Edifica con tu escritura la ciudad donde la justicia y la razón sean tu fortaleza
Recuerdo la primera vez que me sentí utilizada por una amiga. Debía tener unos 13 años y ocurrió en los scouts. S había entrado después que yo y le había cogido mucho cariño, era una chavala simpática, divertida y muy mona. Pero Bea era la reina de la tropa scout Mafeking porque se había desarrollado, su madre le dejaba hacerse mechas y tenía los ojos verdes. Recuerdo lo mucho que odiaba y lo poco que dejaba ver la grima que me daba que se dedicara a hacerse fotos con el macro a los iris de los ojos. Más adelante se abrió a nosotras y nos contó unas intimidades que me hicieron perdonar lo que a mis ojos era altanería desbocada (tampoco eran súper verdes, te tenías que acercar muchísimo para ver las vetas azules). S me abandonó en un campamento y se lo pasó entero con Bea y yo no le he perdonado lo rápido que se olvidó de que había sido yo quien la había acogido al llegar a los scouts sin conocer a casi nadie. Me tuve que pasar muchísimas horas de ese campamento aburrida con una de las chicas más rancias que existen, era hija de un militar, iba a escolapios y le ha ido muy bien pero me hizo echar mucho de menos a S. Es curioso que las dos hayan tirado por la ciencia e ingeniería finalmente.
Poco después, estoy segura de que por la misma época, atravesé una situación de acoso que ahora recuerdo con ternura. Mi meja y yo habíamos marcado el territorio en el cole de monjas. Un chaval muy mono que había estado saliendo con una de las populares el año anterior, se había liado con I ese año, y la noticia no había sentado nada bien. La ex-novia era una chica muy vulnerable y la misma semana en que me había dado la contraseña de su fotolog, se había inventado una canción llamando guarrerías a mi amiga que no tenía las narices de cantarnos a la cara pero nos habían llegado rumores. Un viernes por la tarde, le “hackeamos” el fotolog para que no pudiera volver a utilizarlo. Fuimos un poco crueles pero aquella tarde fue divertidísima. Un día, me acorralaron e increparon y yo negué como una bandida haber movido un dedo. Todavía me sorprende haber sido capaz de poner tremenda cara de póker delante de 10 abusonas, aunque entre ellas se encontraban buenas amigas que intercedieron y dijeron que creían mi versión. Veinte años más tarde sigo sin arrepentirme de nada.
Pensándolo bien, ya había vivido escenas de acoso en primera persona bastante más bestias.















