Marta se despertó notando el frío y arenoso suelo. Sentía su cabeza dar vueltas mientras trataba de incorporarse. Su mirada violeta comenzaba a salir de su confusión para centrarse en donde se encontraba. Esperaba estar en el jardín de su casa, no entendería la razón pero eso explicaría la tierra. Debería estar en la habitación de su pequeña Aurora leyéndole un cuento para dormir antes de su sesión diaria de estudio. Sin embargo estaba sola, en una cueva de paredes de algún tipo de mineral azul, aunque eso no era lo más reseñable, conforme se incorporó se vio rodeada de infinidad de cristales azules que brillaban en el aire.
Se acercó cautelosa a uno de ellos, eran de tamaño similar y en diferentes alturas. Trató de primero leer su energía, inspeccionarlos, no sabía que eran quizás alguna trampa del enemigo. Dentro de uno de los cristales pudo ver un atractivo hombre de tez morena con una ropa extraña, en otro vio a una mujer en el salvaje oeste, en otro a una joven morena con caperuza y en otro a una chica familiar subiendo a un barco. Parecía ser que guardaban algún tipo de realidad o recuerdos, quizás fuesen las vidas de los desventurados anteriores a ella que terminaron en esa cueva a merced de quién sabe qué. Tenía que salir de ahí. Inspeccionó mejor la estructura de aquella cueva.
Tenía apariencia de túnel parecía que ambos extremos de la cueva parecían idénticos, simplemente tendría que escoger uno y ver si era el correcto. Tampoco sentía ningún tipo de brisa por lo que intuyó que estaba a bastante profundidad. No podía usar ninguno de sus poderes en esa situación, chasqueó la lengua fastidiada.
Suspiró mirando su ropa manchada de polvo. Lo que faltaba. Comenzó a sacudirse la suciedad de sus pantalones azules y su quipao morado al tiempo que acomodaba su pelo corto también azul. Tan solo esperaba salir de ahí y averiguar cómo había terminado en ese lugar, quizás Blanca había corrido la misma suerte, en ese caso solo tendría que seguir el sonido los golpes de furia en la piedra de su temperamental hermana.
—Te has dejado un poco en el pantalón.
Se giró hacía la voz adoptando una postura defensiva, estaba en un lugar desconocido sin recuerdos de donde había llegado ahí, cualquier cosa era una amenaza en ese momento. Lo único que encontró fue una figura femenina sentada en una de las rocas de la cueva. Se quedó atónita al ver que el rostro de la mujer era idéntico al suyo, era una copia casi idéntica salvo por su vestuario, su mirada más afilada y su pelo había perdido la rectitud que tanto la caracterizaba. Su figura la rodeaba un aura azul, su vestido marrón danzaba al son de una brisa que no existía, como si flotara sin poder evitarlo. Como un fantasma.
—Eres tan joven…— suspiró la otra mujer. Marta no bajó la guardia, pudo ver nostalgia en su expresión con una sonrisa como de quien ve una foto antigua. —No puedo creerlo...
La actitud tranquila y amigable de la fantasma no hacía sino desconfiar a Marta. Al leer su aura pudo sentir una fuerte contradicción, por un lado una esencia idéntica a la suya pero mucho más antigua, por otro una esencia oscura y peligrosa producto de esa misma antigüedad, sin duda era poderosa, si tenía sus mismos poderes o bien unos superiores era mejor tomar un accionar no agresivo.
—Mi nombre es Marta, soy la bruja azul y de la sangre. No sé cómo llegué aquí ¿Podrías decirme dónde estoy y quién eres?
—Casi parece mentira que seamos la misma persona. — el fantasma ignoró por completo las palabras de Marta, crispando el humor de la misma al mismo tiempo que la confundía. — ¿Conoces ya a Candy? —preguntó ladeando la cabeza y ampliando su sonrisa juguetona— No, todavía no ¿verdad?
El fantasma estaba embelesado con Marta, parecía encerrada en sus recuerdos sonriendo en ocasiones de una forma que dio escalofríos a la bruja.
—Yo soy tú pero después de muchas vidas, después de tantas que te puedo asegurar que soy la última. — algo de resentimiento apareció en el rostro de la fantasma. —Te esperan tantas cosas…Quisiera darte algún consejo pero me temo que eso no cambiaría nada de tu futuro. —tomó aire con fuerza. Marta se sintió pequeña al sentir esa mirada idéntica a la suya con más intensidad— Que pena que debas morir…Tienes tanto que hacer…
Marta comenzaba a asustarse, una sensación de peligro inminente la recorrió, estaba siendo impulsiva como Blanca pero aquella fantasma que afirmaba ser ella en el futuro no le dejó otra opción. Invocó su arma, una daga ceremonial y la arrojó al fantasma, no quería matarla, si es que pudiera, tan solo advertirla. La daga desapareció por el hombro de la misteriosa mujer, no tardó mucho en oírse su choque en algún lugar de la cueva. La miró con cierto paternalismo y superioridad.
—No hagas eso, Marta.
Se bajó de la roca pero sus pies nunca tocaron el suelo, nunca lo vio para ser precisa. Como confirmación el vestido ondeaba solo, no poseía piernas pero aún así avanzaba directa hacia ella dándole tiempo a Marta a invocar otra daga antes de verse rodeada por ella.
