La puta y el violador.
¿Cómo es posible decir que un hombre no sufre por su mujer? Heme aquí sentado en la esquina de este bar, viendo como las chicas y los chicos se divierten, bebiendo y gritando estupideces al techo. Soy una de las personas que nadie espera, por ejemplo, el día de hoy. Recuerdo que tenía una cita, esta tarde la chica "más buena" en la oficina, se enteró que fui promovido y enseguida me invitó uno par de tragos. Tenía que negarme, como si no supiera que la golfa esa, solo me quería por mi dinero, por mi estatus o por lo que sea que yo pudiera darle. No pude. Me negué hasta el cansancio. Total, con el dinero que ahora gano, me alcanza para poder invitar tragos a esas chicas abandonadas que gozan con la primera palabra que les cantas al oído. Cada vez me convierto en el peor patán, y cómo no. La mujer que me invitó el trago, era mi esposa. Abrí mi libreta, bebí un sorbo de mezcal, y escribí: "El bar, escena más lúgubre de tu decadente amor, mi alcoholismo y diferentes personas deseosas por encontrar al amor de su vida en una copa y un colchón. Obsesionados por la seriedad, con el sentimiento de vacío dentro de sí, queriendo olvidar, desterrar y odiar aquellos que hacen daño..." Las palabras menos filosóficas se iban tatuando en mis hojas. Tuve que detenerme. Una mujer, esa mujer con cuerpo de niña. Esa cadera que al moverse provoca erecciones emocionales y la mía, era física. Estaba buenísima. No pude evitar recordar que estaría bebiendo con una igual. Para mí situación, era más que necesaria una botella entera y un par de condones para el final de la historia. Pero no, ahí estaba ella. El lugar estaba vacío, no había más que dos ebrios, a nada de caer dormidos en sus asientos, y ella; mi objetivo. Con sigilo, iba caminando hacia la barra, intentando llegar sorpresivamente por su espalda, acariciarle y conseguirle un trago. Después de todo, el patán lograría convertirse en caballero. Mirar su cabello cayendo sobre el escote en su espalda hacía que mi corazón bombeará más sangre a mi entrepierna, sentía el pantalón desgarrarse. Recordé que me gustaba escribir, una nota podría hacer la diferencia para poder acercarme a ella y leerle un par de letras, pero no. Ese no hubiera sido el plan perfecto. Me detuve detrás de esa mujer, mi respiración se hizo lenta para no sorprenderla, mientras que el tipo que sirve los tragos me seguía con su mirada acusadora. Esa mirada de voyeurista que tanto me gusta. Ser observado, ser deseado, admirado. Al fin que el ego es mi arma más poderosa para hacer servil hasta la mujer más testaruda. Me estaba viendo. Gritar, amarrarla, dormirla o drogarla y después abusar de ella, todas las imágenes al mero estilo de película corrían por mi mente mientras bajaba el cierre de mi pantalón y con mi miembro en mis manos, me le acerqué. Al fin la tomé. Pareciera que todo estuviera arreglado, todos huyeron del lugar. La fortuna que me ahorré en un cuarto de hotel. Dos dedos bastaron para cerrarle la boca, mi cerveza derramada sobre su blusa hacía ver que no usaba sostén, esos pezones oscuros que tanto había deseado ver y besar al fin eran míos, para cómo iba la cosa; la mujer forcejeaba pero con ganas de no alejarme. Me acerqué mucho más, haciéndole sentir mi hombría tras su trasero y con la otra mano buscando la ropa interior que tal vez estorbaría a mi momento de triunfo. Fácilmente, sus bragas cayeron al piso, manchando su dignidad como la zorra que era por no hacer escándalo alguno. Sabía que le gustaba. Ella quería voltear, quería conocer a su violador. No podía darle ese lujo, la incógnita hacía que la sensación por muy prohibida que fuera, era más satisfactoria. Sin embargo, con las bragas húmedas en el piso, sus senos al aíre llenos de cerveza y el lugar para nosotros solos, no pude evitar montarla en la barra y hacerme de ella. Le penetré hasta el alma, con ganas, con coraje, con sentimiento de olvido. La escena más perfecta. Ver su rostros, sabía que ella era mía, la indicada. Sí, mi esposa. Vistiéndose de prostituta y yo de violador.












