No quiero convertirla en un recuerdo.
Han pasado unos años desde aquello que no puedo olvidar, ya no contaba con recibir esta carta. Pensaba que se había extraviado para siempre.
Antes mi novia y yo nos carteábamos: un relato, un dibujo y unas palabras para la otra. Nos poníamos de acuerdo previamente en una idea de la que partir, era interesante comparar como, con una misma base, creábamos cosas tan diferentes. Era una forma de conocernos más, de acceder a un mundo interior, curiosamente íntimo.
Sin embargo un día... No aguantó más su vida. Se suicidó. La última carta venía con retraso, tanto que ya dudaba de su llegada incluso antes de que ella partiera. Ojalá pudiese decir que se me había olvidado ya entonces, pero no, porque me hacían demasiada ilusión como para perder un mínimo de esperanza en que igual se había retrasado mucho pero vendría.
Cada vez que escuchaba al cartero me daba un vuelco al corazón por si tendría la carta. Hasta ese día después de que llegara sólo había desilusión, a partir de ese, tristeza.
Con el tiempo me hice a la idea de que no llegaría.
¿Y ahora? Ahora ha llegado, dos años después. No sé qué hacer, no puedo parar de darle vueltas y me paso el día entre lágrimas.
Tengo delante el sobre. Quiero abrirlo, quiero leer ese último relato, quiero ver ese último dibujo, quiero leer las últimas palabras que me escribió. Quiero abrirlo y olerla una vez más. Y, sin embargo, aquí estoy, con el sobre cerrado, sin querer abrirlo porque sé que no podré volver a tenerla tan cerca, tan viva: su olor se irá para siempre, no me volverá a escribir otras palabras, no volverá a escribir, no volverá a dibujar.
Es lo último que sabré de ella, creo que no estoy preparada para convertirlo en otro recuerdo. Para convertirla en un recuerdo.