—Esto que vives ahora es solo el principio, no te imaginas lo que puedes llegar a hacer. —con un brazo rodeó la cintura de la menor acercándola a sí, ignorando por completo como aquella daga se quedaba a centímetros de su cuello—Algún día te darás cuenta de lo poderosa que eres, ese día empezarás a ser como yo, pero también será el día en que te tendrán miedo, tratarán de tumbarte de todas las formas, te verán como una villana y así te tendrán, entonces será cuando realmente te temerán, Marta. Puede que Blanca te mate la primera vez pero eso solo te hará más fuerte y terminarás obteniendo tu venganza. —tomó su mentón con delicadeza para obligarla a mantener el contacto—Habrá dolor y sacrificios terribles que tendrás que hacer y no siempre saldrá como quieres pero valdrá la pena. Vivirás infinidad de vidas que te harán más fuerte y grande.
Su versión futura acarició su mejilla con cariño. Por medio del contacto sintió sus emociones e incluso visualizó parte del futuro del que le hablaba. El sonido de todo aquello la ensordeció. Ella haría cosas horribles y ocurrirían cosas peores como consecuencia, todo lo que ella era se corrompería. Negó con la cabeza lo poco que le permitió la otra Marta. Cada muerte tanto suya como las que iba a provocar, cada acto deleznable. Sus piernas temblaban, sus ojos se agrandaron hasta dolerle, sintió miedo y si no fuera por esa Marta más antigua, ya estaría derrumbada en el suelo.
—¿Qué voy a hacer? — preguntó conteniendo un grito de horror. Se negaba a creer que todo aquello fuera real.
—No todo es malo. Te enamorarás del hombre más maravilloso que podrás conocer, Lanx te tratará como una reina y te amará como nadie y juntos tendréis a una preciosa niña que heredará lo mejor de los dos. —suspiró limpiando un par de lágrimas del rostro de la Marta corpórea— Pero tu ambición lo estropeará todo hasta volverlo irreparable, hasta terminar en este estado…
—No quiero eso…por favor.
—Puede que ahora no, pero pronto encontrarás tu camino y desearás seguirlo hasta las últimas consecuencias.
Finalmente colapsó. Aquello era irreal, se sintió desvanecerse. Se sentía caer en un abismo negro y doloroso mientras la bombardeaban las mismas imágenes de su futuro. No era real, no era ella, no era su futuro.
—¿Otra vez meditando a deshoras?
Marta abrió los ojos encontrándose con la mirada esmeralda de su hermana.
—¿Qué?
Miró a su alrededor. Estaba en el cuarto de Aurora, sentada en su mecedora con el cuento de la caperucita roja en su regazo, la niña dormía abrazada a sus peluches. Blanca la mirada confusa aunque algo divertida. La bruja se llevó una mano a la cabeza, no recordaba nada tan solo una sensación de pánico injustificable. Se sobresaltó al sentir la mano de su hermana en su hombro.
—Anda baja, ya he dormido al resto, sin tu ayuda. Hice galletas de chocolate a ver si reconoces ya que esa magia tuya no lo hace todo mejor. —susurró haciendo un gesto hacia la puerta.
Marta la siguió por inercia observando todo su entorno como si no creyese que eso era real, como si no lo reconociera. Una vez en el pasillo tan solo seguía los pasos de Blanca pero sin escuchar su discurso de por qué la magia no siempre era la solución a todo ni tampoco lo más útil. Blanca pudo notar la situación de su hermana y paró en seco antes de bajar las escaleras a la cocina.
—¿Estás bien?
Marta pareció reaccionar, centrándose poco a poco y volviendo a la realidad.
—Sí, sí. Nada más que no me encuentro bien.
—Tienes cara de haber visto un fantasma.
No comentó nada. Tampoco podría hacerlo, todo había sido un sueño, uno que no podía recordar aunque lo intentase, pronto perdería interés en ello y continuaría su vida con normalidad. Paso a paso cumpliría el destino que aquella Marta fantasmal le había descrito hasta que un día se viese a si misma sentándose en esa roca, observando a una jovencísima Marta levantarse del suelo de aquella cueva que ahora era su hogar y su cárcel.
Los días han pasado, con ellos las semanas, y después los meses. Las hojas del calendario caen rendidas al inevitable paso del tiempo, al igual que lo hace la naturaleza. Los árboles estaban tiñendo sus hojas de marrón y naranja cuando Patri tuvo su primera lección. Ahora es el blanco de la nieve y los árboles desnudos lo que impera. Hace varios días que el invierno comenzó y hoy es navidad.
“En el patio de la casa de las facetas Ale y Tris amontonan las hojas secas que se han caído del gran árbol del jardín, pero la gran mayoría vienen de más allá de la alta verja, las que no sobreviven a la altura de la valla crean un pequeño muro en el lado exterior. Las niñas continúan su trabajo para lanzarse sobre los montones mullidos formados, sus risas infantiles se escuchan por el patio en sus idas y venidas en busca de más hojas donde zambullirse.”
“Fiestrap entró en su habitación dejando la puerta abierta, invitando a la menor a entrar. El cuarto seguía igual de desordenado que en los días anteriores, ahora había que añadirle la humedad que entrababa por la ventana y el pequeño charco que se había formado bajo la ventana, quizás muy grande para tratarse de la ventana que daba al jardín interior.”
“El sol del mundo de las facetas llevaba tiempo alzándose, bañando todo de luz y calor todo lo que tocaba, tras sobrepasar los árboles y la cerca que rodeaban el claro donde se encontraba la casa, los rayos de luz chocaron contra los muros de ladrillo rojo y columnas blancas haciendo que se filtrasen algunos por los cristales.”
“Bea parecía aprovechar los momentos en los que Prupru se recuperada de ser estampada contra algún mueble o pared para acercarse a Patri. La espadachina estaba intentando convertirse en el objetivo de la morena y parecía haberlo logrado, para lo bueno y para lo malo.”
“Se ven dos cuerpos tendidos en el suelo de aquella habitación misteriosa: uno de melena azabache, otro de cabello castaño y trenzado. El polvo en suspensión provocado por el desplome de ambos individuos...”