Un terror parecido al que empuja a esas megaestrellas corporativistas de la música a refugiarse en un “arte mayor” cuando sienten bajo sus pies los bamboleos de la secular industria discográfica (un terror que las lleva a formar colecciones de arte contemporáneo, sacarse selfies en el Louvre y hacer canciones que hablen de Koons), parece haber sido el punto de origen de Oligatega Numeric.
Porque se fundó en 1999 -hace casi 16 años, duración improbable para un colectivo artístico/unión civil de cualquier época- se suele decir que es, como el club del trueque y las faenas improvisadas en las rutas, un producto de la crisis de 2001: una táctica de supervivencia, un transplante de riñón, agarrarse de una rama cuando sube el río.
Como las selfies de Jay-Z y Beyoncé con la Gioconda, fue un reflejo adaptativo producto del terror.
Oligatega se consolidó en un momento de particular y extendida miseria, como una solución comunitaria para poder ser y vivir como artistas cuando las condiciones políticas no lo permitían. En ese sentido representan al colectivo artístico tradicional argentino. En casi todos los otros sentidos, no: Oligatega no es multitudinario, no es doctrinario, no es clandestino, tiene estilo, es asocial.
Como el eslabón perdido entre las dos formas culturalmente predominantes de vivir creativamente (la del siglo XX: la banda de rock; la del siglo XXI: el artista visual), Oligatega entra y sale de la ficción del soporte.
Cuando se apagan las luces de la Historia todo se entrelaza en un solo cuento que es a la vez material y verboso, incoherente, hermafrodita. Para Oligatega, una pantalla de LCD o un marco chamuscado ocupan el mismo lugar que el cine o la literatura en la jerarquía horizontalista de la chatarra. Su objetivo final -lo sepan o no- es arrastrar también al arte a esa zona de promiscuidad técnica y narrativa que ocupan los artefactos obsoletos.
Al igual que los trenes que circulan eternamente por las mismas estaciones, de terminal a terminal hasta que un asteroide gigante o una administración gubernamental antifederalista destruyan la red ferroviaria, Oligatega empezó en un museo (en 2000, en MAMBA) y ahora vuelve a otro. Pero después de un prolongado periodo de inactividad, este retorno se siente menos como una venganza -contra la obsolescencia programada, contra la flauta mágica de las instituciones, contra la moda- y más como algo verdaderamente inevitable: como el negro del espacio, como la soledad de una emisora cósmica que se acomoda para transmitir su única canción de dos acordes en forma de ondas hacia el vacío, pase lo que pase, hasta la extinción final del carbono y las imágenes. Sin nadie que venga a apagarla y quizá sin nadie que la sintonice.