© Text and photos by Elena Panzetta
Identidades
Todos tenemos, al menos, dos identidades. Una personal, y una o varias, sociales.
La personal es un conjunto de rasgos propios que nos definen y nos diferencian de todos los demás. Por otro lado, las identidades sociales, se definen en términos de grupos de pertenencia. Por ejemplo, familia, amigos, país, etnía, religión, aficiones, estatus social, etc. Cada una de estas identidades tiene normas, valores y roles.
¿Pero que pasaría si se anularan las identidades sociales de un día para otro y se trasplantara la propia identidad personal a otro entorno, con otros grupos, otras normas y por lo tanto nuevas y diferentes identidades sociales? La literatura y el cine coquetean desde siempre con este tema, imaginando y planteando historias de individuos que suplantan identidades, que fingen su muerte y renacen como otra persona, que huyen del pasado y se construyen una nueva identidad, con un nuevo nombre y una nueva existencia, por las razones más diversas. Estoy segura de que no soy la única a la que esta posibilidad ha cosquilleado más de una vez la curiosidad de saber como mi identidad personal se habría desarrollado en un entorno diferente. En parte he explorado esta posibilidad. De alguna manera ir a vivir a un país extranjero en el que nadie te conoce y por lo tanto en el que no estás definido/a por los vínculos acumulados hasta entonces ni la reputación delimitada por tus vivencias, y en el que adquieres un nuevo estilo de vida, un nuevo idioma, una nueva manera de pensar, unos nuevos hábitos y unas nuevas costumbres…..pues es lo más parecido a morir y volver a nacer o por lo menos a perder tus identidades sociales y volver a crearte a ti mismo/a a partir de la identidad personal. Como una hoja en blanco. Hay pocas experiencias en la vida más incómodas y a la vez más fascinantes que esta. Es muy raro: justamente allá donde no eres nadie para nadie, es donde puedes ser más tu mismo/a. Lejos de toda creencia impuesta, de toda norma, de toda identidad social. Pero dura poco: el ser humano, no prospera y no progresa sin rodearse de otros y sin establecer vínculos que antes o después acaban desembocando en nuevas identidades sociales.
Por lo que me atañe, en cada lugar en el que he vivido, en cada lugar al que he viajado, en cada vínculo con personas cada vez diferentes, en cada mueva sugestión sensorial, ha florecido una parte diferente de mi identidad personal, mezclándose de maneras siempre diferentes con mis muchas y nuevas identidades sociales. Incluso el hecho de hablar siete idiomas me provoca a menudo una sensación de leve disociación de la personalidad, porque una lengua no es solo un medio para la comunicación, sino también el espejo de una manera de pensar y de concebir el mundo que forja con palabras una identidad social.
El otro día vi una película que se llama Miss Osaka, dentro del Festival Atlántida, y hablaba de esto: huir de las identidades sociales para encontrar la propia identidad personal. A menudo nos sentimos confundidos/as y con la sensación de que nuestra identidad personal se desdibuja, aplastada por unas identidades sociales demasiado sofocantes. ¿Dónde está el límite entre identidad social e identidad personal?
La foto que publico aquí forma parte de un proyecto fotográfico personal de autorretrato terapéutico sobre la ansiedad, empezado hace años y aún in progress. Mirarme a través de mi tercer ojo, es decir el objetivo de mi cámara, me ayuda a definir mi identidad personal, tantas veces difuminada por las aplastantes identidades sociales.













