Sonrisas o lágrimas. Calor o frío. Azúcar o sal. Nada de eso. Esa es la respuesta que obtendría de Mike si le hicieses cualquiera de las anteriores preguntas. Era un joven serio, extrovertido, alto, guapo. Perfecto para muchas, aunque no para él. Todas las chicas le admiraban en cualquier sitio. Sembraba envidias entre los demás chicos, pero no se sentía ni mejor ni peor por ello. Solo quería ser un tipo normal, no otro de esos “musculitos” que las chicas aman solo por su físico y que lo demás les da igual, no. Él quería ser un chico normal, que no destacase, por nada, aunque lo hiciese bien. Vivía en Nueva York, Estados Unidos con sus padres y su hermano Jake. La relación entre Mike y Jake era casi imposible de imaginar entre dos hermanos, eran mejores amigos, y sabían todo el uno del otro. Jake era el típico chico “normal” se dedicaba a jugar a fútbol, a salir con sus amigos y a poco más. Mike se lo contaba todo, lo cual le servía como vía de escape. Mike no se sentía perfecto como la gente pensaba que era, se sentía más bien lo contrario. Mike tenía muchos defectos, que solo Jake sabía, y uno de ellos era el ser enamoradizo. Ésto era lo peor de Mike. Podía no sentir nada por una modelo, pero sentirlo por una con voz de niña pequeña o con cara de ángel caído del cielo. Sí, vale, todos tenemos nuestros gustos, pero Mike, se enamoraba, no conocía el concepto “rollo de una noche”, de hecho, odiaba éstos. Había tenido bastantes, y nunca le habían gustado. Se sentía imbécil al día siguiente. A él le gustaban las relaciones serias. Le encantaba estar con una chica en un tejado neoyorquino viendo las estrellas y decirle que la quería, y que siempre estarían juntos. Sí, le gustaba aquello, aunque, bueno, realmente más que gustarle, era su sueño, porque nunca lo había hecho. Aunque, puede que estuviese a punto de hacerlo…