Llaufün “La Sombra”, relato publicado en Panverde Fanzine. Santiago, 2019.
Rodrigo Caro tenía talento para el dibujo y era buen calígrafo. Años después terminaría estudiando diseño, pero en ese momento no se preocupaba por el futuro. Por lo demás, el futuro valía callampa.
El encuestador del censo revisaba su pauta sorbiendo una taza de té. Sentado en la mesa de aquella casa de la población Reina María, el joven escolar respondía que no, que ni él ni los miembros ausentes de la familia se consideraban pertenecientes a algún “grupo étnico declarado”. Rodrigo, cada vez que podía, omitía su segundo apellido porque le daba vergüenza. Además, sus compañeros de colegio le hacían bromas pesadas y le inventaban sobrenombres; al igual que al profesor de historia, quien también tenía un apellido que se escribía con diéresis.
Arrancaba la primavera de 1992, un año extraño. Muchos recién despertaban de la pesadilla colectiva que había sido la dictadura (y otros nunca lo hicieron). Chile se había abierto al mundo, a las mercancías importadas, las hamburguesas, las películas de acción y la música pop. Rodrigo sentía que todo lo que remitiera a las raíces locales era cuma. La estética de los afiches que anunciaban conciertos de Quilapayún o Quelentaro, por ejemplo, era charcha. Ni hablar de Arak Pacha. ¡Peor! Odiaba la música andina. Lo bueno siempre venía de afuera, sobre todo de Estados Unidos y Europa.
Rodrigo era cultor del black y el death metal. Coleccionaba fanzines metaleros y también editaba uno llamado Possessor. Las portadas las diseñaba él mismo. Usaba recortes de revistas, dibujos y letras hechas a mano con marcador. Un día, cuando volvía del liceo, se le acercó un tipo. Rodrigo vio a los cabros de la esquina a quienes ya conocía. Eran del barrio y se hacían llamar “Los Bola Ocho”. Así que Rodrigo hizo un gesto con el cuello a modo de saludo y siguió rumbo a su casa. Pero este lolo se le acercó, le dijo que había visto uno de sus fanzines y lo había fotocopiado. Por eso quería encargarle un trabajo. “¿Y de qué se trata?”, preguntó Rodrigo, medio desconfiado pero curioso al mismo tiempo. “Queremos hacer un mural de la Garra Blanca en esa pared que está ahí. Habíamos pensado en usar letras metaleras, esas que parecen ramas secas y patas de araña, como las que haces tú.” Rodrigo no podía contener la expresión de sorpresa ante semejante solicitud. Nunca había pensado en proyectar un dibujo para una superficie tan grande, y menos en un lugar expuesto a la vista de todos en el barrio. Incluso lo iba a ver la gente que pasara en micro. “También queremos que lo acompañe un personaje, un cacique montado a caballo. Pero no el típico indio furioso que estrangula a un chuncho. No, estábamos pensando en un jinete enmascarado con un kollón. Que dé susto, ¿cachai? Y todo en blanco y negro, sin ningún color. Obviamente, te vamos a pagar.” Rodrigo aceptó el encargo, pero no quiso preguntar qué era un kollón para no quedar como pánfilo; y le costó bastante conseguir las imágenes en las qué basarse. Finalmente, las encontró en la Biblioteca Nacional. El kollón era una máscara mapuche, tallada en una sola pieza de madera. Las fotos antiguas mostraban a los peñis reunidos junto a distintos rehues del sur. Esos personajes con la cara cubierta, vestidos con ponchos y algunos con ropa occidental común, mirando solemnemente a la cámara, daban por resultado un cuadro fantasmal. Parecía como si el fotógrafo hubiera captado la reunión de espíritus visibles solo para el lente. No se asemejaban en nada a los demonios de la mitología cristiana. Tampoco a los goblins o a los trasgos que inspiraban las portadas de algunos discos metaleros. Con todo, Rodrigo los encontró fascinantemente aterradores. Por primera vez experimentaba interés por una estética local. O mejor habría sido decir, “profunda y negada”.
Una vez que tuvo listo el boceto, sin dilatar más la empresa, fue a una ferretería y compró látex blanco y negro. Aunque también un poco de ocre. Desatendiendo las instrucciones de Los Bola Ocho, Rodrigo creyó necesario cubrir su mural con una pátina aguada de ocre para simular el efecto de una fotografía avejentada. Demoró tres días en realizar la obra, mucho más de lo que había presupuestado. La pared estaba virgen, nunca había sido pintada, por ello tuvo que darle varias manos antes de arrancar con el dibujo central. Al tercer día, creyó que le faltaba poco. Así y todo, no podía tardar más, pues se le estaban acumulando las tareas en el colegio. Entonces, cuando el arrebol se encendió en el horizonte, supo que tenía que picarla. Era ahora o nunca, porque en esa esquina no había poste de luz. Llegó un momento en que apenas podía distinguir los trazos blancos, al resto se lo había tragado la noche. Hasta que por fin lo logró; y como último detalle marcó dos puntitos centellantes para señalar los globos oculares que se escondían detrás de aquel kollón. Se sintió satisfecho de una manera distinta. Las letras y la imagen eran realmente espeluznantes, mas solo para la contra. Él, que también era hincha del Albo, lo interpretaba como una imagen inspiradora. Ni siquiera era una amenaza, más bien parecía una declaración de orgullo. Orgullo de ser indio y sombrío. Salió abruptamente de ese estado ensimismado cuando alguien le gritó “¡Llaufün, tienes que firmarlo!”. Nunca nadie lo había llamado de esa manera. Pero por alguna razón no se extrañó cuando, al dar media vuelta, vio varios pares de ojos luminosos en la esquina donde se juntaban Los Bola Ocho. Desde enfrente seguían arengándolo con aquel grito: “¡Te quedó bacán Llaufün! ¡Tienes que firmarlo Llaufün!”
Y eso fue lo que hizo.



