El capítulo en el que lloré de emoción con un plato de pasta.
Ese 26 de octubre había comenzado como un día raro, a penas abrí los ojos me surgió la idea de “por algo estoy acá”. Estaba en un departamento alquilado de AIRBNB, era tan lindo que quería quedarme a vivir ahí, ese día tocaba devolverlo y yo regresar a la casa en la que estaba viviendo en ese entonces, en campagna. Sin terminar de despertarme recibo 2 mensajes, “hoy hay paro de transporte público, no vas a poder volver”. Mi primer pensamiento “Argentina no manca” como extrañar a mi país si estaba viviendo en uno que era el mismo pero con algunos aggiornamento europeizados. Mi segundo pensamiento, “como hago para volver?” y ahí volví al momento en el que me desperté… “por algo estoy acá”, sin pensarlo mucho pedí asilo por couchsurfing y que alguien me haga lugar en su sillón, ese día me tenía que quedar en Bologna, sin saber mucho el por qué.
Ya con mi sillón listo me preparé para vivir un día inesperado, con la mente abierta estaba predispuesta para que se diera lo que el destino quiera de mi. Hasta debo admitir que estaba curiosa, por que en algún lugar de mi sabía que algo diferente iba a encontrar. Me dedique a caminar por la ciudad, recorrerla, admirarla como una turista, como si fuera la primera vez que estaba ahí. Se sentía una atmósfera diferente, y yo estaba de muy buen humor. Al mediodía decidí continuar con mi vida de vacaciones y me dispuse a buscar un lindo lugar para comer. Encontré un petit restorán y me decidi a pedir un plato de pasta, porque a pesar de que hace 2 meses vivo en Italia aún no había probado pasta hecha por italianos. Elegí una mesa en la calle a pesar de que estaba empezando a llover, la camarera me pregunta “Sei sola?” respondí que si, o por lo menos era lo que creía hasta ese momento y ordené mi pasta.
Mientras esperaba no pude evitar dejar que mis sentidos absorban todo lo que había a mi alrededor, yo me perdía en el paisaje, como una más porque así me ven acá. Sonando de fondo había una música, un violín, tocando un tango, que inevitablemente me llevó a recordar mi casa, mucha gente pasaba por esa calle, muchos ignoraban la música y yo no podía dejar de pensar que sin ella ese lugar perdería magia. Estaba a muy cerca de la Piazza Maggiore y a metros del Mercato in Mezzo, cerca mío habían varias tiendas hormas de quesos colgadas y patas de jamón los olores me invadían y la lluvia se seguía haciendo sentir. No me cansaba de ver la gente pasar y me imaginaba que historia tendría cada uno, divagaba en mis pensamientos, los estímulos eran interminables y mi cabeza que saltaba de Italia a Argentina sin descanso.
En eso que había dejado volar mi mente entre planes e incertidumbres, calculando todo lo que había quedado atrás desde mi partida, todo lo que tenía que hacer para volver a construirme, todo lo que no había salido como yo esperaba, y de repente él estaba ahí frente mío… mi anhelado plato de pasta humeante ante mis ojos, en ese momento recordé lo que uno disfruta tanto de los aromas, que nos hacen viajar en espacio y tiempo. Y al inhalar esa salsa Bolognesa mi viaje fue inmediato, me llevó a mi niñez, apareció un recuerdo que ni siquiera yo sabia que lo tenia escondido y que seguía ahí, tapado de telas de arañas, en algún lugar de mi mente. Fue algo así como cuando Anton Ego prueba el Ratatouille del ratoncito, que le recuerda con el amor que se lo preparaba su madre.
Y ahí estaba yo, siendo una nena de unos 4 o 5 años de edad en la casa de mi nona mirándola como preparaba la pasta casera, mientras mis hermanos y primos jugaban en el patio, yo con fascinación admiraba la dedicación con la que ella preparaba todo. Con mis manos llenas de harina y la ropa con roce, en esa cocina invadida del olor a la salsa, estaba ansiosa por hacer lo mismo. Recordé como ella me explicaba la forma de preparar la pasta y hasta en algunos ratitos me dejaba hacer pruebas. De repente regrese al bullicio de la callecita de Bologna y mientras comía mi pasta me empezaron a caer las lagrimas, la nostalgia me invadió, también la felicidad tuvo lugar en esa pequeña mesa, por que ahí donde yo pensé que estaba sola comiendo, a 12000 km de mi casa, no era así, yo estaba en casa. Estoy segura que si alguien en ese momento miró a mi mesa, lo que vió no era la de una mujer que estaba llorando comiendo sola. Era la mesa de una nena de 4 o 5 años comiendo con su abuela, por que ella estaba ahí conmigo acompañándome en ese instante tan intimo. En ese momento comprobé por mi misma, que lo abuelos no mueren, sólo se hacen invisibles.






