Petrograbados en Acapetlahuaya, conocidos como "Los Monos" y "Los Conejos", cerca de Oztuma, en una de las zonas con mayor influencia de la misteriosa y poco estudiada cultura chontal, que floreció únicamente en esta parte del estado de Guerrero.

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Petrograbados en Acapetlahuaya, conocidos como "Los Monos" y "Los Conejos", cerca de Oztuma, en una de las zonas con mayor influencia de la misteriosa y poco estudiada cultura chontal, que floreció únicamente en esta parte del estado de Guerrero.
Ruinas de la iglesia de San Simón Oztuma, en la antigua Oztuma (municipio de Acapetlahuaya), un viejo reino chontal que alguna vez fue esplendoroso y que actualmente se encuentra desolado. Oztuma formó junto a Teloloapan y Alahuixtlán la alianza chontal que decidió enfrentar la invasión azteca. Según las fuentes históricas, la guerra costó el exterminio de 40 mil chontales y significó la caída de #Oztuma, que pasó a ser ocupada por los aztecas. Fotos: Maryck Payton y Archivos del estado de Guerrero.
Otra más. Arco de Oztuma, en el municipio de General Canuto A. Neri (Acapetlahuaya), Guerrero, ubicado en las ruinas del antiguo altépetl de Oztuma, fundado por los chontales del norte de Guerrero y convertido en fortaleza militar por los mexicas después.
Foto: ¿Lister? ¿Hendrichs?
Arco de Oztuma, localizado en Acapetlahuaya (municipio General Canuto A. Neri), Guerrero.
Oztuma fue un altépetl (ciudad-estado) de la alianza chontal conformada junto los altépetl de Teloloapan y Alahuixtlán, arrasados en el siglo XV por los aztecas tras declararse independientes. Después del aniquilamiento, que habría costado la vida a más de 40 mil chontales, Oztuma se convirtió en uno de los centros militares más importantes del imperio mexica, desde donde estos combatían a los tarascos, transformando la ciudad en una auténtica fortaleza.
El arco de Oztuma ha maravillado por años a los estudiosos, por ser único en la arquitectura precolombina. Algunos afirman que fue elaborado por los aztecas, mientras otros le atribuyen una influencia española.
Las ruinas de Oztuma actualmente se encuentran en medio del saqueo y el abandono.
Foto: Marick Payton.
#Teloloapan
Lo vergonzoso y lo doloroso se ocultan, porque lo que no se sabe no lastima ni duele. Teloloapan no es la excepción a esta regla, porque oculto en lo más oscuro de su historia, habiendo pretendido sepultarlo profundamente en el olvido, yace el que se considera el acontecimiento más cruento y sangriento de la edad prehispánica: el exterminio chontal, también conocido como la matanza de Teloloapan.
Fue en el siglo XV de nuestra era cuando los antiguos señores chontales de estas tierras, bajo la alianza de los señoríos de Teloloapan, Oztuma y Alahuixtlán, decidieron que habrían de ser libres y no ser nunca más ciervos ni subordinados de nadie, de no honrar a señores ni dioses que no fueran los suyos, de ser independientes y desafiar con ello a sus opresores, los aztecas.
Mientras todos los pueblos del centro de México se rendían ante el poderío del imperio azteca, los chontales se revelaban. Mientras todos deponían las armas, los chontales las alzaban. Mientras todo pueblo se llenaba de pavor ante los mexicas, los chontales les plantaban batalla. Habrían de vivir con honor o con él morir, pero nunca más de someterse.
Desafiados, los aztecas enviaron a Teloloapan un ejército de miles de soldados provenientes de todo el centro de México (desde Toluca hasta Cuernavaca), encabezados por el propio rey tlatoani, el sanguinario Ahuízotl.
La chontal-mexica fue una guerra entre uno de los imperios más grandes de la historia de la humanidad —el azteca—, y apenas tres pueblos —Teloloapan, Oztuma y Alahuixtlán.
La batalla fue desproporcionada, absolutamente desigual y el resultado el único posible. Una carnicería terrible: 40 mil chontales fueron exterminados en cosa de tres días, sin perdonar la vida a ancianos, mujeres ni niños, hasta formar arroyos de sangre. Tal fue la crueldad que incluso se mataron a perros y aves domésticas.
Aunque fueron superados infinitamente en número, los chontales no se acobardaron. Aun al contrario, al ver al ejército invasor, lanzaron poderosos coros de guerra.
Sus templos fueron quemados, sus poblaciones asesinadas, su cultura desaparecida, a tal grado que de ellos nada nos queda, pero su espíritu se mantuvo entero. Su entereza y su coraje nos dejó además una enseñanza hermosa: las libertades y los más altos ideales han de defenderse incluso con la vida.
Han pasado siglos, pero recordar es hacer justicia, y hoy al menos sabemos que 40 mil guerreros anónimos despojados de todo, hasta de sus nombres, pero no de su honor, yacen y pueblan los bosques de Teloloapan y Acapetlahuaya.
Para recordarlos, se dedican también algunas historias de este libro, del autor Mario F. Delgado Castro. Puedes consultarlas aquí: https://libroleyendasdeteloloapan.blogspot.mx/
@Akterdoch