Cuando los ojos están cerrados, la mente soñando y el cuerpo quieto, la sensibilidad al ruido puede magnificarse o todo lo contrario. Generalmente parezco enfrascada en una caja acústica.
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Cuando los ojos están cerrados, la mente soñando y el cuerpo quieto, la sensibilidad al ruido puede magnificarse o todo lo contrario. Generalmente parezco enfrascada en una caja acústica.
Que tus besos sean asfixiantes. Que se lleven consigo mi alma. Que desparramen mis sentidos hasta volverlos líquidos. Que revuelquen todo dentro de mí. Que me hagan desearte más y más. Que me roben el aliento y no me lo regresen. Que tus besos me lleven y dejen a mi cuerpo vacío. Que tus besos no duelan y que me desarmen. Que tus besos sean producto de la imaginación del mejor poeta de todos los tiempos, que ningún escritor pueda definirlos. Que tus besos sean el borde del infinito y que tus besos sean solo míos.
El sujeto enmarañaba pensamientos que cada segundo se hacían más absurdos, frases y situaciones recurrentes se introducían velozmente en el etéreo sueño que estaba a punto de conciliar. Eran las diez de la noche. Pasaron algunos minutos para que los pensamientos cesaran y el sujeto se viera sumergido en una profunda narcosis.
11 de la noche
Un molesto e incesante ruido le empezaba a golpear la cabeza, sacándolo de a poco, muy de a poco del coma. Era la alarma de la píldora. El sujeto palpó las tibias cobijas con el fin de encontrar sus lentes y después de torpes movimientos las tomó y se las puso como si de aire se tratara. Dos pies afuera de la cama y una desidia indudable al levantarse lo fueron guiando hasta la mesa de las píldoras. La debilidad de sus manos hizo que le costara tres veces más de lo usual romper el aluminio y sacar la cápsula. El sujeto hizo un recorrido oblicuo con sus adormecidos ojos para encontrar el vaso con agua, pero no había tal vaso, así que ensalivó su garganta y apretando la píldora azul entre su dedo indice y pulgar se la llevó a la boca tragándola lo más rápido que pudo. Retiró sus lentes, y con mucho placer el sujeto volvió a la cama. Pasaron pocos minutos y nuevamente todo era narcosis.
2:57 de la mañana
Las desmesuradas historias que el sujeto había hilado en sus sueños basadas en su conciencia empezaron a verse interrumpidas por un horrible estruendo silencioso. El cuerpo, como si de una parte autosuficiente se tratara empezó a moverse sin conciencia, ejercía una suave revolcada que aún el sujeto no advertía. El sujeto empezó a sentir leves punzones en la boca del estómago que le golpeaban cada vez más fuerte para que éste abriera por fin los ojos.
3:14 de la mañana
El sujeto despertó de forma sedosa hasta que tuvo conciencia de la extraña sensación que padecía. El sujeto se vio analizando la posibilidad de haber dejado la píldora a mitad de camino, se trataba de una masa atascada intentando deslizarse entre la faringe y el esófago. La saliva del cuerpo adormecido no fue suficiente para hundirla hasta el estómago y allí, lamentándose, estaba el sujeto muy despierto a la madrugada. Estaba ahogándose. Caminó descalzo hasta la cocina para bogarse un vaso con agua. Tomó otro, tomó tres y la sensación no se fue. Partió dos galletas y las tragó casi sin masticarlas. Pero la sensación no iba a irse. El sujeto no se recuperó del ahogamiento hasta la noche siguiente y el sabor a sangre quedó impregnado en su interior por largo tiempo. El sujeto pensó las formas absurdas en que podría visitarlo la muerte y asumió que nunca estaría listo para morir. Sé lo que el sujeto pensó y sintió porque todo el tiempo estuve allí.
...La vida es una hermosa tristeza.
Voy en una especie de silencio que no me incomoda, o más bien, no nos incomoda. Mientras observaba la ciudad, que todavía se me presenta ajena, vi una casa blanca vestida de enredaderas. Estaba un poco desgastada y con una ventana enorme que supongo es la sala, debí tomarle una foto para que la vieras como yo. Pensé que nunca me veo a futuro viviendo en un moderno apartamento de esos que reflejan todo y parecen tan limpios, y vacíos, y minimalistas, y sobrios, y tremendamente aburridos. Quiero vivir en una casa como esa, comida por los años, llena de naturaleza, color y muebles viejos, que me inspire la nostalgia y el romanticismo de una época que se fue.
Sous le ciel de Paris, Mozart y Beethoven me llegaron tarde pero no demasiado.
La ciencia de la mente llama trastorno al deseo obsesivo, al delirio, al pensamiento constante de suicidio y al instinto asesino ¿Pero cómo llama el mundo a la forma irracional de adaptarse a un esquema global? Lo llaman felicidad.
Me angustia que la vida ande muy quieta.