MERIENDA EN EL PATIO DE MONIPODIO
En una de las Novelas Ejemplares escritas por Miguel de Cervantes y publicadas hace ahora 400 años, esto es, en 1613, se nos ofrece una escenita de merienda que tiene lugar en pleno verano en Sevilla. Se trata de una estampa rufianesca donde ciertos delincuentes se reúnen para tomar algo. El lugar, el patio del mafioso Monipodio, en plena Sevilla. ¿El libro? Pues Rinconete y Cortadillo.
Dicha escena tiene lugar en la guarida del capo, el tal Monipodio, y es un ejemplo de lo que sería una cena informal, una merienda-cena o como quiera uno llamarlo. El caso es que esta escena aporta más información que la mera enumeración de platillos, puesto que, como siempre, uno se define por qué come y cómo lo come.
Empecemos por explicar que los víveres vienen dentro de una canasta de colar cubierta con una sábana, de dudosa procedencia. Monipodio decide montar “la mesa”: hace extender una de las esteras de enea en medio del patio. “Y ordenó asimismo que todos se sentasen a la redonda”. Más tarde veremos que la sábana que cubre la canasta será lo que hará de manteles. Una de las parroquianas, de nombre la Gananciosa, reparte las viandas una vez sentados alrededor de la estera y una vez extendida la sábana. “Lo primero que sacó de la cesta fue un haz de rábanos y hasta dos docenas de naranjas y limones, y luego una cazuela grande llena de tajadas de bacalao frito; manifestó luego medio queso de Flandes, y una olla de famosas aceitunas, y un plato de camarones, y gran cantidad de cangrejos, con su llamativo de alcaparrones ahogados en pimientos, y tres hogazas blanquísimas de Gandul. Serían los del almuerzo hasta catorce, y ninguno dellos dejó de sacar su cuchillo de cachas amarillas (...) Mas apenas habían comenzado a dar asalto a las naranjas, cuando les dio a todos gran sobresalto los golpes que dieron a la puerta. (...)”
Bueno, antes de entrar a comentar los platillos, he de decir que es una merienda con sobresaltos, interrumpida por dos veces, nada plácida. Una merienda que no sigue ninguna de las reglas de las gentes de bien: ni es servida como es debido, ni tiene orden en los horarios, ni cubiertos, ni mesa, ni sillas... vamos que se sientan en el suelo como bárbaros infieles. Quizá don Miguel de Cervantes se valió de este desorden en el ritual de las comidas para destacar justamente la índole moral, rufianesca, de nuestros comensales.
Entrando ya en materia culinaria, hemos de decir que sorprende que la merienda se empiece justamente por la fruta, pero esto era un uso habitual en la época que nos ocupa. Los platillos que viajan en la canasta son informales y recuerdan un poco a la gastronomía actual andaluza, como en el caso del pescado frito y las aceitunas. Por lo que respecta al bacalao, éste era un alimento poco valorado socialmente, digno de las clases más bajas. El queso de Flandes debió de ser uno de estos quesos cremosos de sabor picante y forma de cubo, tipo brique de Flandes o Herve, que podían tener sabor a hierbas aromáticas o a bayas. Queso fuertecillo. El “llamativo” de alcaparrones es un aperitivo salado y/o picante para estimular la sed. Y las tres hogazas de Gandul hacen referencia a un tipo de pan blanco de la mejor calidad, procedente de la localidad sevillana de Gandul que, junto con Alcalá, Mairena o Utrera, tenían la misión de abastecer de pan a Sevilla.
Vistos los ingredientes, suponemos que algún líquido debía remojarlos, y éste es el vino de Guadalcanal, del que se menciona que “descubriendo la canasta, se manifestó una bota a modo de cuero, con hasta dos arrobas de vino”. Si mis cálculos son correctos, las dos arrobas equivalen a 25 litros (recordemos que son 14 beneficiarios, entre rufianes y bellacas). De dicho vino se dice que “aun tiene un es no es de yeso”, pero no ha de hacer mal “porque es trasañejo”. Ese sabor a yeso del que hablan procede de las tinajas donde se fermentaba y conservaba el vino, y el ser trasañejo quiere decir que es de tres años, y por tanto de buena calidad. Por cierto, que Guadalcanal pertenece actualmente a la provincia de Sevilla, pero en los tiempos de Cervantes pertenecía a Badajoz y por tanto era vino extremeño y no andaluz.
Bien, ya tienen ustedes la receta para una merienda informal de verano. Si se sienten especialmente rufianes les irá al pelo. No olviden sus cuchillos de cachas amarillas para ir sirviéndose e ir cortando sobre la rebanada de pan, que aquí no se usan platos. Por cierto, tras las interrupciones, el texto nos dice que “todos volvieron a su gaudeamus, y en poco espacio vieron el fondo de la canasta y las heces del cuero. Los viejos bebieron sine fine; los mozos, adunia (en abundancia); las señoras, los quiries”. Como está mandado: beber -y comer- es sagrado.












