habría cautivado de aquel modo. Además había otra cosa. Y era cómo sobresalía el tejaroz sobre el piso bajo, igual que el ala de un sombrero encasquetado hasta los ojos, y no se trata de una figura rebuscada . Era imposible pasarlo por alto: «¡Hala, esa tienda parece un ratón debajo de una taza!». Por encima del alero el resto del edificio se hundía de nuevo en la sombra. Por eso mismo las abundantes bombillas colgadas en la entrada parecían chorrear por la fachada como un aguacero estival, iluminando espléndidamente y sin competencia el fulgurante espectáculo, de una vistosidad casi ostentosa. En toda la calle Teramachi no había nada cuya vista me exaltara tanto como esta frutería, ya fuera cuando, de pie en la acera, dejaba que los filamentos de las bombillas desnudas se me clavaran los ojos, o cuando la atisbaba desde el ventanal del primer piso del café Kagiya, que estaba justo enfrente.
Aquel día hice una de mis raras compras en la tienda. Se debió a que, por caso extraordinario, tenían a la venta limones. Es verdad que los limones son mercancía corriente. Pero aunque tampoco fuera pobretona, al fin y al cabo la tienda no era más que una frutería de barrio, y nunca los había visto allí.
¡Y cómo me gustan los limones! Con ése color liso como un grumo endurecido de óleo estrujado del tubo Amarillo limón, y su forma chata y ahusada. Decidí comprar uno.
No sé dónde fui luego. Caminé por la ciudad mucho tiempo. Pero fue coger el limón en la mano y el siniestro burujo que me oprimía el pecho comenzó a disolverse. Sentí una alegría atroz allí en medio de la calle. ¡Algo tan simple había bastado para disipar aquella infame y morosa hipocondría! Aunque costara creerlo, el hecho era paradójicamente cierto. En fin ¡qué misteriosa es el alma humana!
La frescura del limón me procuraba un placer indescriptible. Por entonces mis pulmones estaban fatal y siempre tenía fiebre. De hecho alardeaba de ella estrechando la mano a todos mis amigos. No había mano más caliente que la mía. Quizá fuera por eso, el caso es que el frescor del limón se expandía por todo mi cuerpo desde la palma de la mano con una sensación en verdad deliciosa.
Una y otra vez me llevaba el limón a la nariz para olerlo. Una visión de California, donde se criara, se alzó ante mis ojos. Retazos del texto chino Dichos de un vendedor de mandarinas, que había estudiado en la escuela, me vinieron a la mente; en concreto la expresión: «se metía por la nariz». Al colmar los pulmones de aquel aroma —hacía mucho tiempo que no me atrevía a respirar hondo— sentía que mi sangre se agitaba y corría por mis venas, templándome los miembros y la cara, y parecía que una nueva energía despertaba en mí.
¿Cómo podía ser que la simple frescura de un limón —aquella consonancia táctil, olfativa y visual— fuera lo que llevaba buscando tanto tiempo? Estaba convencido de ello... tal era mi estado de entonces.
Caminaba con una exaltada ligereza y cierto desplante altanero, imaginándome que era un poeta que se pavoneaba por la ciudad con aires de dandi. Probé a contrastar el viso del limón con mi mugriento pañuelo. Lo sostuve sobre mi pelliza.
Y de pronto pensé: «¡Anda, si es el peso!».
Y en efecto su peso condensaba todo aquello tras lo que me había afanado siempre y que ya desesperaba de encontrar. Era, sin la menor duda, la quintaesencia de todo lo bello y benéfico. Tales dislates alumbraba mi nuevo talante jovial y descomedido. Qué más daba... era feliz.
No tengo ni idea de cómo llegué allí, pero al final me encontré plantado ante la entrada de los almacenes Maruzen. Los había estado evitando últimamente, pero en aquella ocasión me sentí con arrestos. «Vamos a ver qué pasa», me dije cruzando la puerta con paso decidido.
No sé qué pasó, pero la alacridad que me colmaba hasta entonces empezó a menguar. Ya no estaba yo para perfumeros ni pipas. «Me va a caer la murria otra vez, además del cansancio de haber caminado tanto», pensé. Me dirigí a la estantería de libros de arte, por más que sabía que no tenía fuerzas para levantar los pesados volúmenes de aquella sección. Pero de todas maneras me puse a ello. Los fui sacando uno por uno; hojeándolos sin ganas. Aún así bajaba el siguiente, como si fuera un suplicio. Y vuelta a empezar. Seguía allí clavado y no estaba contento hasta haber pasado unas cuantas páginas. Luego ya no aguantaba más, y lo dejaba en el montón; porque de devolverlo al estante, ni hablar. No sé cuántas veces repetiría aquello.
Finalmente dejé caer también un pesado infolio naranja con las pinturas de Ingres —que siempre me habían gustado—, con el que casi no podía. ¿No acabaría aquel tormento? Las manos me dolían. Miré descorazonado el rimero de libros que había dejado ante mí. ¿Dónde había quedado el encanto que ejercían sobre mí los libros de arte? En el pasado nunca dejaba de paladear la extraña sensación de despropósito que me asaltaba cuando, tras largo rato embebido en las ilustraciones, levantaba la vista y percibía la pura ordinariez que me rodeaba.
«¡Ah, ya está!», me dije, acordándome del limón que tenía guardado en la manga del quimono. Tenía que ir amontonando los libros de colores al tuntún y someterlos a la prueba del limón. «Eso es.» Recuperé mi anterior alborozo. Iba amontonando y desbaratando al azar, una y otra vez, frenéticamente. Devolvía unos libros a la estantería, sacaba otros. El estrambótico y quimérico castillo se tornaba ya rojo, ya azul...
Por fin quedó terminado. Procurando refrenar mi corazón desbocado, todo tembloroso, coroné mi torre con el limón. Y fue un éxito total.
Mirando el conjunto, advertí que el limón absorbía serenamente la cacofonía de aquel batiburrillo de colores en su forma ahusada y tornaba a su prístina pureza. Sentí que la atmósfera polvorienta de la tienda se crispaba extrañamente en torno al limón. Me quedé allí contemplándolo un rato.
Entonces tuve mi segunda inspiración. Casi me asustaron mis maquinaciones. ¿Y si lo dejaba todo tal cual y salía como si nada? Sentí un raro cosquilleo. «¿Lo hago? Venga, sí.», y salí a buen paso de los almacenes.
Ya fuera en la calle, el mismo raro cosquilleo me hizo sonreír. ¡Qué bueno! Yo era el estrambótico malhechor que había armado una pavorosa y reluciente bomba dorada en el mostrador de la sección de arte de los almacenes Maruzen, que en diez minutos saltarían por los aires con un zambombazo.
Seguí en esa vena, fantaseando a ultranza: «¡Sí! ¡El vetusto y mohoso Maruzen se hará pedacitos!».
Luego bajé por la calle Kyōgoku, que las carteleras de los cines coloreaban de un estrafalario encanto.